capitulo 34

1098 Words
Unos golpes en la puerta se escuchan justo en el momento en que Balthazar se encuentra abrochando sus pantalones y yo acomodando mi camiseta dentro de mi falda. Lo miro con la cara colorada, recordando en donde estamos, lo que acabamos de hacer. —Ahora te sonrojas — se burla Balthazar. Su oscura mirada brilla de hambre mientras me mira acomodarme la falda. —Muérete — refunfuño. —Prefiero no hacerlo. Tengo un coño que joder esta noche — me guiña un ojo, yendo hacia la puerta. —Más te vale que sea el mío — me enojo, cruzando mis brazos. Y tengo que contener la sonrisa cuando suelta una carcajada ronca que me eriza los pezones. Joder, es tan sexy. —Puedes apostar que es el tuyo, nena — dice, abriendo la puerta. El doctor Drexler aparece, sonrojado. Sabe exactamente lo que acabamos de hacer, y quiero gemir de vergüenza y esconderme detrás de la camilla, pero agradezco que no me mire a la cara mientras le habla a Balthazar. —Y-yo... lamento interrumpir, señor, pero una mujer está afuera, y quiere hablar con usted — balbucea, y frunzo el ceño. ¿Qué mujer? Balthazar frunce el ceño también, vacilante. Pero la boca de mi estómago arde cuando asiente al doctor, despidiéndolo. Se vuelve a ir sin dudar, y yo miro a Balthazar mientras se acomoda su ropa más rápido. —¿Quién es? — pregunto, cuando cierra la puerta. Balthazar me mira, y noto que cualquier tipo de diversión se ha escapado de él. Vuelve a ser el tipo tenso y serio que me pone los pelos de punta. —Uno de nuestros hombres estará esperando afuera para llevarte a casa cuando termines con el doctor Drexler — informa, sin contestarme. Frunzo el ceño —. No te pongas difícil y ve directo a casa, Valerie — la sangre me hierve, pero Balthazar me niega, para nada dispuesto a escucharme. Se acerca. —No soy difícil, tú eres un id... — me interrumpe, tomando mi mano y poniendo un teléfono en mi palma. Vuelve a ignorar lo que le digo, y lo miro con odio en tanto él me mira sin emoción alguna. —Tu nuevo teléfono, ya que parece que el tuyo no funcionaba cuando te llamé — me acusa, y recuerdo las dos llamadas que recibí hoy en la cafetería. —¿Eras tú? — cuestiono, y él me levanta una ceja como si fuera idiota —. No lo sabía, Balthazar. Además, estaba trabajando — le recuerdo, hastiada de su actitud. Rueda los ojos. —No importa. De todas formas, tu teléfono era una porquería. Este está pinchado. Es más seguro y práctico — lo miro cuando lo deja en mi mano. Es un nuevo modelo, demasiado lujoso para mis torpes manos. —Oye, mi teléfono es completamente perfecto — defiendo el teléfono viejo que compré pensando en ahorrar un poco de dinero. Estaba siendo responsable, no despilfarrando cuando no es necesario. No uso mucho el teléfono. Usualmente me olvido de él. —No me importa. Tómalo. Tengo que irme — pierde la paciencia. Y yo los estribos, porque ha pasado de caliente a frío tan rápido, y hace que me pregunte qué ha cambiado. Si ha sido... la mujer que lo espera. ¿Quién diablos es? —¿Cuándo será el día en que dejes de irte cuando más te conviene? — me enfado, pero me ignora mientras se aleja —. Dijiste que luego de la ecografía hablaríamos — le recuerdo cuando está a punto de salir de la habitación. —Luego, Valerie — dice, exasperado. Y se va sin más. Como si tuviera cosas mucho más importantes que hacer que la maldita primera consulta del bebé. Cosas más importantes con una mujer. —Hijo de puta — salgo de la habitación, refunfuñando. Pero me contengo de seguir insultando a la nada cuando veo al doctor en su oficina, esperándome. Drexler se aclara la garganta. —Señorita Tate, ¿existe alguna otra duda que quiera resolver? — pregunta, esquivando mi mirada olímpicamente, lo cual agradezco. Claro que tengo mucho que preguntar y claro que lo hago, enterándome que el crecimiento del niño luego de nacer sería de la misma manera acelerada que en la del embarazo. Al parecer, los niños con sangre demoníaca crecen aceleradamente los dos primeros años de vida. Sus constituciones y mentalidades se expanden hasta parecer las de niños mayores. De entre cinco y seis años. Desde allí, comienzan a crecer de manera normal hasta la adultez. Y cuando pierdo todo tipo de vergüenza, es cuando hago la pregunta que menos quiero hacer a un hombre que sabe exactamente lo que acabo de hacer con el padre de mi hijo en la habitación de al lado. —¿Las relaciones sexuales podrían ser perjudiciales para el bebé? — pregunto en un balbuceo torpe, con las mejillas al rojo vivo. —Al contrario, señorita Tate. Las relaciones sexuales en este tipo de embarazos son altamente ventajosas para las madres. Gracias a la exuberante cantidad de hormonas que su cuerpo genera en el momento previo, durante y post coito, sus glándulas mamarias son altamente estimuladas, y, por consiguiente, preparadas con mayor eficiencia para el momento en el que tendrá que amamantar a su hijo. Así mismo que ayuda a fortalecer el suelo pélvico para un parto exitoso — explica, aún con el rubor en sus mejillas —. Y, en cuanto al niño, nada podría perjudicar su existencia a menos que fuera forzado — termina, diciendo aquello último con seriedad. Y ya se lo que quiera decir con forzado. Si alguien quisiera deshacerse de él. Inconscientemente, llevo mis manos a mi vientre para rodearlo con ellas protectoramente. No dejo de hacerlo hasta que termino con mis preguntas y me encamino fuera de la habitación, un poco más tranquila con la nueva información que tengo. —Valerie — me sobresalto cuando una voz ronca me llama al final del pasillo, quitándome de mis pensamientos. —¿Sí? — pregunto, cohibida al notar a un enorme hombre de cabello n***o y ojos impresionantemente celestes, esperándome allí. La mirada catártica que me dedica me inquieta, y lo miro con cautela. —Soy tu transporte. Mi nombre es Ragnar, Balthazar me asignó a ti — dice, serio. Y me incomoda ver cómo su mirada me repasa lentamente. No expresa nada en sus ojos, es como si estuvieran... muertos. ‍‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‍
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD