Su mirada nunca se despega de la mía mientras se vuelve de espaldas a su secta y acorta la distancia que nos separa. Sus manos rodean mi cintura de manera posesiva, adentrando sus dedos en la blusa y trazando mi piel con suavidad mientras su fornido cuerpo se pega al mío y sus labios bajan a mi oído con una lentitud desquiciante. Sus fríos ojos me tensan, pero sus palabras me hacen soltar un suspiro tembloroso. —Nunca te haría daño, Valerie — suelta con ronquedad, sorprendiéndome enormemente al escucharle soltar aquellas inesperadas palabras con tanta profundidad y sentimiento —. Nunca — asegura por último, antes de bajar y dejar un beso suave debajo de mi oreja, para luego soltarme y volver a girarse hacia la multitud silenciosa frente a nosotros, hacia Ragnar, que mira al cielo celeste

