La cita

1180 Words
—¿Mi... pelo?—. Me pasé la mano por mi cabello de longitud media. —Sí, lo siento, ¡pero me está volviendo loca! No me malinterpretes, está muy bonito, pero está desigual. —Oh... eso es solo porque cuando me lo corté, fue una decisión precipitada—, me reí nerviosamente, —si puedes cortármelo, sería estupendo. Sorprendentemente, me agarró de la mano y miré nerviosamente a su compañera, que se limitaba a sonreír, e incluso me cogió del brazo mientras la mujer me llevaba por la cocina hacia los dormitorios. Pasado el pasillo de Franco, había otra serie de puertas por las que las dos me llevaron. El lugar era un desastre. Había sábanas en el suelo, ropa tirada por todas partes y otras cosas, pero a las dos no parecía importarles. En cambio, me empujaron al cuarto de baño, que afortunadamente estaba más decente. —Creo que no sé su nombres. —Oh, perdón—, se rió ella, —soy Seraphina, Sera para abreviar. La hermana de Franco. Ella es Bia, mi novia—. La mujer más baja me dedicó una sonrisa sincera, pero se mantuvo en silencio. —Encantada de conocerlas a las dos, y de nuevo, perdón por lo de anoche y por mi reacción. —No pasa nada. Ahora, inclínate sobre el lavamanos y vamos a lavarte el pelo primero. * Pasó una hora más o menos y las dos mujeres lograron domar mi cabello rebelde cortándolo de manera uniforme e incluso peinándolo. Ahora mi cabello caía en rizos sobre mis hombros gracias a que las dos se turnaron con la plancha rizadora. Las dos no pararon de hablarme durante todo el tiempo, desde historias de Franco cuando era niño hasta cómo se conocieron. Afortunadamente, no me hicieron muchas preguntas, solo me hicieron escuchar sus interminables historias, lo cual no me importó. —Vaya, vaya, vaya —dijo Franco asomándose, apoyándose en la puerta y levantando una ceja al vernos a las tres. Sus ojos se posaron en mí y soltó un pequeño suspiro—. No sabía dónde habías ido, pero me alegro de ver que se han conocido. Le dediqué una sonrisa nerviosa, pero luego desvié la mirada. —Tengo que volver esta noche—, me estudió por un momento, pensativo, —¿te parece bien? —Yo... en realidad, yo también iba a salir esta noche—, Las dos chicas miraron a Franco y a mí con interés. —Horacio me va a llevar a dar una vuelta—, dije lentamente, en parte temerosa de su reacción tras nuestra conversación de la noche anterior. Sabía que no le parecía una buena idea, sobre todo por la expresión de su rostro. Pero también sabía que se estaba mordiendo la lengua, quizá solo por su hermana. Asintió con la cabeza hacia la puerta, sin apenas mirar a su hermana antes de marcharse. —G-Gracias por cortarme el pelo. Me queda genial—, dije levantándome del asiento que me habían proporcionado frente al lavamanos, sonriendo, pero marchándome rápidamente para reunirme con Franco, que me esperaba fuera de su dormitorio. Suspiró al verme y puso su mano suavemente sobre mi espalda para guiarme de nuevo hacia su habitación. Parecía que últimamente todo lo que era estaba aquí. El aura azul me recibió cálidamente, desde los edredones azules en los que había pasado el último día envuelta hasta las paredes pintadas de azul oscuro. —¿Adónde vas exactamente con él?—, preguntó mientras cerraba la puerta detrás de nosotros. —Aún no lo sé. Dijo que iba a recogerme y que era mi decisión. ¿Por qué?—. Me giré y me senté en el borde de la cama, mientras su rostro preocupado se acercaba al mío. —Creo que sería buena idea que supiera dónde estás. Por seguridad—. Se sentó a mi lado y me cogió la mano con delicadeza. —¿Tú...?— Hice una pausa. No lo haría, ¿verdad? —¿Crees que me obligaría?— No quería creer que lo haría, basándome en cómo habíamos sido hasta ahora, simplemente no tenía sentido. Con Sebastián, tenía señales de alarma, con los hermanos, no tanto. —No—, afirmó con sinceridad, mirándome fijamente a los ojos, —pero eso no significa que no pueda pasar algo accidentalmente. —¿Qué quieres decir? Suspiró, apartando la mirada de mis ojos preocupados y apretándome la mano. —Sé que nunca obligarían a una mujer a hacer algo que no consintiera. Pero él podría ir demasiado lejos accidentalmente, o quizá a ti te resulte difícil decir que no. Es solo que... no quiero que te vuelva a pasar—. Sus ojos volvieron a los míos con una mirada de angustia. —No voy a permitirlo. Voy a establecer límites, ni siquiera sé si esto podría llegar a algo. Con ninguno de los dos. No sé qué es lo que buscan. No nos conocemos y no hemos pasado suficiente tiempo juntos como para que yo pueda tomar una decisión. Exhaló un pequeño suspiro y supe que no estaba de acuerdo con mi decisión, pero también sabía que no era solo su decisión. —Le pediré a Sera que te ayude a prepararte—, refunfuñó, casi como un hermano mayor que se rinde. Aunque eso es prácticamente lo que es. Le sonreí y solté un suspiro de alivio cuando salió. * —Penélope—, me giré rápidamente al oír la voz después de ponerme los pendientes. Me sentí como si estuviera en un escaparate al salir de la habitación de Sera con el conjunto que me había prestado. Me había ayudado a maquillar con mucha dificultad algunos moretones, ya que aún estaban sensibles, y también me había ayudado a ocultar otras marcas, como las que tenía en la cara y el hombro. Para las dos marcas de mordiscos, les pusimos vendajes y no pude ponerme sujetador, ya que me rozaría. No me sentía guapa. Me sentía asquerosa. Aunque estaban cubiertas, sabía exactamente dónde estaban, su tamaño, su color, etc. Podía ver los bordes de algunas asomándose y no me gustaba. Pero cuando sus ojos se posaron en mí, esos pensamientos se desvanecieron. Al cruzar la puerta abierta y pasar junto a Franco, con un paso que dejaba claro a todos que era el dueño de la sala. —Conejita—, Horacio se acercó a mí, rozándome la mejilla con el pulgar y mirándome con dureza. —¿Qué ha pasado?—. Sus ojos se posaron en mi labio roto. Miré a Franco, que cruzaba los brazos y se apoyaba en la pared, observando a Horacio con ojos inquisitivos. —N-Nada... ¿qué tal si nos vamos?—. Me miró fijamente un momento más antes de asentir, tomándome suavemente de la mano y salir por la puerta por la que había entrado. Asintió a Franco, que le devolvió el gesto antes de posar sus ojos en mí con una mirada que me dijo todo lo que necesitaba saber. Cuídate.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD