Capitulo 2

1652 Words
La cabaña estaba en silencio, salvo por el suave chapoteo del agua contra el muelle exterior y los suaves ronquidos de Eduardo desde la cama al otro lado de la habitación. Federico yacía en la oscuridad, no del todo dormido, pero tampoco del todo despierto, flotando en ese espacio liminal entre la consciencia y los sueños. Oyó el crujido de la puerta al abrirse, tan silencioso que parecía imaginarlo. Pasos, apenas un susurro contra el suelo de madera. Mantuvo los ojos cerrados, respirando con normalidad; un instinto le decía que esperara, a ver qué pasaba. El colchón se hundió. Alguien se estaba subiendo a su cama. El primer pensamiento de Federico fue que Eduardo estaba teniendo una pesadilla, acudiendo a su hermano mayor en busca de consuelo como solía hacerlo de niños. Pero el cuerpo que se apretaba contra el suyo era demasiado suave, demasiado curvo, demasiado pequeño para ser su hermano. El aroma tampoco era el adecuado: no era el desodorante ni el olor a adolescente de Eduardo, sino algo floral y dulce. Fresas y vainilla. Clarissa. Su mente se quedó en blanco, luego se iluminó con la comprensión. Pensó que esa era la cama de Eduardo. Se había colado para sorprender a su novio, y en la oscuridad de la cabaña desconocida, había elegido mal. Debería haber dicho algo. Debería haberla detenido de inmediato. Debería haber sido el adulto responsable, el buen hermano mayor, la persona que todos esperaban que fuera. Él no lo hizo. En cambio, permaneció inmóvil mientras ella se amoldaba a él, su cuerpo encajando como una pieza de rompecabezas. Llevaba algo fino: una camiseta de tirantes y pantalones cortos, tal vez, o un camisón. Podía sentir el calor de su piel a través de la tela, podía sentir cada curva y cada hundimiento de su cuerpo mientras se apretaba más contra él. —Eduardo —susurró, su aliento cálido contra su cuello, y algo en el pecho de Federico se retorció al oír el nombre de su hermano en sus labios. Luego ella lo besó. Sus labios encontraron los suyos en la oscuridad, suaves y tentativos al principio, luego más audaces. La besó como si intentara despertarlo suavemente, con pequeñas presiones de su boca contra la suya, su mano subiendo para acariciar su mandíbula. Y Federico... Federico era solo un humano. Él gimió, desde lo más profundo de su garganta, y su control se hizo añicos como un cristal. Levantó la mano de golpe, enredando los dedos en su cabello, aferrándole la nuca mientras la besaba con todo el ansia que había estado reprimiendo durante más tiempo del que quería admitir. Ella emitió un leve sonido de sorpresa que se transformó en algo más, algo entrecortado y de deseo. Sus labios se separaron bajo los de él, y él aprovechó, profundizando el beso, saboreándola. Olía a pasta de dientes de menta y a algo más dulce, algo único de ella. Su otra mano encontró su cintura, recorriendo su estrecha curva, sintiendo la suavidad de su piel allí donde se le había subido la camisa. Ella respondió como si la hubieran prendido fuego. Su cuerpo se arqueó contra el de él, sus manos recorriendo su rostro, sus hombros, su pecho, explorando con una urgencia que le hacía vibrar la sangre. Se enredaron entre las sábanas, un revoltijo de extremidades, calor y caricias desesperadas y torpes. Su pierna se enganchó en su cadera, y él la agarró del muslo, deslizando la palma por la suave extensión de piel, sintiéndola temblar bajo su tacto. Tenía diecinueve años, había regresado a casa después de su primer año de universidad, con el cuerpo tonificado gracias al fútbol universitario y las horas en el gimnasio. Era un hombre, no un niño, y sabía exactamente lo que quería. Lo que había deseado durante más tiempo del debido. Sus caderas se movieron contra las de ella, y ella jadeó en su boca, clavándole los dedos en los hombros. Estaba duro, dolorosamente duro, y cuando ella se frotó contra él —ya fuera intencional o instintivamente, él no lo sabía ni le importaba— creyó perder la cabeza. Su mano en su muslo guiaba sus movimientos, mostrándole el ritmo, y ella los seguía, su cuerpo moviéndose contra el suyo con una avidez que le hacía querer ponerla boca arriba y... Su mano se deslizó hasta su cabello, sus dedos enredándose entre los mechones, y ella se congeló. Su cabello era más largo que el de Eduardo. Mucho más largo. Se lo había dejado crecer durante su primer año fuera, y le gustaba cómo le caía más allá de los hombros, cómo podía atárselo cuando jugaba al fútbol. Eduardo lo llevaba corto y arreglado, como prefería su padre. Sus dedos recorrieron desde su cabello hasta su mandíbula, y sintió la barba incipiente. Eduardo, a sus quince años, aún tenía las mejillas tersas, esperando a que su cuerpo alcanzara al de su hermano. Ella