—N-necesito que desabroche su falda y levante s-su camisa, señorita Tate — tartamudea, volviendo a estar todo nervioso y tembloroso cuando la mirada de Balthazar también vuelve a estar en él.
Divertida, hago lo que me pide y dejo el pequeño bulto de mi vientre desnudo. Al instante, vuelvo a tomar la mano de Balthazar, que no duda en entrelazar nuestros dedos y acercarse aún más a la camilla cuando el doctor comienza a esparcir un líquido transparente sobre mi vientre con el aparato que tiene en la mano. Vigila con su mandíbula apretada y su mirada totalmente fría hacia el hombre robusto a mi lado.
—Bien, déjenme buscar... — comienza Drexler, totalmente concentrado en la imagen frente a él.
Emocionada, aprieto con fuerza la mano de Balthazar y fijo mi atención sobre la pantalla, paseando mi mirada de un lado a otro con desesperación e intentando encontrar lo que sea que pueda captar de mi bebé.
—Aquí — se emociona el doctor, señalando un punto en la pantalla donde claramente se puede ver el contorno de un bebé, logrando llenar de lágrimas mis ojos.
Mi mini Casper.
Pero eso no es todo y, para agregarle la cereza al pastel, un sonido latente se escucha en la habitación, quitándome un pequeño sollozo al entender que es el corazón de mi hijo. Agarro con más fuerza la mano de Balthazar y me quedo observando a la pantalla como una idiota mientras el doctor comienza a hablar sobre cosas que solo ignoro mientras sigo embelesada reparando en la casi imperceptible visión de mi hijo.
Y no logro prestarle atención ni cuando dice mi nombre. No cuando la pantalla frente a mí está mostrándome a mi mini Casper, y el suave y constante latir de su corazón retumba en mis oídos como la melodía más hermosa que he escuchado en mi vida.
—Valerie — susurra Balthazar sobre mi oído, devolviéndome a la realidad y obligándome a quitar mi atención de la pantalla donde nuestro hijo se observa. Lo miro, sorbiendo la nariz. Sin embargo, la sonrisa se niega a borrarse de mi cara.
Su mirada se suaviza cuando me ve, y se inclina para dejar un beso en mi frente que me cierra los ojos. Inhalo su aroma y me calmo al instante. Su mano en la mía me da un apretón reconfortante.
—¿Les gustaría confirmar el sexo? — pregunta Drexler, llamando nuestra atención de nuevo. Extrañada, lo miro con una ceja en alto.
—¿Ya se puede hacer? ¿No es muy pronto? — cuestiono.
Parece emocionado cuando me asiente, sin apartar la mirada de la imagen. Es como si estuviera viendo una estrella de rock en esa pequeña pantalla. Pero solo está viendo a mi hijo.
—En un embarazo normal, lo sería, señorita Tate. Pero, en este caso en el que uno de los padres posee sangre demoníaca, el desarrollo de los miembros y sistemas del feto es muy distinto al de un bebé de padres humanos — explica, maravillado —. Los sistemas nervioso y cardiovascular, junto con el corazón y los genitales, son los primeros vestigios que se logran ver y que empiezan a desarrollarse primero. Por lo que es posible saber el sexo desde la segunda semana y media — termina, tecleando algo en el computador.
Nerviosa, miro a Balthazar. No parece sorprendido, y me observaba con una ceja en alto. Quiere que confirmemos el sexo, pero me está dando la elección a mí.
—Queremos saberlo — digo, sin dejar de observar a Balthazar con una sonrisa enorme plasmada en mi rostro. Mi corazón late desenfrenadamente bajo mi pecho.
—Estupendo. Es... — Drexler alarga la última letra mientras remueve el aparato sobre mi vientre y observa hacia la pantalla. Retengo la respiración —... por supuesto, un niño totalmente sano de veinticuatro días. Según las medidas que capté. Felicitaciones, mis señores, será un varón — dice, y dejo salir el aire, aliviada.
Es un niño. Mi niño.
Un nudo me comprime la garganta y las lágrimas comienzan a salir de mis ojos mientras observo hacia la pantalla. El doctor Drexler se encarga de retirar el líquido de mi vientre con una toallita de papel, pero todo vuelve a ser un borrón mientras observo la imagen del bebé, embobada.
—Tendrá que tomar ácido fólico y... — Drexler empieza a parlotear, pero no lo sigo.
Miles de sentimientos me comprimen el pecho, y mucho se me viene encima al imaginar a ese bebé de la pantalla, crecido, en mis brazos. Con un cabello color chocolate y un par de ojos del mismo color. Una versión más pequeña del hombre que tengo a mi lado, que le dice algo al doctor, haciéndole callar.
—Sé cómo cuidar a mi mujer. Largo — ordena, y yo vuelvo en mí misma cuando Drexler huye de la habitación, cerrando la puerta detrás de él.
Sorprendida, dejo de ver como huye y vuelvo mi atención hacia Balthazar, encontrándome con que él ya está mirándome. Y no veo exactamente dulzura o cariño en su mirada, sino que me remuevo al ver la lujuria desbordando de sus oscurecidos ojos, que me devoran.
—Vas a darme un hijo — inhala, hinchando su pecho con el orgullo resplandeciente en sus ojos. Jadeo cuando tira de mi mano y me lleva a sus brazos —. Y yo quiero joderte tanto — estampa su boca sobre la mía.
Gimo, porque me besa con desesperación. Y cuando su lengua entra en mi cavidad bucal y sus manos se adentran en mi camiseta para acariciar mi vientre, mi cerebro hace cortocircuito. Me estremezco de pies a cabeza mientras sus dedos hacen presión sobre mi espalda baja para pegarme a su cuerpo.
—No sabes todo lo que me haces — gime ronco. Me besa la mandíbula, baja por mi cuello. Chupa, y vuelve a mi boca. Me besa con fuerza. Me lame la boca.
—Dímelo — gimo. Chupo su lengua cuando la mete en mi boca, muerdo sus labios. Su m*****o palpita contra mi vientre, y me gratifica sentirle estremecer cuando llevo mis manos hacia su cabello y tiro de él, acercándolo más a mí.
—Deja te lo muestro — gruñe, ronco. Toma mi cintura y me levanta de la camilla. Me agarro con fuerza de sus hombros, rodeando su cintura con mis piernas. Mi falda se sube, y Balthazar gime en mi boca cuando mi centro caliente termina sobre su bulto que palpita. Está muy duro, y yo muy mojada.