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El sabor de lo Prohibido

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Blurb

Clarissa Thompson viaja cuatro horas para enfrentar a Eduardo Koch —su novio— tras descubrir una foto que lo delata en una presunta infidelidad, pero lo que encuentra es refugio en el hermano herido de él: Federico Koch.

Lo que empieza como consuelo se vuelve rápidamente en una telaraña de secretos y manipulaciones: Federico quiere lo que Eduardo desprecia y está dispuesto a orquestar la caída de su hermano para convertir en elección lo que él diseñó.

Clarissa deberá decidir si recuperar lo que perdió o reconocer que alguien la empuja hacia un amor oscuro y peligroso.

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Capitulo 1
El comedor huele a la comida de su madre: sopa de miso, caballa a la parrilla, verduras encurtidas dispuestas con la precisión que Camila aplica a todo lo que toca. Federico se sienta frente a su hermano menor, moviendo los palillos con soltura, mientras la decepción de su padre llena el espacio entre ellos como humo. —Bueno —la voz de Franco interrumpe el agradable roce de la cerámica y la masticación silenciosa—. ¿Algún avance con el trabajo? Federico no levanta la vista del arroz. Sabía que esto iba a pasar. Siempre pasa. —He estado esperando —responde con calma interior. —Mirando —repite su padre como si le supiera amargamente—. Llevas seis meses «mirando». Te graduaste como el mejor de tu clase. Tienes un título en administración de empresas de una de las mejores universidades del país. Los reclutadores te llamaban incluso antes de que pisaras ese escenario. —Franco deja los palillos con deliberado cuidado—. Y sin embargo, aquí estás, en la habitación de tu infancia, durmiendo hasta el mediodía, sin aportar nada. —Franco —dice Camila suavemente, una suave advertencia. —No, Camila. Necesita oír esto. —Los ojos oscuros de su padre, los mismos que Federico ve en el espejo, lo clavan en él—. Tienes potencial, Federico. Más del que la mayoría de la gente jamás tendrá. Y lo estás desperdiciando. Desperdiciando tu inteligencia, tu educación, tus oportunidades. ¿Sabes cuántos jóvenes morirían por las ventajas que te han dado? Federico toma un sorbo de té, dejando que el silencio se alargue lo suficiente como para que sea perceptible, pero sin llegar a ser irrespetuoso. Ha perfeccionado este estilo de trabajo durante los meses transcurridos desde su graduación. Lo cierto es que no quiere ninguno de esos puestos corporativos, esos trabajos de oficina agobiantes donde pasaría los días en reuniones que podrían haber sido correos electrónicos, fingiendo preocuparse por las proyecciones trimestrales y los cambios de paradigma sinérgicos. Tiene dinero ahorrado. Tiene tiempo. Y tiene otros intereses que ocupan sus pensamientos mucho más profundamente que el ascenso profesional. Pero no puede decir nada de eso. En cambio, hace lo que mejor sabe hacer: redirigir. —Hablando de potencial —dice Federico con voz suave como la seda, se gira hacia su hermano menor con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Eduardo, ¿cuándo vuelve Clarissa a visitarnos? Pensé que podría cenar con nosotros esta noche. El efecto es inmediato y profundamente satisfactorio. Eduardo, que había estado comiendo en un bendito silencio, agradecido de estar fuera del foco de atención por una vez, se queda rígido. Sus palillos se detienen a medio camino de su boca. Un músculo se contrae en su mandíbula, esa señal que tiene desde la infancia, la que grita culpa a cualquiera que sepa mirar. Y Federico siempre sabe cómo mirar. —Está... ocupada —dice Eduardo, dejando los palillos—. En la facultad de medicina. Ya sabes cómo es. —¿De verdad? —Federico ladea la cabeza, con esa sonrisa cómplice aún en sus labios—. La verdad es que no lo sé. Solo tengo un título en negocios. No tan impresionante como el de medicina. —Clarissa es una chica muy dedicada —dice Camila, con el rostro iluminado como siempre cuando se menciona el nombre de Clarissa. La decepción que había surcado su rostro durante la charla de Franco se disipa, reemplazada por una genuina calidez—. ¿Cómo está? ¿Sigue siendo la mejor de su clase? —Sí —dice Eduardo, tomando su vaso de agua—. Está muy bien. —¿Y sus rotaciones clínicas? —pregunta Franco, desviando con éxito su atención de los fracasos de su hijo mayor hacia la exitosa novia de su hijo menor—. Debe estar en tercer año ya. —Segundo —corrige Eduardo, e Federico observa cómo se forma una gota de sudor en la sien de su hermano—. Está en segundo año. —Ah, es cierto. —Camila junta las manos—. El tiempo vuela. Parece que fue ayer cuando empezó. Debes estar muy orgulloso de ella, Eduardo. Apoyarla en un programa tan exigente también requiere dedicación. Federico toma otro sorbo de té, saboreando el momento. Sabe exactamente por qué Eduardo está sudando. Sabe de la chica de sus clases de ingeniería, la de piernas largas y risa fácil. Sabe de las sesiones de estudio nocturnas que implican muy poco estudio. Lo sabe porque se esfuerza por saber cosas sobre su hermano pequeño, el niño mimado, el que no puede hacer nada malo a los ojos de sus padres. Bueno. Casi nada malo. —Está trabajando muy duro —dice Eduardo, con un tono cortante en su voz, una advertencia que solo Federico puede oír—. No nos vemos tanto como nos gustaría. —Pero eso es lo que lo hace especial, ¿no? —dice Federico con voz suave y familiar—. La ausencia enamora aún más. O eso dicen. La mirada de Eduardo se encuentra con la suya al otro lado de la mesa, oscura y penetrante, con comprensión. «Cállate», dice esa mirada. Sea lo que sea que estés jugando, detente. Pero Federico simplemente sonríe más ampliamente. —Deberías traerla este fin de semana —continúa Camila, ajena a la tensión subyacente entre sus hijos—. Le prepararé su favorito: ese pastel de fresa que le encanta. Hace meses que no la vemos. —Le preguntaré —murmura Eduardo. —No preguntes, insiste —dice Franco, con un tono de aprobación en su voz—. Un hombre debe ser decidido. Clarissa es una buena chica de buena familia. Inteligente, hermosa, amable. Tienes suerte de tenerla. —Lo sé —dice Eduardo en voz baja. ¿En serio?, piensa Federico, viendo a su hermano retorcerse. ¿De verdad sabes lo afortunado que eres? ¿Aprecias lo que tienes, Eduardo, o lo das por sentado como todo lo demás? —Bueno, al menos uno de mis hijos está tomando buenas decisiones —dice Franco, y así, la atención vuelve a centrarse en Federico—. Quizás deberías aprender algunas lecciones de tu hermano menor, Federico. Eduardo tiene un rumbo. Un propósito. Un futuro. —Eduardo siempre ha sido el mejor hijo —asiente Federico con naturalidad, y lo dice en serio, aunque no como su padre cree. Eduardo es mejor interpretando su papel, siendo lo que sus padres quieren que sea. Federico dejó de intentarlo hace años—. Lo sé muy bien. Camila protesta levemente. —Federico, eso no es... —Está bien, mamá. —Se levanta, recogiendo sus platos—. Te ayudaré a limpiar. Puede sentir la mirada de Eduardo en su espalda mientras lleva sus platos a la cocina, puede sentir el peso de la sospecha y el resentimiento de su hermano. Bien. Que se pregunte. Que sude. Que piense en todos los secretos que podrían salir a la luz si Federico decidiera abrir la boca. Pero no lo hará. Todavía no. Algunas cosas es mejor saborearlas lentamente. La cocina está cálida, llena del sonido del agua corriendo y el suave tintineo de los platos. Federico está de pie junto al fregadero, con las mangas arremangadas