Diana Bryan colocó los platos llenos de comida sobre la mesa de vidrio del comedor de Diana. Encendió la tetera justo cuando ella salió de su habitación. —¿Qué es esto? —preguntó. Él se encogió de hombros. —Es lo mínimo que podía hacer por lo de anoche. Diana rió. —¿Me estás agradeciendo por el sexo? Bryan soltó una risa nerviosa al darse cuenta. —Supongo que sí. ¿Café? —Por favor —dijo ella, tomando dos tazas del gabinete. Se hizo cargo, le dijo que se sentara y les sirvió a ambos una taza. Se veía nerviosa. —Espero que no te moleste —empezó él. —No. No, está bien. Gracias. Comieron despacio y en silencio. Bryan nunca se había quedado más de lo necesario en casa de una mujer, ni había querido hacerlo. Siempre le parecía demasiado íntimo. Pero con Diana era diferente. Se sentí

