Capítulo 6: 《《Una foto que aún respira》》
La noche caía despacio sobre el pueblo, como si el cielo también tuviera miedo de oscurecer del todo.
Micaela estaba en su habitación, sentada en la alfombra, con la caja de madera sobre las piernas. La misma caja que había guardado durante años, sin abrir, como si hacerlo fuera darle permiso al dolor para salir.
Dentro estaban las fotos viejas, cartas, y un llavero oxidado con forma de estrella. Clara lo llevaba siempre colgado de su mochila. Micaela lo sostuvo entre los dedos, como si al tocarlo pudiera oír su voz otra vez.
Suspiró y sacó la fotografía más antigua de todas: tres niños sentados sobre el pasto, sonriendo al sol.
Ella, Clara… y Frank.
La imagen estaba doblada en una esquina, como si el tiempo también hubiese querido esconderla.
Él no la había olvidado por completo. No podía haberlo hecho.
¿O sí?
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Frank se quedó hasta tarde en la casona, organizando los papeles que había traído del municipio. Encontró una carpeta con planos antiguos: uno de ellos llevaba el nombre de Clara Báez escrito a mano.
Era un proyecto de jardín comunitario.
En el margen, su madre había anotado:
> “Micaela tiene manos de tierra. Y Clara, de cielo.”
Frank se recostó en el sillón, con los ojos clavados en esa línea.
No sabía qué era peor: no haberlo sabido, o haberlo sabido y olvidado.
Su madre había amado a las hermanas Báez como propias. Entonces, ¿por qué nadie le había hablado de eso?
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A la mañana siguiente, Micaela salió temprano rumbo al vivero del pueblo vecino. Necesitaba despejar la cabeza, pero sobre todo, buscar nuevas plantas para un pedido importante.
Al llegar, entre macetas y aromas frescos, la recibió una mujer mayor, de rostro amable.
—Qué bueno verte de nuevo, Mica. ¿Cómo estás?
—Confundida —dijo sin pensar.
La mujer sonrió.
—Entonces estás viva. – Le sonrió de vuelta
Mientras revisaban plantas de lavanda, Micaela le confesó:
—Volvió. Frank. – si lo decía en voz alta a alguien mas, se sentía mas real.
La mujer la miró con ternura, sin sorpresa.
—No es lo mismo volver… que quedarse.
—No sé qué siente. Ni siquiera sé si recuerda todo lo que pasó. - Dijo entre triste y pensativa.
—Tal vez lo recuerda de otro modo. A veces, lo que más duele no es lo que pasó… sino lo que no dijimos.
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Frank caminaba por la plaza cuando se encontró con Lucía. Ella iba saliendo de la biblioteca, con una bolsa llena de libros y un gesto entre curioso y protector.
—¿La viste? - Preguntó en cuanto llegó a su encuentro.
Frank no necesitó preguntar a quién se refería.
—Todavía no. No como quisiera.
Lucía se cruzó de brazos.
—Tené cuidado, Frank. Micaela no es de las que se rompe fácil… pero cuando se rompe, se va sin mirar atrás.
—No quiero lastimarla. - Dijo cabizbajo.
—Entonces no la abraces si vas a soltarla después.
Él bajó la mirada. Lo sabía. Micaela ya no era la niña de las trenzas. Era una mujer que aprendió a florecer sola. Y él no estaba seguro de merecer quedarse cerca
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Esa tarde, Micaela dejó una nota anónima en la tumba de Clara:
> “Volvió. Y yo también. Pero no sé quién soy frente a él.”
Dejó la nota bajo una piedra, junto a una flor de lavanda. Al girar, Frank estaba ahí, a pocos metros. No se habían citado, pero los silencios —otra vez— los habían reunido.
Se miraron un segundo, como si algo invisible los empujara.
—¿Podemos hablar? —preguntó él.
Micaela no respondió enseguida. Solo asintió con la cabeza y empezó a caminar hacia la salida.
Frank la siguió, sin palabras.
Porque algunas conversaciones no comienzan con frases…
Sino con pasos compartidos.