Una "misión fácil." Esas fueron las palabras del superintendente cuando le entregó la invitación para la fiesta de aniversario de la fundación de SilverLake, organizada por los Blackmoon. Todo lo que debía hacer era acercarse a Nikola Blackmoon, ganarse su confianza y sacar a la luz los secretos sucios de su familia. Pero había un solo problema: Alissa no se consideraba ni remotamente atractiva o femenina.
—Esto será un maldito fracaso —dijo dejándose caer sobre la cama de Andrea.
—Claro que no, no mientras yo sea tu amiga —respondió Andrea, tomándola de la muñeca y tirando de ella hacia arriba.
—Claro que sí. No hay ni la más remota posibilidad de que un hombre como Nikola Blackmoon se fije en alguien como yo —respondió Alissa, poniéndose de pie y pasando sus manos por su cuerpo, en un gesto que parecía querer mostrar a su amiga lo que quería decir.
Andrea la tomó por los hombros, rodando los ojos mientras la hacía girar hasta el tocador y la obligaba a sentarse.
—No te dejaré fallar. Puede que en este momento tu aspecto no sea el de una modelo, pero eso cambiará cuando termine contigo.
—Andrea, no creo que…
Alissa no alcanzó a terminar. Aunque lo hubiera hecho, nada la habría detenido; una vez que Andrea tenía una idea en mente, nadie podía frenarla, y ahora toda su atención estaba centrada en Alissa.
No pasó mucho tiempo antes de que Andrea le quitara los gruesos lentes de pasta, y Alissa se puso nerviosa de inmediato. No los usaba para ver mejor, sino para esconder bajo ese armazón el color peculiar de sus ojos.
—Ali… tus ojos…
Alissa rápidamente volvió a ponerse los lentes, incómoda.
—Sí, lo sé. Son raros…
—No, no son raros; son hermosos. Jamás había visto ese color de ojos.
—Y no volverás a verlo, porque no me gusta. No me harás quitármelos a menos que encuentres una forma de hacer que nadie note el color de mis iris.
Andrea sonrió, sacando varios estuches de lentillas de distintos colores.
—Escoge el color que más te guste.
Después de eso, Andrea no paró de moverse a su alrededor. A Alissa solo le quedaba emitir un par de sonidos en señal de protesta, pero, tras dos horas de martirio, todo había valido la pena.
La imagen en el espejo del tocador reflejaba a una mujer completamente transformada. Los rizos que antes parecían un nido de pájaros ahora caían definidos, enmarcando un rostro afilado y hermoso, con labios carnosos realzados por el brillo del gloss que Andrea le había aplicado. Pero lo más impactante era su mirada azul, un color que había elegido para sus lentillas, y que ahora brillaba con intensidad.
—No puedo creer lo que has hecho, Andrea… no puedo creer que esta sea yo.
—Pues lo eres, amiga, y la magia no acaba aquí —dijo Andrea, sacando de su clóset un hermoso vestido rojo—. Si esta noche no logras captar la atención de Nikola con este vestido, es porque ese chico es gay, amiga.
Al otro lado de SilverLake, Nikola Blackmoon estornudó, haciendo que las fichas del dominó que estaba jugando se volcaran, revelando su juego.
—¡No puede ser, ibas a ganar otra vez! —se quejó Leandro.
Nikola no dijo nada, pero en su mente solo rondaba una idea: encontrar la forma de no asistir a la dichosa fiesta de aniversario de SilverLake.
—Sabes que no podrás evitar ir, aunque te estés muriendo de neumonía o estes sufriendo de enfisema pulmunar. Tu padre te haría asistir con un tanque de oxígeno, si fuera necesario —le recordó Leandro—. No olvides la condición que te puso: presentarte a todas las fiestas durante un año y mostrar interés en encontrar esposa.
Nikola fijó su oscura y amenazante mirada en su amigo, logrando que este dejara de hablar y se abstuviera de seguir riéndose a sus espaldas.
