Sus palabras, junto con su mirada llena del más puro deseo, logran humedecerme como nunca antes y hacen que mis caricias aumenten alrededor de él. Gime ronco y cierra sus castaños ojos, presionando su frente sobre la mía.
—Yo también quería — revelo con timidez. Su mirada se abre y se vuelve negra de pasión por mis palabras.
—Si dejaba que me tocaras de la forma en que yo quería, no podría haberte dejado ir — explica con ronquedad. Su caliente boca baja a unos de mis pezones y lo chupa sin apartarme la mirada. Gimo y le aprieto más fuerte en mi mano.
—Podrías haberte quedado — me quejo y uso mi mano libre para aferrarme a su castaño cabello. Sus labios no les dan tregua a mis pechos y comienza a volverme loca —. Quería que te quedaras — susurro y me mira.
—No podía quedarme, Valerie — parece que le pesa decirlo, o más bien le pesa haberlo hecho. No oculta sus sentimientos por ello y eso le hace todo tipo de cosas a mis nervios —. Mi necesidad por ti no me habría permitido alejarme por tanto tiempo como lo hice y no habría podido atar los cabos sueltos que necesitaba para poder darles una vida segura a ti y a mi hijo — termina de explicar entre jadeos y gemidos. Mi estómago se estremece al escucharle decir su hijo, pero me llama la atención lo demás.
—¿Cabos sueltos? — pregunto, intrigada por saber a qué se refiere con eso. Balthazar niega y baja a besarme.
Me enojo conmigo misma por perder el hilo de pensamientos tan rápido cuando pone su boca en mí. Pero me enoja más la humedad que me empapa los muslos y que usa a su favor para llevar su m*****o a mi entrada, empezando a adentrarse en mi sin resistencia alguna.
—Balthazar — gimo ahogadamente cuando llega hasta el final. Su gemido ronco retumba en la sala y me excita aún más. Me embiste tan profundamente, que ambos nos quedamos sin aliento al mismo tiempo.
—Este pequeño coño será mi perdición — gruñe y me besa. Sus labios me chupan con hambre. Muerde mis labios y me mete la lengua hasta la garganta. Se siente tan bien cuando me besa, que me sorprende que nunca me haya gustado cuando besaba a Thomas.
No era Balthazar.
El susodicho no me deja acostumbrarme a su invasión, sino que empieza con delirantes embates que me hacen gritar y retorcerme debajo suyo. Sus manos se agarran a la cabecera para hacer palanca y mis ojos ruedan cuando llega tan profundo.
—Joder, Valerie — gime y araña la madera. Mis paredes se abarrotan a su alrededor como si no quisieran que abandone mi interior. No quiero. Pero al mismo tiempo sí, ansiando que vuelva a penetrarme tan rico como lo hace.
Mis paredes arden un poco por el estiramiento, ya que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que su m*****o ha estado dentro de mí. Sin embargo, aquel pequeño dolor no se compara con el intenso placer que sus embestidas producen en cada choque. Cada pulgada de su m*****o toca todos los lugares justos dentro de mí, y el largo de su viril falo, logra llenarme tan profundamente.
—Si — gimo y me arqueo. Baja a mis pechos y los chupa. Usa su mano derecha para torturar mi clítoris y tengo que luchar para no explotar —. Más. Por favor — suplico, arañándole la espalda.
Pronto, mis gemidos se hacen más fuertes y las paredes de mi sexo comienzan a contraerse alrededor de su polla, exprimiéndolo con vehemencia y avisando que mi orgasmo esté a punto de estallar en mi interior, exigiendo ser llenado por él.
—Dámelo, niña. Mójame la polla como me gusta — me ordena con ronquedad. Sus ojos me atraviesan y grito cuando exploto. Me corro intensamente, gritando su nombre y humedeciéndole la polla como pide — ¡Joder! — gime guturalmente y también explota.
—Balthazar — gimo cuando los chorros de su corrida empiezan a llenarme. Mi orgasmo se multiplica en sensación. Sentirle llenarme de semen, tiñendo mis paredes de él, hace que todo se vuelva más intenso.
—Tómalo todo, joder — gruñe contra mi cuello. Chupa mi piel y me estremezco. Mi respiración agitada se acompasa a la suya y ambos nos quedamos muy quietos mientras sentimos los vestigios del orgasmo.
Suavemente, levanta la cabeza y pega nuestras frentes. Parece lleno de tantos sentimientos, que no puedo distinguir uno solo cuando me mira con esos oscuros ojos. No tengo palabras para lo que acaba de pasar, solo puedo devolverle la mirada con cansancio.
Con timidez, llevo mis manos a su rostro y delineo sus acciones. Balthazar luce sorprendido, pero no se aparta, sino que profundiza en mi toque, inclinándose más sobre mis palmas.
—No volveré a vivir sin esto — susurra y me besa. Siento mis labios hinchados cuando lo hace. Sus brazos bajan para rodearme con ellos y nos pone de costado en la cama. No parece dispuesto a salir de mi interior, por lo que gimo cuando se remueve entre mis paredes.
—¿No te volverás a ir? — no me avergüenza admitir que mi voz sale suplicante cuando le pregunto aquello.
Adiós dignidad, nos veremos en la próxima vida.
—No tienes tanta suerte — dice y me besa lentamente. El beso se siente ajeno a lo que somos, a la intensidad con la que nos tocamos. Esta vez es suave y húmedo. Sus brazos me pegan a su cuerpo con fuerza, y cuando se aleja, su mano derecha sube lentamente hacia mi mejilla, trazando mi piel con sus dedos en una caricia que me estremece.
Su otra mano, sorpresivamente, baja entre nuestros cuerpos y se posa sobre mi vientre, paseando en lentas caricias que erizan la piel debajo de su tacto y aumentan los latidos de mi corazón.
—Estoy embarazada — susurro, por fin cayendo en cuenta de ello. Mis ojos lagrimean y todo se vuelve peor cuando, de alguna forma paranormal, algo vuelve a removerse dentro de mi vientre con las caricias de Balthazar, sorprendiéndome por lo anormal que eso es, ya que el bebé solo tiene tres semanas — ¿Cómo puede ya estar moviéndose? — pregunto, tragando el nudo de mi garganta.
—Porque es mi hijo — sonríe de lado, pero no lo explica.