El número de Mónica junto con su nombre aparece en mi pantalla. Jugando conmigo de mala manera y quitándome por unos segundos el apetito.
Pongo el celular en silenciador y lo pongo boca abajo en la mesa para seguir comiendo, pero una vez más vuelve a sonar, vibrando en la mesa y captando mi atención de nuevo.
No necesito saber quien es para contestar. La conozco, no le gusta que la ignore.
— Bueno -digo sin ánimos.
— ¿Cuántas veces te he dicho que me contestes a la primera llamada? -pregunta molesta. Su voz sale disparada de su boca saltándose el saludo formal.
— Las mismas que yo te he dicho que no me marques -contesto serio, metiéndose un pedazo de comida a la boca.
— ¡Hijo de tu...! -comienza a maldecir, alejó el teléfono para evitar escuchar todas las palabrotas que está diciendo, finalmente cuando regresó el teléfono a mi oído.
— Haber, cabron. -habla en un tono más tranquilo.
— Estoy bien, ahora estoy comiendo, hay comida en el refri por si llegas tarde, adiós -digo con rapidez, listo para colgarle, pero de nuevo comienza a echar madres.
— Hay de ti si me cuelgas, Alexander -me amenaza— Me enteré que irás al Topo, ¿me explicas el porque me llegó ese informe? -pregunta aún enojada.
— Porque me lo pidieron -contestó sin ánimos.
— Explicate, cabrón -pide aún más molesta. Ruedo los ojos, sabiendo que ella no me ve y me trago otro bocado de comida.
— Creo saber que en el informe aparece todo -contestó molesto por su insistencia. La escucho rechinar los dientes, debe de estarse aguantando las ganas de maldecir de nuevo.
— Sé que el informe detalla todo, pero lo que no encuentro sentido es que tú tengas que ir al Topo, wey -dice entre dientes.
— iré porque Travis así lo quiere -conteste tranquilo.
— ¡Me vale madres lo que diga Travis! -grita de nuevo— Tú no irás a esa misión ni aunque el iris así lo quiera, te lo prohibo Alexander -añade.
— Tú no puedes prohibirme nada, Mónica -digo ahora enojado.
— Claro que puedo, soy tu hermana mayor y ¡tú tutora! -añade en el mismo tono de voz que yo.
— El papel de tutora dejó de ser válido cuando cumplí los 18, legalmente soy mayor de edad y puedo hacer lo que quiera -contestó molesto, dejando a un lado el plato de comida.
— Entiende, Alexander. No. irás -dice con un tono autoritario.
— ¿Pues qué crees? Sí. Iré -contestó con el mismo tono que ella y antes de que pueda decir algo más cuelgo la llamada. Apagando el celular y tirándolo en la mesa para seguir comiendo.
El ladrido de Caín me altera. Sus ojos negros me observan con curiosidad ladeando cabeza.
— Ponte de su lado y te dejo sin cena mañana -le amenazó, señalando con un dedo logrando que comience a chillar y vuelva a comer de las cocretas.
*********
Días después...
Decir que los nervios dominan mi cuerpo sería demasiado. Siempre he tenido el control de mis emociones, siempre supe dominarlas, pero eso no significa que no sienta nada.
Mis manos sudan un poco, mis hombros se contraen y siento como mi corazón comienza a palpitar con rapidez.
Es hoy. El día en el que tenemos que vernos con El Diablo. "Negociar" con él y posiblemente secuestrar.
Voy de copiloto, quién maneja es Edwin, quién se le ve más recuperado y menos pálido que hace días, en la parte de atrás Nora y la bruja se encuentran mirando el camino rocoso y solitario que tomamos como atajo para acercarnos al punto de reunión que se había acordado.
— Deja de hacer eso -me dice Edwin. La radio encendida evita los silencios incómodos, música de banda se escucha en esta y una que otra cumbia también. Los ojos cafés de mi amigo me miran de reojo, sin dejar de prestar atención en el camino y en la camioneta que tenemos enfrente, la cual nos guía.
Decidimos tomar un Tsuru del 87 's algo usado, el cual se lo dejaremos a Antonieta por unos segundos. Los días llevan un rastreador y si intenta escapar sabremos dónde está.
Miro curioso a Edwin, quién ha dejado de mirarme.
— ¿Qué? -pregunto en susurros.
— Las uñas... -añade. Sigo sin entender de qué habla, hasta que miro mi mano derecha. Mi dedo gordo e índice los tengo juntos, el largo de mis uñas chocan entre sí.
Mierda. Había olvidado mi Tick nervioso.
Dejó de hacer eso. Escondo mi mano en el bolsillo de mi chamarra café y me enfoco en el camino.
