Me quedé mirándolo fijamente durante un momento, procesando lo que había dicho, pero me llevó unos minutos asimilarlo. —Tú... tú...—. Me alejé lentamente de él justo a tiempo, cuando Horacio entró con un plato de comida y un ramo de rosas. Dejó el plato y se sentó rápidamente a mi lado, colocando las flores a su lado. —No, shh…—, me echó el pelo hacia atrás y me rodeó la cintura con los brazos, pero yo mantuve la mirada fija en Terry, cuyos ojos estaban clavados en los de su hermano. Podía sentir cómo se miraban con odio. —No escuches a este idiota. No lo matamos—, dijo Horacio con suavidad, y su voz me tranquilizó temporalmente, ya que no sería cómplice de un asesinato. —¿Qué hiciste...?— Horacio me giró hacia él. —Hablamos con él—. Su tono tranquilizador no se correspondía en absolut

