—Papá… Afrodita no pudo más. Se había mantenido en silencio todo ese tiempo, expectante, temerosa, con el corazón latiendo como si tuviera algo más que esencia inmortal dentro de ella. Lo sintió. El vínculo olímpico con su hija se deshacía como humo entre los dedos. La luz que la unía a Leona, su tesoro más preciado, se estaba apagando. Y ella no podía hacer nada para detenerlo. Su hija, su amada hija… estaba muriendo. —Fob, apártate —ordenó Zeus, con la voz grave y el aura tan intensa que la sala entera vibró. —Lo siento, viejo… pero no puedo. Ella… —Ya lo sé. La gran mano del dios del trueno se posó sobre la cabeza de Fob como quien toca a un cachorro desobediente, y sin el menor esfuerzo, lo levantó de la cama como si fuera un muñequito de trapo. —Ni se te ocurra, Zeus. Con mi hi