se echó hacia atrás tan rápido que casi se cae de la cama. En la oscuridad, pudo ver sus ojos abiertos por la sorpresa, con la mano apretada sobre la boca. —Dios mío —suspiró, e incluso en un susurro, él pudo oír el pánico—. Dios mío, Dios mío... Federico fingió agitarse, parpadeando lentamente como si acabara de despertar. Se incorporó, pasándose una mano por el pelo, y la miró con confusión cuidadosamente disimulada. —¿Clarissa? —dijo, con la voz ronca por el sueño y otras cosas—. ¿Qué…? Retrocedía a trompicones, con el rostro pálido incluso bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Parecía aterrorizada, como si fuera a gritar, llorar o ambas cosas. Su mirada se dirigió a la otra cama donde Eduardo aún dormía, ajeno a todo, y luego volvió a Federico. Pudo ver el momento en que ella se dio cuenta de lo mal que estaba la situación. Si Eduardo despertaba y la encontraba allí, en la cama de Federico, habría preguntas. Acusaciones. El fin de su relación, probablemente. El fin de su lugar en esta familia de la que había formado parte desde la infancia. Federico sostuvo su mirada y, lenta y deliberadamente, se llevó un dedo a los labios. ¡Shhh! Luego señaló con la cabeza hacia la puerta, hacia la salida. Ella lo entendió. El alivio y la gratitud se reflejaron en su rostro, mezclados con un persistente horror por lo que acababa de suceder. Asintió frenéticamente y comenzó a caminar hacia la puerta. Él levantó una mano, deteniéndola. Luego se señaló a sí mismo y luego al exterior, articulando las palabras: —Nos vemos—. Ella dudó, luego asintió de nuevo. Salió de la habitación como un fantasma, e Federico se quedó solo en la oscuridad, con el corazón acelerado, el cuerpo dolorido y el sabor de ella aún en los labios. Federico se sentó en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos, intentando controlarse. Todo su cuerpo estaba tenso por el deseo insatisfecho, su pene se tensaba contra sus bóxers, cada terminación nerviosa ardía. Aún podía sentir el peso fantasma de ella contra él, aún podía oler su perfume en las sábanas. Respiró hondo, y luego otra vez. Necesitaba pensar con claridad, manejar la situación con cuidado. Clarissa estaba entrando en pánico, y una Clarissa en pánico era una variable peligrosa. Podría cometer alguna estupidez, confesárselo a Eduardo por culpa, arruinarlo todo. No podía permitir que eso sucediera. Se levantó, acomodándose con una mueca, y se puso unos vaqueros y una camiseta. Se calzó unas sandalias y se dirigió sigilosamente a la puerta, comprobando que Eduardo seguía dormido. Su hermano no se había movido, seguía tumbado boca abajo, con un brazo colgando de la cama, inerte. Bien. Afuera, el aire nocturno refrescaba su piel acalorada. La luna colgaba baja sobre el lago, tiñéndolo todo de tonos plateados y sombríos. Encontró a Clarissa de pie cerca de la línea de árboles, abrazándose, temblando por completo. Parecía tan joven en ese momento, tan vulnerable. Solo tenía dieciséis años, todavía estaba en el instituto, aún estaba descubriendo quién era y qué quería. Y él acababa de... No. No podía pensar en eso ahora. Señaló con la cabeza hacia el sendero que se alejaba de la cabaña, lejos de donde alguien pudiera oírlos si despertaban. Ella lo siguió sin decir palabra, con pasos rápidos y nerviosos. La condujo a un pequeño claro, lo suficientemente lejos como para que pudieran hablar sin riesgo de ser escuchados. Cuando él se giró para mirarla, ella inmediatamente comenzó a balbucear. —Lo siento mucho, no quise... pensé que... no sabía... —Sus palabras se atropellaron, su voz aguda y débil por el pánico—. Por favor, no se lo digas a Eduardo, por favor, no quise... fue un accidente, lo juro, nunca... —Clarissa. —Su voz era tranquila, suave, la voz de alguien que tiene el control—. No pasa nada. —¡No está bien! —Parecía que iba a llorar—. ¡Te besé, yo... nosotros... Dios mío, ¿qué hice? —Cometiste un error. —Se acercó, y ella se estremeció, pero no se apartó—. Un error sin mala intención. Estaba oscuro. No podías ver. Pensaste que era Eduardo. —Pero debería haberlo sabido, debería haberme dado cuenta... —¿Cómo? —Ladeó la cabeza con expresión compasiva—. Somos hermanos. Hablamos parecido, sobre todo cuando estamos medio dormidos. Y nunca has estado en esta cabaña. No sabías qué cama era cuál. Ella negaba con la cabeza, mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas. —Lo siento mucho, Federico. Lo siento muchísimo. —Tranquila. —Extendió la mano lentamente, previendo sus movimientos, y la sujetó suavemente por los hombros. Ella se tensó, pero no se apartó—. Si alguien debería disculparse, soy yo. Ella lo miró parpadeando, confundida. —¿Qué?
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