Louis atravesaba el peor momento de su vida; los celos y los arrebatos de ira de Amelie lo asfixiaban. Solo encontraba paz en casa, con su sumisa esposa. Aquel día, decidió ser un buen marido, pues Camille lo merecía, pensaba para sí. Camille dormía plácidamente en su cama cuando se abrió la puerta de su habitación. Al ser de sueño ligero, se despertó de inmediato y encendió la lámpara junto a su lecho. —¿Qué haces, Louis? —preguntó, sorprendida. —Esposa, ¿podemos hablar un momento? —Camille miró la hora; eran las dos de la madrugada y no sabía qué mosquito le había picado a ese hombre. —Siéntate, por favor. ¿Te sientes mal? —inquirió, como siempre, una esposa abnegada. Louis, vestido con su pijama, se dirigió hacia la cama. Camille se incorporó de inmediato, sentándose en ella. Él se

