Desde que Gina entra a pabellón hasta que puede volver a verla en la sala de recuperación, se le hace eterno. En realidad no es tanto tiempo, pero cuando tu mente no deja de recordarte todo lo que puede salir mal o sigue forzando el rostro desolado de su mujer cuando llamaron su nombre y tuvo que partir sola.
Varias veces durante la espera quiso convencerla de que no lo hiciera, podía ver en su rostro algo que le decía que no estaba del todo segura, pero Gina es una mujer decidida y si eso es lo que quería hacer, incluso si no estaba cien por ciento segura, él no podía hacerla cambiar de opinión. Sabe que lo único que necesitaba de él es su apoyo. Aun así, cuando se levanta y suelta su mano, no pudo evitar preguntarle una última vez, para saber que ninguno de los dos se arrepentiría luego:
—¿Estás segura? Porque si lo quieres tener podemos irnos ahora, y sabes que daría mi vida por que ustedes estén sanos y a salvo.
Sus ojos se aguaron y sus labios se crisparon en una mueca previa al llanto, pero Gina inhaló profundo, pestañeó para apartar las lágrimas y sacudió la cabeza.
—Estoy segura— humedeció sus labios y forzó una sonrisa —. Te amo.
Las palabras fueron apenas un susurro que clavó directo en su pecho, para él no era necesario que lo gritará a todo el mundo, pudo ver en sus ojos la intensidad del sentimiento y eso era suficiente. Pero aquello no significaba que él fuera a decírselo de la misma manera, después de todo Massimo siempre había sido un poco extra a la hora de expresarse, por eso se levantó, pasó un brazo por su cintura y selló sus labios en un beso lento, cariñoso, lleno de todas las cosas que sentía por ella. Esa siempre había sido la manera en que mejor se entendían y por cliché que sonará, cuando sus bocas se juntaban no hacían falta palabras o declaraciones de amor pomposas. Era suficiente con el lenguaje de sus labios moviéndose, cediendo a las indicaciones del otro y calentado sus cuerpos.
Gina es quien se apartó reticente y partió su camino. Massimo la siguió con la mirada hasta que desapareció por detrás de la puerta y luego comenzó la eterna espera.
?
Cuando Gina llega Massimo se lanza sobre ella de inmediato, preguntándole cómo está, si le duele algo, si necesita algo. Va a abrir la boca para decirle que está todo bien y que no se preocupe, pero al intentar hablar no es capaz. De sus labios no sale más que un graznido ahogado. Lo que sí hace es levantar la mano y con ese gesto pedirle espacio.
Massimo vuelve a sentarse con expresión preocupada, pero ella no tiene cabeza para pensar en él o en lo que siente, apenas puede consigo misma en este momento. Cierra los ojos intentando regular el barullo de emociones que hay en su interior. Inhala profundo, contiene el aire y luego exhala, repite el proceso un par de veces hasta que puede respirar mejor y no parece que fuera a estallar en cualquier segundo, de ahí abre los ojos y deja la mirada perdida en algún punto de la pared blanca.
Es tan pulcra que la encandila y por alguna razón su mente adquiere el mismo blanco. No hay ningún pensamiento rondando por ella y cree que se queda dormida por unos minutos, porque cuando la puerta de la habitación se abre, da un brinco en su lugar y vuelve a ver el mundo frente a sus ojos.
Una enfermera entra a darle las indicaciones correspondientes, que esperar y en qué casos debería ir a urgencias, luego le dice cuando tiempo más debería quedarse hasta que le den el alta, pero siendo que es un proceso ambulatorio no es más que unas horas.
—¿Crees que podríamos pedirle el cuerpo y luego usarlo para asustar a alguien?— pregunta Massimo luego de que se haya ido la mujer.
Gina suelta una risa entre diente, por supuesto que a él se le ocurriría decir una estupidez así. No es que le moleste, de hecho, es exactamente lo que necesita, porque entiende el chiste y porque sabe que es parte del humor n***o que los dos comparten.
—Creo que para eso tendrían que vaciar la “aspiradora”.