Desde que inicie como Legado cada que me siento nervioso o ansioso por algo tengo ese tipo de Tick y aunque es una acción nerviosa discreta sigue siendo molesta. Los únicos que saben sobre eso son quienes pasan mucho tiempo conmigo, como Edwin, Travis y Nora. Quizás Mónica también lo sepa, aunque siendo sincero no lo creo.
La camioneta negra se acerca a unas montañas cercanas, ocultándose entre unos matorrales y palmeras secas, dándonos la señal de que hemos llegado a nuestro destino.
— Ok... hemos llegado a nuestro destino -bufa Edwin, estacionando en la nada el Tsuru y mirando a las chicas.
Anto lo observa nerviosa al igual que Nora.
— Estaremos cerca en todo momento -digo para que no esté nerviosa.
— Así es. Usaremos un glamour para que no nos vean, tú tampoco nos verás, pero estaremos contigo, ¿ok? -añade Nora. Tomando su mano para tranquilizarla un poco. Ella observa su reacción y con una sonrisa nerviosa asiente.
Edwin y yo salimos del auto con rapidez, poniéndonos en la parte trasera del auto.
Edwin abre la puerta del lugar donde está Anto, quién sale y por unos cortos segundos ambos se miran. Las mejillas de mi amigo se ponen un poco rojas, el aire que hace despeinó sus cabellos y los hace ver como si se estuvieran despidiendo.
Me meto en el auto de nuevo, quedando a un lado de Nora y Edwin en el otro extremo. Los tres nos miramos y con un asentimiento de cabeza recordamos el hechizo.
— El aire es mi guía, el tiempo es mi camino, espejo del destino, espejo del sol, espejo divino, oculta el fuego, oculta el agua, oculta la tierra, ocultarme a mí -decimos al unísono en voz baja. Miro mi reflejo en el retrovisor y puedo notar como la voz va desapareciendo poco a poco, comenzando a verme transparente como agua hasta ya no encontrar ningún rastro de que estemos aquí. Anto no tarda en adentrarse al auto, poniéndose el cinturón y mirando hacia la parte trasera, dándose cuenta que ya no nos vemos más.
Suelta un suspiro, el cual puedo asegurar que se trata de uno de tranquilidad.
Enciende el auto, poniéndose en marcha hacia el lugar de encuentro, apretando con sus manos el volante con fuerza. La música que sale de la radio comienza a distorsionarse, creando estática y dejando de sonar un comercial de un supermercado.
Finalmente llegamos. Una zona oscura. El sol se ha ocultado por completo, el frío del monte no tarda en hacerse presente y el aire que hace aquí no es de mucha ayuda.
La luz empañada de los focos del auto ilumina el camino de tierra y rocas por el que pasamos, a lo lejos, entre tanta maleza, rocas, cactus y una que otra palmera seca, un enorme camión color blanco con la imagen de una marca de carnes está estacionado a un lado de una roca grande. El cual al notar como se acerca el auto enciende las luces del camión, iluminando hacia nosotros.
Por instinto nos agachamos un poco, evitando que alguna sombra nuestra se note.
Finalmente Anto se detiene. Apaga el auto y sale de este con las manos levantadas.
Unos hombres altos con armas bajan de la camioneta, apuntando hacia nuestra dirección, usando unos sombreros vaqueros y unos paliacates que cubren la mitad de su rostro.
— Son Anto... Busco al Diablo -gritó nerviosa ya fuera del auto.
La barrera de hombres que se había firmado antes se desintegra un poco, dejando notar a un hombre un poco más bajo que ellos, usa un sombrero vaquero color n***o, un saco largo del mismo color, una playera blanca y unos pantalones de mezclilla algo desgastados. Unas botas vaqueras color café y una pistola colgando de un extremo del pantalón nos indica que él es el diablo.
Camina a paso lento y cauteloso a Anto, quién también se acerca a él. Al verla este sonríe.
— Anto la llama con una sonrisa.
— Diablo -dice con alegría. Una alegría falsa.
El hombre se gira con sus hombres y les hace un gesto con la cabeza, unos de ellos se acercan al auto con sus armas apuntando a nuestra dirección.
— ¿En serio? -pregunta Anto al ver la reacción de sus hombres.
— Quiero estar seguro que vienes sola -dice con seriedad.
— ¿No confías en mí o qué? -pregunta con un tono de voz decepcionada.
— No es eso Anto -aclara. — Bien sabes que en esta zona siempre hay guerrillas entre legados y oscuras, no sabemos si alguno de esos dos se haya escondido en tu carro.
