Capítulo 29

1387 Words
XXIX La preciosa dama se mecía con gracia en su silla, mientras veía prendido en su pecho a su pequeño que iba a cumplir cinco meses dentro de poco, estaba atenta también a las noticias que en ese momento se centraban en una sola cosa: La caída del muro de Berlín. A la hermosa mujer le retumbaba esa noticia en su corazón, pues había luchado mucho en su propio país para que ese muro exclusionista cayera. Miraba a su criatura sin un cabello en la cabeza aún, rogando porque el mundo fuera el lugar que ella había soñado para su hijo y para las nuevas generaciones; esa noticia en definitiva marcaba un comienzo. Escuchó que la puerta de la habitación se abría y por esta entraba su esposo, término al que aún no se acostumbraba, menos cuando ella creyó que sería una rebelde para siempre. El hombre de ojos azules como el mar le sonrió y se acercó para darle un beso a ella y a su pequeño. —Debes estar complacida con la noticia, se ha derribado en su totalidad —dijo en hombre mientras se quitaba el pesado gabán que llevaba encima—. Uno de tus sueños se ha hecho realidad. —Y eso me satisface mucho. Ahora mis dos sueños nuevos están acá, uno prendido a mi seno y otro esperando que le sirva de cenar. La preciosa mujer de ojos castaños y cabello rojizo desprendió de su pecho al bebé que rezongó muy molesto. Inmediatamente, lo entregó a los brazos del padre para que le sacase los gases; el hombre lo recibió feliz, como si se tratara del trofeo más importante de su vida. —Mi bebé, Alexandro Greco, por muy enorme que te pongas siempre serás mi bebé, no sé por qué no te nace aún ni un cabello, pero no dudo que lo tendrás tan hermoso como el de tu madre, serás grande en todo lo que hagas, no por nada te llamas Alexandro. El amoroso padre, que idolatraba a su bebé, lo sacudió más de la cuenta y se vino una lluvia de vómito a su elegante chaqueta que causó mucha gracia al pequeño, mientras el padre intentaba dejarlo en la cama para limpiarse, no sin antes darle un beso en la frente como sería su costumbre hasta que el hijo lo permitió. Los padres de Alexandro se conocieron de forma inusual, en una de las más importantes plazas de Moscú, en medio de una protesta pacífica que organizaban varios estudiantes universitarios, exigiendo a Mihail Gorvachov que interviniera seriamente para que el muro de la infamia fuera derrocado. Las protestas solían duran un par de días, luego de eso las autoridades hacían que se disiparan a la fuerza, no querían que los extremistas aprovecharan el calor de las protestas universitarias y camuflarse entre los estudiantes para fraguar algún altercado y así poder culpar al gobierno.** Un hombre al que le decían «El General» coordinaba el despeje de los estudiantes de la plaza central. Él era un agente de las fuerzas especiales rusas, o como también se hacían llamar, la policía secreta. Le decían de esa manera, no porque en verdad ostentara ese título, sino porque era sumamente estricto y responsable en su trabajo, no permitía errores, pues cada error podría ser una vida humana que no deseaba bajo ninguna circunstancia perder. Por supuesto, y como siempre, los estudiantes no dejarían que se les acallara tan fácil, y tuvieron que usar tanquetas con agua para empezar a sacarlos por la fuerza, el General estaba alterado, pues por alguna razón ese día los muchachos estaban más rebeldes de lo normal. Fue él mismo a intentar ayudar con el desalojo y en ese momento de caos, donde se escuchaban gritos e insultos, fue cuando la vio: la hermosa diosa que se negaba a ser llevada por un par de policías, que se retorcía y peleaba con todo lo que tenía para que la soltaran. De manera instintiva, el General se acercó y les pidió a los policías que la soltaran, que él se encargaría de ella. La joven sintió que la tomó del brazo con delicadeza, era claro que no quería hacerle daño, no obstante, le preocupaba la extraña sonrisa que llevaba el hombre no mayor de cuarenta años, como si la conociera o como si quisiera decirle algo privado. La dama intentó escapar, pero el General no se lo permitió. La llevó con delicadeza fuera del área de conflicto y le pidió, con toda la educación que tenía, que por favor se marchara a su casa y no regresara por ahora a la plaza, pues era peligroso. La muchacha no supo como sentirse, la gentileza de ese policía era cautivadora y ella ahora era quien deseaba charlar con él. Por supuesto, y debido a su trabajo, el General no dijo mayor cosa, en cambio ella le contó toda su vida en solo minutos: que era estudiante de Ciencias Sociales, que deseaba ser docente y que estaba ahí porque de verdad creía que sus voces llegarían hasta Alemania para alentar a las personas a saltar o derrumbar ese horrible muro. El hombre la escuchaba complacido, como si a pocas cuadras del lugar no estuviera aún el caos. Ese caos trajo el amor. De ahí en adelante, en medio de una tensión horrible y rumores siempre de guerra, aquella particular pareja decidió unirse, como en un comunista cuento de hadas. Una niña algo hippie y un policía secreto unían sus vidas, dejando ver que lo importante fuera como viniera, era el amor, y esa irrefrenable atracción que tenían los seres humanos. Sin embargo, había una mancha en aquella relación. La dama preciosa tenía una amiga que el General odiaba, que era como una sombra sobre la vida de su amada. Tenía los cabellos negros, los ojos enormes y verdes, sonreía en exceso y decía amar mucho a su amiga. Se llamaba María, pero todos le decían de cariño Manini. El hombre nunca pudo ver a esa mujer noble y bondadosa que todos sí, él sabía que tras ese rostro hermoso y gentil se escondía una medusa, donde cada uno de sus cabellos eran serpientes venenosas dispuestas a devorar los sueños y las ilusiones de quienes se atravesaran en su camino. El General, su esposa y su bebé eran felices. El orgulloso esposo y padre había colaborado mucho en Rusia, y cuando dijo que deseaba jubilarse a tan temprana edad, nadie le puso objeción y obtuvo una muy generosa recompensa. El General no la recibió con todo el placer, pues mucho de su trabajo estaba manchado de sangre. Culpables o inocentes, eran personas y no quería que su esposa y su hijo fueran alcanzados por la hojarasca de odio que se vivía en esa época, por eso, con su dinero compró una vieja casona algo retirada de la ciudad, donde decidieron residir y la restauró hasta convertirla en la mansión en la que ahora esperaba morir para volver al lado de su amada, no sin antes esperar el milagro de que su hijo le perdonara... aunque no sabía exactamente por qué. Alexandro Greco seguía creciendo como el árbol que se cultivó en tierra sana. Hermoso, su cabello empezó a verse como el sol igual que el del General. Alexandro se sintió orgulloso de eso y su madre empezó a iniciarlo en el Ballet. Quería que su paso por el mundo se diera a través del arte y no de la guerra. El General, que no pudo mantenerse jubilado mucho tiempo, empezó a dictar clases de literatura en el poblado donde tenían su mansión, sin cobrar un solo centavo por su labor. La hermosa madre, que en su época fue revolucionaria, hacía lo mismo y dictaba clases de Ciencias Sociales en la escuela pequeña, donde el niño de cabellos de sol y ojos de zafiro también estudiaba. Era una vida feliz, sencilla, enfocada en vivir la vida con respeto y amor. Ellos tres lo eran todo, para ellos tres. Alexandro amaba a su padre que siempre le decía «su bebé», término que le incomodaba ya a los diez años, y tenía en un altar a su madre, el ser que le había dado vida y que respiraba cada suspiro que salía de su cuerpo. *** Fin capítulo 29 (**) No corresponde a hechos reales.
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