Clarissa le arden los ojos mientras observa el diagrama del plexo braquial, intentando memorizar cada rama nerviosa. El café que tiene a su lado se enfrió hace horas, pero lo bebe de todos modos, haciendo una mueca por el sabor amargo. Su apartamento es un desastre: libros de anatomía esparcidos por todas partes, tarjetas de memoria desperdigadas por el suelo, latas vacías de bebidas energéticas formando una pequeña pirámide sobre su escritorio.
Esta es su vida ahora. Lo ha sido durante los últimos dos años.
Mira el reloj: 23:47. Debería dormir. Mañana tiene un examen práctico sobre el sistema cardiovascular, y la Dra. Theresa no acepta excusas. Pero si logra superar este capítulo, memorizar estas vías nerviosas, estará un paso más cerca de su objetivo.
Cirujana. Ella va a ser cirujana.
Vale la pena, se dice a sí misma. Vale la pena el agotamiento, vale la pena el aislamiento, vale la pena estar a cuatro horas de Eduardo. Están construyendo su futuro. Él está en la academia de policía, ella está aquí. Es temporal. Lo harán funcionar.
Siempre lo hacen funcionar.
Su teléfono vibra sobre la mesa y lo coge distraídamente, esperando un mensaje spam o que Paula le pregunte si sigue viva. Número desconocido. Casi lo borra sin mirar, pero algo la impulsa a abrirlo.
El mundo se detiene.
Es una foto. Eduardo. Besando a alguien.
No solo alguien. Karin.
Clarissa mira fijamente la pantalla, sin poder procesar lo que ve. Esa es la chaqueta de Eduardo, la de cuero que le regaló para su cumpleaños. Ese es su perfil, su mano en la espalda de Karin. Y ese es el pelo rojo de Karin, sus gafas ligeramente torcidas, su cuerpo pegado al de él como si perteneciera a ese lugar.
La foto es nítida. Es reciente. No hay duda de lo que es.
El estómago de Clarissa se hunde tan rápido que cree que podría vomitar.
Sus manos empiezan a temblar. Amplía la imagen, buscando pruebas de que es falsa, de que está retocada con Photoshop, de que es una broma pesada. Pero la resolución es demasiado buena. La iluminación, demasiado natural. La forma en que los dedos de Eduardo se enroscan en la camisa de Karin, demasiado real.
Karin.
Siempre supo que a Karin le gustaba Eduardo. Se notaba en cómo se reía a carcajadas con sus chistes, cómo encontraba excusas para escribirle, cómo se presentaba en su apartamento con comida para llevar o café. Eduardo había insistido en que solo eran amigos, que Clarissa estaba paranoica, que necesitaba confiar en él.
Y Clarissa lo había hecho. Porque no quería ser esa novia, la celosa e insegura que acusaba a su novio de engañarla cada vez que hablaba con otra mujer. No quería que se sintiera atrapado ni controlado. Confiaba en él.
Ella confió en él.
El teléfono se le resbala de los dedos entumecidos y cae sobre la mesa.
Intenta respirar, pero siente una opresión en el pecho. Se le nubla la vista. Esto no es real. No puede ser real. Llevan juntos desde la prepa. Seis años. Seis años de historia, de crecer juntos, de planear su futuro. Él no lo haría. Él no le haría esto.
Pero la foto no miente.
Con manos temblorosas, coge el teléfono y lo llama. Suena una, dos, tres veces. Buzón de voz. La voz, informal: —Has contactado con Eduardo. Deja un mensaje—.
Ella cuelga y vuelve a intentarlo. Buzón de voz.
Abre su hilo de mensajes: el último es de esta mañana, enviándole un mensaje de buena suerte para su entrenamiento. Él respondió con un emoji de pulgar hacia arriba. Nada desde entonces.
Sus dedos se ciernen sobre el teclado. ¿Qué dice siquiera? Escribe y borra una docena de mensajes antes de decidirse por fin a: «Llámame. Ahora».
Pulsa enviar y se queda mirando la pantalla, esperando los tres puntos que indican que está escribiendo. Esperando a que suene su teléfono. Esperando a que le explique que no es lo que parece.
Nada.
El silencio es ensordecedor.
Clarissa vuelve a mirar la foto, y esta vez la sorpresa da paso a algo más. Algo caliente y agudo que sube del pecho y le quema detrás de los ojos.
Furia.
