Mi mujer sabe defenderse. Y definitivamente lo sabe, lo cual me confirma al alzar sorpresivamente su rodilla y golpear la ingle del estupido rubio, quien gime ahogadamente en respuesta al golpe y se deja caer de rodillas al suelo, sosteniendo su polla con sus manos al mismo tiempo en que sus ojos parecen lagrimear. Valerie no vuelve a darle otra mirada ni se demuestra arrepentida en ningún momento mientras suelta la camisa del imbecil frente a ella y comienza a caminar fuera del callejón, dejando al rubio en el suelo y embargando a mi cuerpo de ganas de seguirla. Pero no lo hago, y, en cambio, me giro hacia Thalia y le ordeno que siga a Valerie y se asegure que llega a salvo a su destino, advirtiéndole que no debe soltar ni una palabra de quien es y a quien le sirve. Todavía no es

