No solo su corazón latía con fuerza; también sentía pequeñas corrientes eléctricas recorrer su piel, sobre todo en los lugares donde su cuerpo tocaba al hombre que había impedido su caída. Él se había convertido en su caballero blanco, aunque más bien parecía uno oscuro. Uno peligrosamente atractivo.
—Nikola, qué bueno que te uniste a nosotros a tiempo, salvando a la señorita Landers de caer al suelo —dijo el viejo Blackmoon, con una voz cargada de satisfacción.
Alissa se tensó al escuchar al patriarca, resistiendo el impulso de alzar la mano hacia el rostro de Nikola para asegurarse de que era real. Por su parte, Nikola sintió alivio al oír la voz de su padre; la mujer en sus brazos no solo era hermosa, sino que ejercía una atracción tan poderosa que lo había dejado sin aliento. Ninguna mujer había logrado afectarlo de ese modo en 27 años.
Después de asegurarse de que Alissa no volvería a caer, se apartó con rapidez, manteniendo una distancia prudente.
—¿Está bien, señorita Landers? —preguntó el viejo Blackmoon con una sonrisa paternal.
—Sí, ya estoy bien, gracias —respondió ella, un poco decepcionada de que Nikola se hubiera alejado.
¿Estaba loca? ¿Por qué sentía decepción de que ese hombre se apartara? Se reprendió a sí misma, recordando que su misión era hacer que Nikola se sintiera atraído hacia ella para ganar su confianza. Se recompuso rápidamente y dirigió una disculpa al patriarca.
—Lamento haberle causado preocupación, señor Blackmoon.
Mientras hablaba, buscó la mirada de Nikola, pero él la evitaba con una tozudez evidente. El resto de la noche Nikola pasó haciendo lo posible por no cruzarse con ella, hasta el punto de despertar la curiosidad de su amigo Leandro.
—¿Por qué huyes de la señorita Landers? —le preguntó Leandro en tono divertido.
—Yo no huyo de nadie, mucho menos de una mujer.
—Perfecto. Entonces no tendrás problema en saber que está justo detrás de ti.
Leandro soltó una carcajada al ver cómo Nikola se tensaba como la cuerda de un violín a punto de romperse. Su diversión duró solo un segundo, ya que Nikola lo agarró por las solapas de su traje y lo empujó contra la pared, sorprendiendo a algunos invitados antes de alejarse apresuradamente.
Necesitaba un escape de la multitud, pero, sobre todo, de la presencia enigmática y perturbadora de la tal Alissa Landers.
Alissa por su parte, sentía que se ahogaba al estar rodeada de tanta gente, tener que sonreír, y actuar ser alguien más. Tenía que salir de ahí y la única manera que se le ocurrió fue salir del salón y empezar a investigar. Tal vez no era necesario ser parte de ese circo.
Con elegancia camino por todo el salón, en busca de los sanitarios. Aunque claro una vez que salió del salón ella se descalzó los finos tacones que le había hecho ponerse Andrea y deambuló por los pasillos de la enorme mansión Blackmoon.
Probó con varias puertas pero todas se encontraban cerradas, estaba por rendirse cuando le llamó la atención la luz que provenía de la última puerta del pasillo donde se encontraba. Con su suerte y está estaría cerrada como todas las otras y terminaría así su pequeña incursión en el campo enemigo.
Su corazón empezó a latir con fuerza justo en el momento que su mano tocó la perilla de la puerta y la hizo girar. El chirrido de las bisagras al momento de abrir la puerta apenas y fue percibido por ella. La luz que ella había visto filtrarse bajo la puerta era la de luna llena de esa noche.
No era una oficina a dónde ella había logrado colarse, era la habitación de un hombre y uno de buen gusto con personalidad fuerte. Aunque los muebles eran exquisitos lo que la tenía completamente embobada era el olor que había en la habitación. Alissa respiró hondo, absorbiendo el aroma embriagador de la habitación. Se sentía extrañamente cómoda y segura, como si la suave fragancia de jazmín la envolviera en un manto de tranquilidad. Sin embargo, no podía dejar que la distrajera de su misión. Con cuidado, comenzó a abrir algunos cajones, intentando no dejar rastro de su búsqueda. A su alrededor, los muebles de madera oscura y los detalles elegantes le daban la sensación de estar en el espacio privado de alguien con gustos refinados y una personalidad misteriosa.
