LXXXI Abrió la ventana del automóvil que lo transportaba a su destino, sacando la cabeza y los brazos por esta. Era tarde en la noche, el aire frío le golpeaba y tal vez eso era lo que quería sentir, llenarse sus pulmones de la brisa fresca y que purificaba. Quizás no lo hiciera más. El conductor no podía prohibírselo, su tristeza, que era el tercer pasajero, lo sobrepasaba. Ese joven, muy de rasgos de ese país, cargaba con muchas penas. —Señor, estamos por llegar al destino. ¿Desea que lo espere? Por una tarifa módica, puedo hacerlo… —Ah, no se preocupe buen hombre. Tal vez no salga más. Alexandro intentó hacer que sus labios se juntaran en una sonrisa, pero no logró. El amable conductor miró su tablero y bajó la velocidad. Tenía que mantenerlo en esta tierra lo más posible. Sin imp