hasta los codos y las manos sumergidas en agua jabonosa. Su madre se mueve a su lado con experta eficiencia, secando cada plato que le entrega y guardándolo en su lugar. Este es su ritual, desde que era lo suficientemente alto como para alcanzar el fregadero. Después de cenar, mientras Franco se retira a su estudio y Eduardo desaparece a su habitación, Federico y Camila limpian juntos. Es una de las pocas veces que pueden hablar sin el juicio de su padre, que los amenaza como una nube de tormenta. —No deberías dejar que te afecte —dice Camila en voz baja, secando un cuenco con cuidadosos movimientos circulares—. Tu padre... solo se preocupa. Quiere que te sientas bien. —Sé lo que quiere —Federico frota un trozo de arroz pegado a un plato—. Quiere que sea alguien que no soy. —Él quiere que seas feliz. —No. —Federico le entrega el plato, mirándola a los ojos—. Quiere que tenga éxito. Hay una diferencia. Camila suspira, pero no discute. Sabe que tiene razón. Siempre lo ha sabido, aunque no lo diga en voz alta. En cambio, cambia de tema y su mirada se dirige al refrigerador donde cuelga una colección de fotos, sujetas por varios imanes. —¿Recuerdas esto? —Ella señala una foto en particular, e Federico sigue su mirada. Conoce la foto sin mirarla. La ha visto mil veces, quizá más. Pero la vuelve a mirar de todos modos, porque su madre lo espera y porque una parte de él nunca puede resistirse. Es de hace tres veranos. La casa del lago. Clarissa está sentada sobre sus hombros —Eduardo a la izquierda, Federico a la derecha—, con los brazos abiertos como alas y la cabeza echada hacia atrás riendo. Lleva un top de bikini rosa y pantalones cortos vaqueros, con el pelo más largo, cayendo en ondas sobre sus hombros. Eduardo mira con el ceño fruncido a la cámara, molesto por verse obligado a salir en la foto. Y Federico se ríe, con la cabeza inclinada hacia Clarissa, con las manos alrededor de su tobillo para mantenerla firme. Recuerda su peso, la calidez de su piel bajo su palma. Recuerda cómo chilló cuando la levantaron, cómo se aferró a sus cabezas para mantener el equilibrio, sus dedos enredándose en su cabello. Recuerda todo sobre ese fin de semana con una claridad que roza la obsesión. —Se veían tan felices —dice Camila, con una melancolía en su voz que le estremece el pecho a Federico—. Clarissa siempre ha sido como una hija para mí, ¿sabes? Desde que eran niños y ella venía a jugar. Me imaginaba... bueno. —Ríe suavemente, dejando el cuenco seco—. Supongo que me estoy adelantando. Pero seré muy feliz cuando termine la carrera de medicina y por fin puedan planear la boda. —Eduardo tendría que proponerle matrimonio primero —señala Federico, con voz cuidadosamente neutral. —Ese estúpido —Camila niega con la cabeza, pero hay cariño en su exasperación—. Se está demorando. Va a perder algo bueno si no tiene cuidado. Las chicas como Clarissa no esperan eternamente. —No —coincide Federico, sin dejar de mirar la foto, la sonrisa de Clarissa, la forma en que la luz del sol se reflejaba en su cabello—. No lo hacen. Su madre no percibe el tono cortante de su voz, la oscuridad que subyace a esas sencillas palabras. Ya está hablando de lugares para bodas y de lo hermosa que se vería Clarissa de blanco, de cómo espera que la ceremonia sea en primavera, cuando los cerezos estén floreciendo. Federico la deja hablar, emitiendo sonidos apropiados de acuerdo en el momento oportuno, pero su mente está en otra parte. Su mente está tres años atrás, en una cabaña junto al mismo lago, en las horas oscuras de la noche cuando el mundo estaba en silencio y la novia de su hermano se metió en la cama equivocada. El recuerdo se alza como una ola y lo arrastra hacia abajo.

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