Siguió explorando, deteniéndose en los pequeños detalles, pero no había encontrado nada relevante. De repente, un susurro del viento hizo que la puerta de la habitación se cerrara de golpe, y el ruido le dio un sobresalto. Fue entonces cuando sintió una presencia, una sombra moviéndose en la penumbra detrás de ella. Inmóvil, con el corazón latiendo a toda velocidad, intentó tranquilizarse, pero era como si una corriente de energía la recorriera, y una intuición poderosa le decía que no estaba sola.
Sin girarse, forzó una sonrisa y preguntó, tratando de sonar despreocupada
—¿Es en este momento donde una voz misteriosa le dice a la protagonista de la novela que está apunto de meterse en serios problemas?
Desde las sombras, una voz grave y algo familiar resonó, teñida de ironía y sin ocultar el interés.
—No suelo decirlo, pero tiene razón, señorita Landers. Estás en territorio prohibido.
Alissa giró lentamente más de lo que vio le aterro. Escondida entre las sombras había una figura alta y oscura y sus ojos, más oscuros que la noche, la observaban con una intensidad que la hizo contener el aliento..
Nikola se cruzó de brazos, inclinando levemente la cabeza, como si estudiara cada uno de sus movimientos. La observaría toda la noche de ser necesario si no fuera por el deseo irrefrenable que lo obligaba a moverse hacia ella. La tensión era un tirón visceral, casi salvaje, que lo instaba a acercarse. Algo en ella lo llamaba, una atracción desesperante que lo despojaba de su autocontrol.
Un grito desgarrador resonó en toda la mansión, interrumpiendo la música y sumiendo la fiesta en un silencio alarmante mientras los invitados corrían hacia el lugar del que provenía. Alissa, incapaz de huir, trataba en vano de ocultarse bajo las sábanas de una cama desconocida, aferrándose al vano intento de escapar de lo que ya la había encontrado. La sombra no tardó en apresarla contra el colchón. Su aliento caliente rozaba su piel, haciendo que Alissa mantuviera los ojos cerrados, sus manos al frente en un acto desesperado de protección. Pero, cuanto más se removía bajo el peso firme de aquel ser, un calor extraño comenzaba a desplazarse por su cuerpo, difuminando su miedo. Las manos varoniles que la atrapaban eran fuertes, seguras, recorriéndola con un toque que se sentía demasiado real, demasiado íntimo, transformando lo que había sido un momento de terror en una extraña atracción.
Era la primera vez que una pesadilla se tornaba en algo más. Sin embargo, mientras ella sucumbía al deseo oscuro, Nikola, en realidad, intentaba hacer que Alissa abriera sus ojos.
Estaba claro que ella se había desmayado en el instante en que lo vio avanzar hacia ella, como si la impresión de su presencia la hubiera abrumado. No tenía intención de sobresaltarla ni de hacerse notar; solo quería observarla en silencio. Pero el aroma de ella, la forma en la que se movía, todo lo incitaba, lo empujaba más allá de la razón, despertando algo primitivo en su interior. Sin poder evitarlo, ahora se encontraba sobre ella, intentando con cuidado hacerla volver en sí.
—Señorita Landers… por favor, despierte —susurró su voz profunda, rozando con su aliento su cuello, como si sus palabras pudieran alcanzarla a través de los sentidos.
La situación era tanto extraña como complicada. Alissa, aún entre sueños, se había aferrado a su cuello, y antes de desmayarse había soltado un grito que seguramente había sido escuchado en el salón.
El sonido de pasos apresurados en el pasillo le indicó que, en efecto, alguien se acercaba. Su mente calculó rápidamente, y, sin otra opción, la atrajo más hacia él en un intento de cubrirla. Los tirantes de su vestido se deslizaron por sus hombros, y el cierre de su espalda se corrió justo en el momento en que la puerta se abrió de golpe. Ante los ojos curiosos del visitante, Nikola se encontraba en medio de las piernas de Alissa, quien, aún en trance, se aferraba a su cuello como si lo buscara.
Él intentó incorporarse, pero las manos de Alissa seguían asidas a él, y la imagen que ofrecían era tan comprometedora como el pulso acelerado que ambos sentían, pero que ninguno se atrevería a admitir.
—¿Y bien? ¿Qué se supone que debo hacer con todos aquí en mi habitación? —preguntó, su voz grave resonando en la habitación. Para luego añadir en voz baja —Ni siquiera sé, ¿qué hacer con la intrusa en mi cuarto y que se encuentra aferrada a mi cuello?