Capítulo 1
El amor antes de la tormenta
La sombra en el túnel
El rugido de ochenta mil almas encendidas retumbaba a través del concreto del estadio universitario, una marejada de sonido que hacía vibrar las suelas de los tacos de Logan Ashford. Para cualquiera, aquel ruido era la antesala del pánico o de la gloria absoluta; para Logan, no era más que un murmullo distante comparado con el latido pesado y rítmico que marcaba su propio pecho.
A sus veintitres años, sostener el balón de cuero entre las manos era el único lenguaje en el que jamás había tropezado. Con sus dos metros de estatura y una presencia que obligaba a la multitud a contener el aliento cada vez que se colocaba tras el centro, Logan no era solo el mariscal de campo estrella de la universidad: era la promesa encarnada, el muchacho de oro al que el fútbol americano profesional le abría las puertas de par en par. La prensa local escribía páginas enteras sobre su brazo, su visión de juego y la frialdad implacable con la que ejecutaba cada jugada en el último cuarto. Sin embargo, nadie en aquellas gradas sabía que toda su determinación se sostenía sobre una sola certeza que nada tenía que ver con las yardas ganadas.
Desde la línea de anotación, mientras acomodaba la visera de su casco y ajustaba la mirada hacia el terreno de juego, los ojos de Logan buscaron de manera instintiva el sector oeste de las tribunas. Fila catorce, asiento doce. Allí estaba ella, portando la camiseta con el número trece que le quedaba deliberadamente grande, ondeando una bandera descolorida y riendo con esa espontaneidad que siempre lograba desarmarlo.
Abigail Carter no pertenecía al espectáculo de las luces ni al frenesí de los reclutadores que abarrotaban los palcos corporativos. A sus veinticuatro años, con sus cuadernos de pedagogía atestados de anotaciones en los márgenes y una serenidad que contrastaba radicalmente con el caos que rodeaba a Logan, ella era el único lugar seguro al que él deseaba regresar cuando el silbato final marcaba el término del partido.
—¡Ashford! ¡Atención a la cobertura en la zona profunda! —gritó el entrenador desde la banda, agitando la pizarra sintética.
Logan asintió con la cabeza, rompiendo la formación. Pero antes de pedir el balón, volvió a fijar la vista en el asiento doce. Abigail lo miraba fijamente. Alzó la mano, se tocó el centro del pecho con dos dedos y luego le dedicó una sonrisa pequeña, privada, un código silencioso que construyeron el primer año de universidad y que significaba exactamente lo mismo en un estadio abarrotado que en la cocina de su pequeño departamento lleno de cajas de cartón.
«Aquí estoy. No me voy a ninguna parte.»
Aquel partido terminó con una victoria aplastante, una más en la racha impecable que los llevaría directos al campeonato nacional. En el vestuario, entre la espuma de las botellas destapadas a la prisa, las palmaditas bruscas en la espalda y el olor penetrante a hierba cortada y analgésicos en aerosol, todos celebraban el futuro. Los agentes revoloteaban como aves de rapiña entre las duchas, ofreciendo cifras astronómicas, contratos de patrocinio y promesas de portadas de revistas.
Logan se vistió despacio. Esquivó las cámaras con la habilidad que solo le daba su deseo imperioso de huir de allí, se colgó la bolsa de lona al hombro y caminó por el túnel de salida posterior, donde la niebla de la tarde comenzaba a asentarse sobre el estacionamiento.
A pocos metros, apoyada contra el guardabarros de un auto viejo cuya pintura comenzaba a saltarse en el capó, lo esperaba Abigail. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo de lana gris y el cabello castaño recogido en un moño desordenado que varios mechones rebeldes amenazaban con deshacer.
—Tres pases de anotación y ni un solo pase interceptado —dijo ella cuando lo vio acercarse. Su tono no llevaba la adoración histérica de los aficionados, sino una calidez profunda, cargada de una ternura que a Logan le encogía el pecho—. Creo que mañana vas a tener que firmar autógrafos hasta en la tienda de abarrotes, Ashford.
Logan caminó hasta reducir la distancia entre los dos a nada. Soltó la bolsa en el asfalto mojado y rodeó la cintura de Abigail con ambos brazos, levantándola apenas unos centímetros del suelo para sepultar el rostro en el hueco de su cuello. El olor a jabón de lavanda y a lluvia reciente que ella desprendía eliminó de golpe la adrenalina acumulada durante más de tres horas de golpes violentos.
—No me importa la tienda de abarrotes —murmuró Logan, con la voz ronca por el esfuerzo del juego—. Tampoco me importan los agentes. Solo quería salir de ahí para verte.
Abigail rio suavemente, acariciándole la nuca con dedos firmes, desenredando los rizos húmedos de Logan.
—Eres un exagerado. Tenías a diez mil personas gritando tu nombre ahí dentro.
—Ninguna de esas diez mil personas sabe cómo me gusta el café por las mañanas, ni se queda despierta conmigo a las tres de la madrugada cuando no puedo dormir por el dolor en el hombro —respondió él, bajándola despacio hasta que los pies de ella tocaron tierra firme. Logan sujetó el rostro de Abigail entre sus manos enormes, sintiendo la suavidad de su piel fría por el viento costero—. Tu voz es el único ruido que quiero escuchar cuando todo esto termine, Abby.
Abigail lo miró a los ojos. En el azul intenso de la mirada de Logan no había ni un rastro de la arrogancia que los medios deportivos intentaban atribuirle al mariscal estrella. Solo había un muchacho de pueblo chico, marcado por las altas expectativas de un padre severo que jamás consideraba nada suficiente, un joven que había encontrado en el orden amoscatado de Abigail el único refugio auténtico de su vida.
—Entonces vámonos a casa —dijo ella con dulzura, tomándole la mano y entrelazando sus dedos finos con los de él—. Tienes que estudiar para el examen de literatura de mañana, señor estrella de la NFL. No voy a dejar que te gradúes con malas notas solo porque sabes lanzar un balón de cuero a cincuenta yardas.
Logan dejó escapar una carcajada limpia que resonó en el estacionamiento desierto. Mientras subían al automóvil y encendían la calefacción defectuosa que chirriaba al arrancar, el futuro parecía trazado con una claridad de cristal: la liga profesional, un contrato formal, una casa pequeña lejos del ruido mediático y, por encima de todas las cosas, el compromiso inamovible de no soltarse las manos jamás.
Nadie en ese estacionamiento vacante, ni en la universidad, ni en las calles tranquilas que los conducían hacia Redwood Bay, habría sido capaz de prever que las promesas escritas sobre la certeza del amor más puro pueden pulverizarse en cuestión de minutos, dejando tras de sí un rastro de escombros que ni el paso de los años lograría limpiar.