No recuerda haber llamado a Paula. No recuerda lo que le dijo. Pero veinte minutos después llaman a su puerta, y cuando Clarissa abre, Paula la mira a la cara y entra.
—Muéstramelo —exige Paula.
Clarissa le entrega el teléfono sin decir palabra.
Paula mira la pantalla, y su expresión pasa de preocupada a asesina en un instante. —Ese maldito imbécil.
—Paula—
—No. Ni te atrevas a defenderlo. —Paula le devuelve el teléfono y corre a la cocina, abriendo armarios de un tirón hasta encontrar lo que buscaba: una botella de vino que Clarissa guardaba para cuando pasara por sus tablas. Paula no se molesta en buscar vasos. Simplemente la abre y da un trago largo antes de dársela a Clarissa—. Bebe.
—Tengo un examen mañana—
—A la mierda el examen. Bebe.
Clarissa toma la botella. Bebe un sorbo. Luego otro. El vino es dulce y quema al tragarlo, y bebe hasta que Paula la vuelve a tomar.
Acaban en el sofá, pasándose la botella. Paula saca otra botella de algún sitio: vodka barato que solían beber en la universidad. A Clarissa ni siquiera le gusta el vodka, pero lo bebe porque la alternativa es pensar, y ahora mismo no puede pensar.
—Siempre supe que la zorra de Karin lo quería —dice Paula, arrastrando las palabras—. Cómo lo miraba. Como si fuera un pedazo de carne. Y Eduardo... —Emite un sonido de disgusto—. Eduardo con su cara ridícula y su actitud de «soy demasiado guay para mostrar mis emociones». Nunca me cayó bien.
—Dijiste que te gustaba —murmura Clarissa.
—Mentí. Pensé que era un imbécil pretencioso. Pero tú lo amabas, así que me callé. —Paula toma otro trago—. Debería haber dicho algo. Debería haberte dicho que no era lo suficientemente bueno para ti.
—Era lo suficientemente bueno —susurra Clarissa, con la voz entrecortada—. Se suponía que... llevamos juntos desde niños, Paula. Ocho años. Pensé... No puede terminar la frase.
—Eres demasiado buena para él —dice Paula con fiereza, agarrando la cara de Clarissa y obligándola a mirarla a los ojos—. ¿Me oyes? Eres brillante y hermosa, y serás una cirujana increíble, y él solo... solo es un policía cualquiera que llegó a su máximo potencial en el instituto.
Clarissa ríe, pero le sale un sollozo. —Renuncié a tanto por él. Podría haber ido a la escuela más cerca de casa, pero él quiso quedarse en Ciudad Esmeralda por la academia, así que vine aquí. A cuatro horas de distancia. Apenas lo veo. Y pensé... pensé que lo estábamos logrando.
—Es un pedazo de mierda —declara Paula—. Un pedazo de mierda mentiroso y tramposo. Karin puede quedárselo. Puede quedarse con su trasero emocionalmente estreñido, su pelo y su...
—Lo amaba —interrumpe Clarissa, y el pasado le parece un cuchillo—. Lo amaba tanto.
La expresión de Paula se suaviza. Abraza a Clarissa, y Clarissa finalmente se derrumba. Solloza en el hombro de Paula, un llanto que la hace temblar todo el cuerpo. Paula la abraza, le acaricia el pelo y le susurra que todo va a estar bien, que Eduardo es un idiota, que Clarissa merece algo mejor.
Beben hasta que las botellas se vacían y la habitación da vueltas. Paula insulta a Eduardo con todos los epítetos que se le ocurren. Clarissa oscila entre querer gritar y querer desaparecer. Mira la foto una y otra vez, torturándose con los detalles: la mano de Karin sobre su pecho, los ojos cerrados de Eduardo como si la estuviera saboreando.
—¿Vas a llamarlo? —pregunta Paula en un momento dado, con las palabras entrecortadas.
—Lo intenté. No responde.
—Cobarde.
Clarissa asiente. Se siente entumecida; el alcohol mitiga el dolor agudo. Pero bajo el entumecimiento persiste la rabia. Esa ira ardiente que la hace querer romper algo.
Quiere respuestas. Quiere que la mire a los ojos y se explique. Quiere saber cuánto tiempo lleva pasando esto, si alguna vez la amó de verdad, si algo de esto fue real.
Quiere lastimarlo de la misma manera que él la lastimó.
Finalmente, se desmayan: Paula se desparrama en el sillón y Clarissa se acurruca en el sofá con el teléfono en la mano.