Es la manera más fácil de describir la maquina que usaron para extraer el feto y a Gina le parece chistoso por un segundo, pero luego su risa adquiere un timbre histérico y de un segundo a otro lágrimas caen por sus mejillas. Aprieta los párpados con fuerza y se seca con el dorso de la mano, pero no puede parar de llorar, por suerte tan solo son lágrimas silenciosas que se deslizan por la curvatura de sus pómulos y se acumulan sobre sus labios. Su rostro pasa a enrojecerse y quedar húmedo por completo, sus ojos se hinchan y de tanto llorar le duele la cabeza, pero no puede detenerse. La culpa la consume casi por completo y que Massimo la tome de la mano en señal de apoyo tan solo la hace sentir peor. Sabe que abortar fue la mejor decisión y aún así no puede evitar sentirse inmensamente egoísta, cruel en alguna medida porque no quería a ese bebé, porque sabe que sí era deseado por Massimo, porque cada uno de sus argumentos para no tenerlo le suenan a excusas y no logra diferenciar entre sus miedos y deseos, y los hechos.
Le toma un buen tiempo calmarse, en realidad es el cansancio lo que la hace dejar de llorar. Ya no tiene más lágrimas ni fuerzas y los ojos hinchados la llevan a cerrarlos y quedarse dormida. Se despierta cuando es tiempo de irse y en el auto se la pasan en silencio, la mano de él sobre su pierna recordándole que no está sola, pero por primera vez en mucho tiempo no es con quien quiere hablar.
—¿Cómo estás?— le pregunta Frances cuando se deja caer a su lado en el sillón.
—Pésimo— confiesa y recuesta la cabeza en sus piernas. Su amiga de inmediato comienza a toquetearle el cabello, jugando con él y relajándola —¿Crees que soy mala persona por haber abortado?
Por unos segundos tan solo se escucha el ruido de la televisión y como cruje la cama de su antiguo cuarto donde Massimo ha ido a acostarse mientras espera a que hable con Fran.
—Creo que independiente de lo que los otros piensen, es tu decisión y eres libre de elegir si lo quieres o no.
—Es que eso es lo que no sé— aprieta los ojos con fuerza —. ¿Lo aborte porque era peligroso tenerlo o en realidad no lo quería?
—¿Es realmente importante un por qué?— cuestiona su amiga deteniendo por un segundo las caricias.
Gina se pasa una mano por el rostro, frotándose la frente y soltando un quejido gutural.
—Si, ¿no? No sé— se sienta tan solo para echarse para atrás y quejarse de nuevo —. Es que no me siento realmente mal por haberlo hecho y una parte de mí sigue diciéndome que es lo correcto.
—¿Entonces?— Frances si gira hacia ella —. No hay más vueltas que darle al asunto. Tú siempre has dicho que no tendrías un hijo indeseado.
—¡Pero Massimo lo quería!— exclama alzando las manos, su rostro se arruga y sus cejas se hunden al medio.
Ahí está, esa espinita que se clava en su corazón cada vez que piensa en lo que ha hecho. Su interior se retuerce y un nudo se le hace en la garganta, si no hubiera llorado tanto en la clínica probablemente se le habrían escapado unas lágrimas ahora.
—Ay, amiga— Frances la toma de la mano y se la acaricia —, lo entiendo, pero en estos casos debes pensar en lo que tú quieres. No es él quien cargará el bebé nueve meses y luego tendrá que hacerse cargo, ni el que sufrirá el embarazo o estará siempre atado a él. Si bien se necesitan dos personas para crear una vida, es solo una quien la trae a el mundo y tiene que bancarse todo el proceso.
Asiente un poco más tranquila, intentando aceptar las palabras de su amiga y no responderle con un «pero», incluso si lo tiene en la punta de la lengua. Sabe que es cierto y que al final no importa lo que Massimo quiera, por todos los motivos que ya mencionó Frances y muchos otros más, pero es inevitable pensar en él y en lo que lo haría feliz, si después de todo esa es una de las cosas que involucra tener pareja: tener en consideración los deseos del otro, pero ante eso no debe olvidarse de que uno siempre va primero y que en situaciones así debe velar por sus intereses antes de los demás.