Comen en silencio, más que nada escuchando a Den balbucear y hacer sonidos apreciativos hacia lo que Max cocinó. Es la primera vez en mucho tiempo que tienen una cena tan callada y que Gina desearía poder irse a la habitación, o mejor aún, a un cuarto diferente donde pueda estar sola y en paz intentando solucionar sus problemas. Lo malo es que con el tiempo ha aprendido que cuando uno está en una relación no es eso lo que debería hacer, sobretodo si el problema involucra a ambos, así que se queda a cenar intentando poner sus mejor cara y luego va a acostarse a la cama, con Massimo a su lado.
No es algo que quiera hacer, pero está intentando ser una persona madura, responsable con las consecuencias y con cómo sus acciones pueden afectar a Massimo.
Se gira en la cama de un lado a otro, con el corazón latiéndole a mil en el pecho y un nudo en la garganta que no sabe si es su cena o tan solo nerviosismo, intenta encontrar la mejor manera de hablar sobre el tema. Está tan alterada que ni siquiera siente a Massimo meterse en la cama y se asusta cuando una mano se enreda entre sus rulos, pero reconoce su característico olor, algo fresco y masculino que la lleva a buscar calor en sus brazos. Max continua masajeando su cuero cabelludo, a veces jugando con su pelo y eso es exactamente lo que necesita para calmarse y poder pensar mejor. Que haya sabido cómo tranquilizarla sin que Gina tuviera que decir ni una sola palabra le da la confianza para hablar.
—Respecto al aborto— humedece sus labios —, creo que es la mejor opción. Golden apenas tiene un año, acabo de volver a la universidad, me gusta salir a veces contigo a torturar y cazar y sé que sería irresponsable de mi parte estando embarazada. Además las cosas no están como para ser tu esposa y junto a eso cargar a tu segundo hijo.
Eso es lo que más le preocupa, han pasado meses desde que se solucionó el problema de Beto y su intento de tomar el poder, pero Massimo está recién asentándose como capo y mucha gente aún no le tiene el respeto —o temor— suficiente para no intentar algo estúpido.
—Sabes que te apoyaré independiente de lo que quieras— hace su cabello a un lado para depositar un beso en su mejilla —, así que no tienes que darme explicaciones.
Gina frunce el ceño.
—Estás siendo demasiado comprensivo respecto al tema. ¿Estás drogado?
Se gira sobre sí misma para poder mirarlo a los ojos y evaluar su apariencia, pero se ve igual que siempre.
—¿Quieres que te diga la verdad?
Asiente, su cerebro prendiendo todas las alarmas que tiene y preparándose para lo que dura.
» Quiero encerrarte en la casa y obligarte a tener ese bebé porque la idea de verte tu vientre abultado con mi hijo en tu interior es, primero que nada muy caliente, pero también me genera una clase de orgullo masculino que no puedo explicar.
Okey, eso es algo que puede manejar. Massimo siendo el mismo Neardental de siempre.
—Y asumo que embarazarme dos veces en el transcurso de un año habla muy bien de ti— enarca una ceja y la sonrisa que cruza sus labios es toda la respuesta que necesita.
—Pero independiente de eso, estoy intenta ser un mejor hombre para ti— enfatiza esa parte —y también porque he aprendido que no puedo obligarte a hacer nada que no quieras, así que si lo vas a abortar seré un buen esposo y estaré ahí para ti a cada segundo, como corresponde.
Termina con su voz bajando a un tono más serio y duro, sus cejas frunciéndose en el medio. Es confuso querer ser mejor persona para alguien, tener esa necesidad visceral de hacer las cosas bien por ellos y dejar de lado cualquier deseo o necesidad que tenga tan solo para complacerlos, no es el tipo de hombre que es. Massimo está lejos de ser comprensivo, compasivo y nunca ha sacrificado sus intereses por alguien más, pero con Gina le sale natural.
—Massimo Amadore, ¿tienes corazón?— dice fingiendo sorpresa, apoyándose en un codo.
—No te hagas la lista, corazón— pasa la mano por su cintura y la apega a él —, o podría arrepentirme y hacer lo que quiero.
En un segundo Gina está a horcajadas sobre él, las manos en su pecho, presionando con fuerza para mantenerlo acostado. Le da una sonrisa ladina, de esas que prometen problemas y si eso no fuera advertencia suficiente el fuego que se enciende en sus ojos le deja claro que pagara por su comentario.
—¿Eso quieres? ¿Tenerme aquí encerrada teniendo todos tus hijos?— mueve las caderas sobre su creciente erección, las manos sobre sus pecho lo presionan con un poco más de fuerza.
—Si pasaras el resto de tu vida embarazada no me molestaría— lleva las manos a su trasero, empujando contra su m*****o.
Gina hace un ruidito bajo y malditamente sexy. Humedece sus labios y sus párpados caen un poco, dandole una apariencia sensual y dominante que le encanta porque entonces tiene la oportunidad de ponerla en su lugar y recordarle que en la cama él tiene todo el control. Sus dedos clavados firmemente sobre su carne lo dicen, la manera en que la mueve sobre su erección, mojando su bóxer en el proceso con la excitación dulce de Gina.
—Pero voy a estar gorda y malhumorada todo el tiempo.
—Sí, y también caliente, además tú, enojada es la mejor forma de foreplay que conozco.
Pone los ojos en blanco, al principio por el ridículo comentario de su esposo, pero luego porque él levanta las caderas y la cabeza de su falo endurecido va gusto en su clítoris. Impaciente, Gina le baja el bóxer lo suficiente para liberar su erección con la cabeza hinchada, algo más grande que el resto de su tronco largo y grueso. Humedece sus labios, sube la mirada hacia sus ojos y el tormento en aquellos iris azules la hace sonreír, luego desciende sobre él con lentitud, tomándolo centímetro a centímetro. No aparta los ojos de él, fascinada con la manera en que sus cejas se juntan en el medio, en como sus labios se entreabren en una exhalación temblorosa, su rostro contorsionado en absoluto éxtasis. La vena de su frente comienza a marcarse y el rojo en sus mejillas se intensifica un poco más. El propio rostro de Gina tiene un sonrojo parecido, sus ojos brillantes con una mirada afiebrada y la boca abierta para dejar salir una serie de gemidos débiles, hasta convertirse en un gruñido de satisfacción cuando Massimo entra por completo en ella con una estocada controlada.
—Dios, que bien te sientes— cruza los brazos detrás de su cuello y juega con los cabellos más cortos en la nuca.
Massimo pone las manos en sus caderas, tan solo para afirmarse y apretar su exquisita carne, pero es Gina la que tiene el control, determinando el ritmo, el tipo de movimiento y en que momento exacto él va a acabar. Massimo es un mero muñeco, usado por Gina para alcanzar el orgasmo, pero lo que ella no sabe es que ser usado para su propio placer por su mujer es tan excitante como si él estuviera a cargo. Gina le dice que hacer, como hacerlo, apresa sus manos, le deniega un orgasmo porque quiere seguir montándolo y después le permite acabar, hundido en lo profundo de su sexo, envuelto en ese manto caliente, resbaladizo y absolutamente perfecto. Y acaba mirándola a los ojos, recordándole cuanto la ama con caricias dulces, con besos perezosos que se vuelven voraces. Murmura las palabras una y otra vez, un cántico desesperado, porque necesita que Gina sepa lo mucho que significa para él, por si alguna vez se le ocurre abandonarlo, que sepa que estaría absolutamente destruido.