Si bien la familia Blackmoon era la más antigua de SilverLake, todos sabían que tres generaciones atrás el patriarca los había llevado a la ruina total. Bajo el mando de su padre, Edward Blackmoon, la familia había recuperado su grandeza, y no permitiría que su único heredero dejara todo para convertirse en un simple cura.
Nikola movió la cabeza, alejando de su mente el recuerdo de la última conversación con su padre, una charla que, en una noche de copas, había confiado a Leandro. Y su amigo ahora parecía entender que, si valoraba su vida, mejor no molestarlo demasiado.
—Tienes suerte de ser mi mejor amigo, Leandro —sentenció Nikola, levantándose de su silla y caminando hacia el interior de la mansión Blackmoon.
Le gustara o no, su amigo tenía razón: si quería convencer a su padre de dejarlo marchar la próxima primavera, debía esforzarse en aparentar que buscaba una esposa. Eso implicaba hacerse notar en la fiesta, pero tenía claro que no se dejaría vencer por los deseos de la carne. Significaba evitar quedarse a solas con cualquier dama, por mucho que intentarán acercarse. Era porque estaba seguro de que su padre provocaría cualquier incidente con el cual poder amarrarlo. Cosa que no le permitiría hacer.
Tenía su plan: una noche de apariencias y control absoluto, sin distracciones que lo alejaran de su objetivo de convertirse en sacerdote.
Con su plan bien definido, ¿qué podría salir mal? Como era de esperarse, la mansión de los Blackmoon se llenó de figuras importantes, no solo de SilverLake, sino de toda la región. Así que, cuando el guardia de la puerta le pidió a Alissa su invitación, tuvo que controlar su impulso de girar y escapar.
No solo estaba ahí con una invitación suplantando la identidad de alguien más, sino que sentía las miradas inquisitivas de todos sobre ella.
—¿Ocurre algo? —le preguntó al guardia cuando notó que se demoraba en devolverle la invitación.
¿Habría notado que ella no era la tal Alissa Landers dueña de la invitación? No, no lo creía aun asi, se estaba tardando demasiado el hombre y lo peor es que no paraba de observarla.
—No, no ocurre nada, señorita Landers. Puede pasar.
No necesitó escucharlo dos veces. Entrar al salón fue aún más abrumador que esperar afuera. El vestido rojo que Andrea había elegido no solo la destacaba, sino que atraía la atención de todos, quienes parecían preguntarse quién demonios era.
—Contrólate, Alissa. En este momento, no eres Alissa Rivers. Eres Alissa Landers, una mujer de mundo, sin miedo a nada —se dijo, levantando la barbilla y avanzando con pasos firmes y decididos por el salón, directa hacia donde se encontraban los Blackmoon.
Llegar hasta ellos fue fácil; parecía que la multitud se apartaba a su paso. Frente a ella estaba Edward Blackmoon, el patriarca de la familia.
—Señor Blackmoon, soy Alissa Landers, sobrina de su socio —se presentó con una sonrisa estudiada. Sin embargo, a su lado no estaba Nikola, su hijo.
—Señorita Landers, cuando su tío me dijo que enviaría a alguien de su familia, no esperaba que fuera una joven tan bella.
Ella sonrió cortesmente, pero el toque del hombre le provocó una ligera repulsión, lo que la hizo retirar su mano con discreción. Sin querer, sus tacones se enredaron con el largo de su vestido, y la caída parecía inevitable. Sin embargo, el golpe nunca llegó. Al abrir los ojos, se encontró atrapada en la mirada más oscura y enigmática que jamás había visto. Aquella mirada parecía despojarla de sus defensas, observando más allá de su fachada. Sintió un escalofrío y, al mismo tiempo, el pulso acelerado, como si aquella presencia desconocida hubiese avivado un fuego que apenas empezaba a reconocer. Llevándola a ahogar el gemido que ese firme y bien esculpido torso le hizo emitir.