Capítulo 5: 《《Quedarse también es una forma de huir》》
Frank despertó con una decisión tomada. Ya no iba a vender la casona. Al menos, no todavía.
Había demasiadas cosas sin resolver. Demasiadas preguntas. Y una mujer que, sin buscarlo, lo había hecho sentir… algo.
Algo que no podía nombrar, pero tampoco ignorar.
Mientras preparaba café en una cocina cubierta de polvo, miró por la ventana. El jardín estaba abandonado, pero entre la maleza, una hortensia solitaria había florecido.
—Vieja testaruda… —murmuró, imaginando a su madre plantándola ahí.
~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~
Micaela acomodaba flores cuando Lucía entró a la florería. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y una mirada que no venía solo por comprar.
—Hola, Mica. ¿Tenés tiempo para un café después?
—¿Con vos o con tus preguntas disfrazadas de charla casual? —respondió ella con una sonrisa ladeada.
—Ambas —contestó Lucía—. Y por cierto… lo vi a Frank. Te miraría raro si no te revolviera un poquito.
Micaela fingió indiferencia, pero el temblor en sus manos la delataba.
—No vine a hablar de él. Vine por flores para la biblioteca. ¿Qué me recomendás?
—Algo que dure —dijo Micaela, con una mirada profunda—. Como las cosas que uno no quiere sentir.
Lucía la observó. No insistió. Solo la abrazó antes de irse.
Pero al salir, dejó caer un sobre pequeño sobre el mostrador. Dentro había una foto vieja: tres niños en una plaza. Frank, Micaela… y Clara.
~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~
Frank fue a la municipalidad a averiguar sobre su madre. Descubrió algo inesperado: Clara Báez había estado inscrita como voluntaria en un proyecto de huerta comunitaria… financiado en parte por su madre.
El apellido Umpiérrez estaba ahí, en documentos oficiales. Unidos sin querer.
Guardó una copia del archivo.
Después, caminó hasta la plaza central. Allí estaba la fuente donde su madre solía dejar monedas. Y también Micaela, sentada sola en un banco, con la mirada perdida en el cielo gris.
Se acercó despacio.
—¿Puedo sentarme?
Ella asintió, sin mirarlo.
Un minuto de silencio. Después, Frank habló.
—Voy a quedarme un tiempo. No sé si es una buena idea… pero no quiero seguir huyendo. – Habló él esperando a que ella lo mirara.
Micaela lo miró, por fin. Sus ojos eran claros, pero tristes.
—Acá no vas a encontrar respuestas fáciles. Y menos aún, perdones. – Había algo más en sus palabras.
—No busco eso —dijo él—. Solo quiero entender por qué me duele algo que no sabía que estaba roto. - estaba siendo sincero
Ella respiró hondo. Como si el aire pesara más de lo normal. Conteniendo lo que sentía.
—A veces… quedarse también es una forma de huir —susurró—. Pero al menos, es una más valiente. – Trató de alentarlo con esto último.
Frank la miró. No dijo nada. Pero en ese instante, lo supo: ella era parte del rompecabezas. No una pieza cualquiera, sino la que definía la forma final.
Y aunque todo seguía envuelto en sombras, por primera vez, el silencio entre ellos no era incómodo.
Era un puente.