Un hombre se mete en el tsuru y jala de la palanca que hace abrir la cajuela. Otro inspecciona cada parte del auto, abriendo las puertas de dónde estamos. La punta del arma de uno de ellos roza con mi nariz, contengo la respiración al notarlo tan cerca de mí. A pesar de ser un legado también soy humano y sé perfectamente que un arma como está me mataría.
Después de un rato se alejan, dejando las puertas abiertas. Vemos cómo se alejan del auto, caminando hacia el diablo.
— No hay nadie, señor -le dice uno.
Salgo del auto con cautela al igual que los demás. Acercándome a los hombres que están más cerca de Anto. Edwin se acerca a los que están en el camión y Nora se acerca al diablo.
— Típico de ti -escucho como Anto se burla.
— Ya me conoces, niña -añade en el mismo tono de voz que ella.
— ¿Nuevo cargamento? -pregunta, señalando con su mirada al camión detrás de él.
— Si... -dice mirando de reojo el camión.
— ¿De cual?
— 6, 9 y 15 -dice como si fuera normal— Ya sabes, son los que más piden -añade encogiéndose de hombros.
— ¿Ya con esto cuántas van? -pregunta sorprendida.
— Creo que tres, no estoy seguro -dice— Pero bueno, lo que importa ahora es que estás aquí, ¿te hicieron algo?
— No, sabes que defenderé muy bien -contesta con una sonrisa traviesa.
— Si, lo sé... -dice con un tono coqueto, acercándose a ella, para acariciar la piel desnuda de sus brazos.
Noto como ella se siente incómoda, pero deja que él se acerque.
— Diablo... -lo llama.
— ¿qué pasa? -pregunta aún cerca de él.
— En serio me das asco -contesta. Y esa es la señal que necesito para tomar las pistolas de los hombres que tengo a mi lado y comenzar a dispararles.
Otras balas más se escuchan, a lo lejos notamos como otros legados se acercan.
El rostro de odio y rencor del Diablo observa a Anto, quién al notar la escena que se comienza a mostrar palidece y da un paso hacia atrás, lista para escapar y acercarse a dónde está Edwin.
El diablo comienza a correr hacia ella, pero Nora lo detiene. Golpeándolo en la espalda, logrando que esté caiga para luego dispararle en la pierna.
El hombre grita. Cuerpos de sus hombres comienzan a caer al suelo y otros simplemente huyen.
— Travis, el camión -grita Nora al ver a Travis acercándose. Otros hombres aparecen, listos para atacar, pero en cuento los tenemos a la vista les disparamos.
Me acerco al camión, abriendo la parte trasera de éste de un balazo.
— ¡Ayúdame, wey! -le digo a Manuel, quién abre las puertas del camión, mostrándonos un congelador con carne de cerdo y res.
— ¿No que era un cargamento de personas? -pregunta al ver toda la carne cruda y cuerpos de animales colgando del techo del camión.
— Es una fachada, wey. -digo, comenzando a adentrarse junto con otros legados. Buscamos en todos lados alguna otra puerta, encontrando una mediana siendo tapada por unas cajas pesadas de cartón.
— ¡Ayúdenme con esto! -grito, logrando que otros se acerquen a donde estoy y quitemos las cajas. Cómo era de esperarse la puerta tiene seguro. Manuel le dispara al candado, logrando que esté se abra y podamos abrirla.
Sollozos y gemidos de dolor de niños no tardaron en escucharse. Me asomo en la puerta con ayuda de una lámpara para iluminar el otro extremo del camión el cual está oscuro. El olor a orines y comida vieja no tarda en aparecer. Es muy fuerte, pero no tanto como el olor a la carne de cerdo que hay detrás de mí.
Iluminó el lugar, unas largas filas de niños y adolescentes se observan, unos acurrucados con otros, algunos cuerpos de otros niños en el suelo del camión. El frío debió de hacerlos adormecer.
— ¡AQUÍ ESTÁN! -grito, mirando a los demás legados que buscan alguna otra compuerta.
— Vengan, ya están a salvo - dijo, extendiendo la mano a un pequeño de unos 6 años. Sus ojos oscuros observan a detalle cada gesto que hago. Dudoso toma mi mano, la cual sujeta con fuerza.
— Vamos a ir saliendo de a poco, ¿está bien? -Les digo a los demás. Quienes asienten. El sonido de más balas no tardaron en escucharse, alterando a los pequeños y logrando que lloren.
El niño de antes se acerca a mí con rapidez, abrazándome con fuerza. Me levanto de donde estoy y miro a Cristian, otro legado un poco más alto y mayor que yo.
— Checate si necesitan ayuda, llévate a dos y los demás que se queden -le ordenó. Él asiente y sale disparado del lugar en compañía de la cantidad de personas que le dije.
— ¡Luis! -llamo a otro, quién se acerca a mí en cuanto le hablo. -- Pelate a la camioneta y trae la ropa y todo lo que metieron para los niños. Llévate a Julio, ¡pero ya! que es para ayer -le digo, señalando a otro legado, quienes salen y van a dirección de la camioneta.
Vuelvo mi atención al pequeño. Tomándolo entre mis brazos y acercándome a la puerta otra vez.
— Ustedes, ayúdenme a sacar a los niños y chequen si alguno está herido o muerto -les digo a los 2 que se quedaron conmigo. Quienes se sientan y uno de ellos se adentra para comenzar a sacar a los niños.
De a poco van saliendo. Gritan y lloran de miedo al escuchar la matanza que hay fuera.
Finalmente se dejan de escuchar balazos y aunque eso me tranquiliza un poco también me preocupa. Pues no sé si hemos perdido a alguno de los nuestros.
Salgo del camión con ayuda de Cristian, quién ha regresado conmigo para ayudarme a bajar a los menores.
Cuando pongo un pie fuera pronto me doy cuenta que hemos ganado. Nora tiene amarrado con cuerdas mágicas al Diablo, quién se queja y grita maldiciones hacia Anto, quién lo observa con asco y rencor.
— ¡Tú...! -la llama— ¡Debí matarte cuando pude! -le grita. -- Ahora estarías junto a tu puta madre -gritó, logrando que ella lo abofetee.
— De mi madre no dices nada, cabrón -dice Anto. Tomándolo de su cabello canoso— Durante años los aguante a ti y a la Condesa, me trataron como a sus patas, me violaron, me hicieron acostarme con cuántos quisieran, me envenenaron con morfina, mataste a tantos y me hiciste hacer tantas cosas que ahora me doy asco -dice entre dientes. Mirándolo con recelo y con los ojos llorosos.
— Pero sigues con vida -dice con burla.
— Si, para poder matarte -dice, dándole un rodillazo en el rostro, logrando partirle la nariz y que esté escupa sangre.
— ¡Hija de la chingada! -se queja. Nora lo sujeta con más fuerza al notar como este se balancea con fuerza hacia Anto.
— Llévenselo a Lyn, ella sabe que hacer -dice molesta, hablándole a Edwin y Ricardo, quiénes hacen caso a lo que ella les ordena. Con fuerza se llevan al Diablo quién patalea y maldice sin parar.
Me acerco más a las chicas. Anto no tarda en caer al suelo de rodillas, abrazando su vientre y comenzando a escupir sangre.
— ¡Anto! -la llamo, acercándome al igual que Nora a ella.
Ella sigue escupiendo sangre, torciendo coágulos de sangre. Al fin ella deja de escupir y nos mira, mientras se limpia la sangre de sus labios.
— Dije el nombre de uno de ellos, por eso estoy así... estoy bien -contesta, mirándonos cansada. Sus ojos me miran con alegría, una alegría apagada.
— Te debo una legado -me dice sonriendo de lado. Yo sólo negué con la cabeza y la ayudé a levantarse.
— Se que prometí que no volvería a hacer magia, pero quisiera pagarles este favor ahora -añade, sin despegar su atención de mí.
— No es necesario... -Trato de hablar.
— Si lo es -no me interrumpe— El deberle un favor a un humano o que un humano nos deba un favor es muy importante para nosotras, llega a ser mortal si no se cumple la promesa -añade sin mirarme.
Abro la boca para hablar, pero de nuevo me interrumpe.
— Quiero darles mi protección a todos ustedes, pero a ti -dice, señalándome con la mirada— A ti te quiero dar algo por lo que los mortales pagan por saber -agrega, extendiendo sus manos hacia mí.
— No es necesario, en serio -digo, pero ella insiste en que la tomé de las manos. Dudoso le lanzó una mirada de ayuda a Nora, pero ella se abstiene de meterse, da un paso atrás y niega con la cabeza. A regañadientes la tomó de las manos, susurró algo entre dientes para después cerrar los ojos.
Una extraña sensación recorre mi cuerpo, un tipo de corriente eléctrica rodea mi cuerpo. Ella sujeta con fuerza mis manos, sintiendo la frialdad de sus dedos largos y delgados apretando mis muñecas.
— No creo en esto...
— Lo diré una sola vez. Estúpido si no entiendes. La mujer de cabello oscuro como la noche y ojos con fuego conocerás. Cuando la noche se torne roja y cuando la tierra se convierta en cementerio de muertos antiguos, cuando la última gota de venganza hayas tragado es cuando ella aparecerá trayendo consigo una llama interna que te consumirá y así el miedo conocerás...Y solo así arderás.