—Pude haberlo creado cientos de años antes, Valerie, pude haber vuelto a la realidad mucho tiempo antes de lo que imaginas — comienza a hablar con seriedad, sin despegar su frente de mi vientre y aún con sus ojos cerrados —. Si nuestro hijo está creciendo dentro de ti es porque yo así lo quiero y no porque esté utilizándolo. Él no es un medio para un fin, él va a nacer porque lo quiero y no hay ninguna mentira detrás de eso — revela.
Sus palabras me dejan aún más confundida que al principio, pero logran hacerme lagrimear sin poder evitarlo al escuchar con cuanto sentimiento y seguridad afirma que sí quiere a nuestro hijo.
Luego de cortos segundos en los que intento darles sentido a sus palabras, y Balthazar sigue perdido en sus pensamientos mientras mantiene la frente sobre mi vientre, por fin se endereza y me observa desde abajo, dubitativo.
—Tú y yo podríamos haber estado juntos desde muchos, muchos años antes, nena — susurra, antes de volver a levantarse del suelo. Me mira, serio, y todo mi cuerpo se calienta —. Esto que está pasando entre ambos no es una coincidencia, Valerie. No estás aquí por un estúpido concurso o por una estúpida obra del destino. Tampoco porque haya querido utilizarte. Tú y yo estamos pasando porque finalmente me rendí al lazo que nos une y te traje hasta mí — dice, serio.
—¿Lazo? — frunzo el ceño. Asiente, pero no entiendo nada — ¿De qué lazo hablas, Balthazar? — exijo, hastiada de los acertijos. Suspira.
—Para poder entenderlo, primero debo explicarte lo que soy, lo que eres tú. Debo explicarte todo. Pero no podré hacerlo si te tengo desnuda entre mis brazos, eres demasiada tentación — dice, ronco. Frunzo el ceño, pero me niega y baja a darme un corto beso que me deja deseando más —. Ve a ponerte algo o te follaré y terminarás enojándote. No puedo contenerme cuando se trata de ti, y puedo oler tu excitación a kilómetros. Te esperaré en la cocina mientras te hago algo de comer — declara.
Y antes de que pueda responderle o procesar sus palabras, se aleja, devolviendo la frialdad no deseada a mi cuerpo. Inconscientemente, tomo su antebrazo antes de que se marche y le hago a frenar. Me mira, levantando una ceja.
—¿Cómo puedes oler... eso? — pregunto, sintiendo mis mejillas enrojecerse.
Su oscura mirada me analiza con un deje de diversión, pero es su sexy sonrisa la que me deja sin aliento mientras baja sus oscuros ojos por mi cuerpo hasta la unión de mis muslos. Me sonrojo más, porque mira mi sexo con un hambre estremecedor. Se relame.
—Es una de las habilidades con las que fui traído al mundo de los vivos. Al igual que tengo fuerza sobrehumana, o que puedes sentir mi lengua estirándose dentro de ti, mi olfato y mis sentidos están más desarrollados que los de un humano normal — explica, lento. Vuelve a mirarme a los ojos —. Puedo oler tu esencia y tus cambios hormonales a kilómetros de distancia. Nunca podrás escapar de mí — sonríe siniestramente.
—No me des una razón, y puede que no lo intente — bromeo, y la mirada que me manda me hace reír.
—Inténtalo y verás — una amenaza ardiente brilla en sus oscuros ojos, y me muerdo el labio, evitando avergonzarme. Todo mi cuerpo se calienta con su mirada, pero es mi sexo el que palpita por más.
Le veo inhalar profundo, y la respiración se me atasca en el pecho cuando su pecho vibra. Sus pupilas se dilatan, pero es la forma en que su pene se mueve entre nosotros lo que me hace gemir mientras nos miramos con tantas ganas. Está oliendo el aroma de excitación, y no sé muy bien cómo sentirme al respecto. Solo sé que estoy más excitada que nunca.
—Joder — respira hondo por la boca. Cierra los ojos con fuerza y da un paso hacia atrás, rompiendo el hechizo. Se gira y se va —. Vístete, Valerie — gruñe cuando pasa por el umbral del baño, antes de desaparecer por completo de mi vista.
—Oh, Dios — susurro, agitada y muy acalorada. Mi corazón palpita con fuerza, y mi piel está erizada por todos lados.
Me obligo a calmarme. Respiro profundo y hago como si nada hubiera pasado, como si mi corazón no estuviera latiendo desenfrenadamente debajo de mi pecho mientras levanto la toalla para secarme el cabello y voy hacia el closet.
Lentamente y tratando de hacer tiempo para procesar la información que Balthazar me ha soltado, me pongo unas bragas y me visto con un pantalón corto de pijama junto con una camiseta vieja que le he robado a mi padre y que me llegaba hasta la mitad del muslo, dejando de lado el sostén al sentir mis pechos un poco doloridos y sensibles. El doctor Drexler dijo que eso podría pasar y que sería completamente normal.
Luego de terminar de vestirme, y con un remolino de pensamientos en mi cabeza, dudo antes de salir de la habitación. Sin embargo, la curiosidad me gana y termino saliendo, ansiosa por seguir con la conversación que he tenido con Balthazar en el cuarto de baño y que ha estado rondando en mi cabeza desde que abandonó el cuarto principal.
¿El concurso que he ganado fue una farsa para traerme a la mansión? ¿Él me ha traído aquí? ¿Qué ha querido decir con un lazo? ¿De alguna extraña y tétrica forma estamos conectados? Todas esas preguntas y muchísimas más retumban en mi cabeza mientras bajo las interminables escaleras.
Soltando un último suspiro, termino el recorrido hacia la cocina, adentrándome por el umbral con lentitud. Balthazar está de espaldas mientras hace no sé qué. Con cautela, me siento en una de las butacas de la isla y le observo, en silencio, seguir con su tarea. No puedo evitar quedar embobada por los interminables músculos desnudos de su espalda, o por el ceñido bóxer n***o que está cubriendo su anatomía baja.
—¿Te gusta lo que ves? — se burla, y yo me sobresalto.
—¿Cómo...? — antes de que pueda hacer la pregunta, me señala el microondas a su lado, el cual refleja perfectamente nuestro alrededor —. Traidor — susurro, haciéndole reír entre dientes.