Sedienta de ellos

1304 Words
—¡Rayos!—, grité al entrar en la sala de estar y ver a dos mujeres semidesnudas y encima una de la otra. Las dos también gritaron, una tiró una manta sobre la otra mientras yo me sonrojaba furiosamente y me cubría la cara. —¡Mi3rda, lo siento! Olvidé que estabas aquí, o pensé que estabas dormida—, maldijo una mujer con un fuerte acento italiano. —Solo necesito mis medicinas y me iré—, dije con la cara en llamas mientras tropezaba con los muebles, mirando de reojo a la pareja del sofá y entrando en la cocina. Vi una bolsa marrón en la encimera. Rompí el precinto con facilidad y saqué el antibiótico recetado, leyéndolo brevemente. Tomar una pastilla por vía oral cada mañana. No me haría daño tomarla. Después de tomarla y servirme otro vaso de agua, volví corriendo a la habitación de Franco sin mirar siquiera al salón. Sentí que todos habían pasado ya suficiente vergüenza esa noche. La puerta se cerró suavemente detrás de mí justo a tiempo para que un zumbido hiciera vibrar la mesita de noche. ¿Mañana por la noche? No podía dejar que me viera así. ¿Y si solo buscaba un rollo? Aunque sabía que la respuesta a mis preocupaciones estaba justo delante de mí, parecía que solo ponía excusas. Quería verlo, a los dos, por extraño que pareciera. Pero también había muchas complicaciones. Son mis jefes. Y son los dos. Eso era lo más difícil de aceptar para mi mente. Y el hecho de que no pudiera saber si estaban interesados. Ambas interacciones con los hermanos, ya fueran menores, como cuando vi a Terry por primera vez, o mayores, como cuando estaban los dos en la oficina, no habían sido más que s3xuales. Así que, si eso es todo lo que buscan, ¿merece la pena? ¿Volvería a quedar atrapada en la misma situación? Pero no es la primera vez que mis pensamientos excesivos pueden conmigo. Aunque la última vez acerté, podría estar equivocándome en todo. Si hay alguna señal, me voy. Esta vez, inmediatamente. P: Claro, ¿dónde? Su respuesta no tardó en llegar. Puedo recogerte y podemos ir a donde quieras, conejita. Mis ojos estudiaron el mensaje con un ligero temblor en las manos. La única persona a la que he visto esta semana es a Franco, y sé que quiero reunirme con los hermanos, como he dicho antes. Pero mis pensamientos se veían abrumados por la idea de que volvería a pasar lo mismo y el proceso se repetiría. Con las emociones, el ridículo, la confesión e incluso el kit de vi0lación. Quizás, si establezco mis límites abiertamente, las cosas vayan un poco mejor. Espero. * Un fuerte “umph” vino de a mi lado, un gran peso se estrelló contra la cama e incluso ligeramente contra mí, lo que me hizo sobresaltar en un instante. —Lo siento—, murmuró Franco y se dio la vuelta con aspecto agotado antes de meterse bajo las sábanas. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho por el susto repentino, pero cuando lo hizo, comencé a recostarme lentamente en la cama. Su mano, con suavidad y vacilación, rozó mi cintura para acercarme a él, y yo se lo permití, pero no sin dudar, ya que sentí cómo sus dedos acariciaban mi piel desnuda. Sentí el calor irradiarse en mi cuerpo en oleadas. —Horacio me ha enviado un mensaje—, murmuré cansada, oyendo su propio gruñido de cansancio. —Me han estado dando la lata contigo, preguntándome qué pasa, j0didos obsesionados—, miré a mi amigo, que tenía los ojos cerrados pero una mirada dura en su rostro. —¿Qué?—, pregunté. —Obsesionados—, respondió, —los dos. Me preocupa, en cierto modo—, suspiró, apoyando la mejilla en mi cabeza. —¿Por qué? —He trabajado con los hermanos durante años, Penélope, he visto a mujeres ir y venir. Los dos no son buenas personas, especialmente juntos. No sabes todo lo que hay detrás de lo que hacen, ni deberías saberlo—, su pulgar rozó un moratón en mi mandíbula, haciéndome estremecer. —Ya te han pasado demasiadas cosas, Penélope, solo creo que deberías tener cuidado con ellos. No puedo impedirte que interactúes con ellos como decidas, pero lo que quiero que sepas es...—, hizo una pausa y se movió para poder mirarme más de cerca y estudiarme. Sus ojos se movían de un lado a otro, de un moretón a otro. —Cuando entras en ese territorio, no puedo sacarte. Serás de ellos. Sé que suena raro y cliché, pero es verdad. Los dos tienen buen ojo para las cosas. Por extraño que parezca, ambos suelen ir detrás de la misma mujer. Su obsesión crecerá y te verás arrastrada a nuestro mundo, a su mundo. ¿Su mundo...? —Si quieres meterte en algo así, no hay ningún problema. Pero te conozco, Penélope, y en estos dos días te he visto luchar por mantenerte en pie, y eso no va a desaparecer. Necesitas curarte. Y creo que tienes que hacerlo antes de involucrarte con los hermanos , e incluso antes de volver al club—. Suspiró profundamente y deslizó un brazo bajo mi cabeza para ponerse más cómodo. —Pero... —Penélope, te quiero, pero estoy agotado, y tú también. Ahora duerme—. Me sonrojé enormemente, pero me recosté sobre su pecho desnudo con un sutil puchero, dejando que mis ojos se cerraran y se perdieran en el sueño. * Por la mañana, por supuesto, me levanté antes que Franco, que parecía disfrutar ocupando la mitad de la cama con su cuerpo estirado. Decidí levantarme con la esperanza de encontrar algo de comida, ya que no había cenado nada la noche anterior. De hecho, la última vez que comí fue antes de que viniera la doctora, así que estaba hambrienta. Con dificultad, me levanté de la cama, me puse los pantalones de chándal que había decidido cambiarme en el último momento, ajustándome los cordones para que se mantuvieran en mi cintura, y cogí mis gafas del soporte, ya que no me apetecía ponerme las lentillas. La casa parecía tranquila por el momento, sin médicos ni equipos, ni las palabras tranquilizadoras de Franco que, por una vez, no rompían el silencio. Por supuesto, sabía que todo eso se hacía con buena intención. Lo primero que se me pasó por la cabeza fueron mis medicinas, así que me aventuré a entrar en la cocina, donde vi a dos mujeres con batas a juego riéndose de algo y tomando café. Me sonrojé y pasé rápidamente junto a ellas hacia la encimera opuesta, evitando a toda costa el contacto con ellas; pero, al parecer, ellas tenían otras ideas. —Penélope, ¿verdad?—. Me volví hacia la pelirroja, que se apoyaba en una cadera mientras sus ojos verdes me miraban de arriba abajo. El matiz de preocupación y simpatía era evidente en su mirada mientras recorría mi rostro. —Sí—, murmuré mientras abría el frasco de pastillas, cogía una y me la metía en la boca con un rápido sorbo de agua. —Siento lo de anoche, no esperábamos que hubiera nadie despierto—, dijo riendo, mirando a la mujer que estaba a su lado y que se limitó a asentir. —Oh, no pasa nada—, me reí nerviosamente, con la vívida imagen aún grabada en mi mente. Sus ojos me observaban, mirando de un lado a otro, mientras yo me sentía atrapada en su mirada. Mis pies se balanceaban de un lado a otro, girando nerviosamente mi vaso, esperando un comentario sobre mis moretones. Pero fue algo que no esperaba. —¿Puedo cortarte el pelo?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD