PRÓLOGO
Elijah recibió limpiamente un golpe de la mano de su padre y ni se inmutó. Tenía doce años pero para él el maltrato era cosa de todos los días, semanas, meses, años, vidas. De su mejilla resbaló un hilillo de sangre que se hubiese molestado en limpiar de no ser porque la suciedad ya lo ocultaba lo suficiente. No recordaba cuando era que se había bañado por última vez, quizás cuando para cuando fue a la escuela, hace ya casi dos semanas. Pensó en que si su madre no estuviese tan destrozada por las drogas y maltratada por los abusos de su marido, si se acordaría de que tenía un hijo y se preocuparía por él. A pesar de todo, cuando estaba limpia, no era tan mala madre y él la quería mucho.
Su padre le estaba gritando aún pero él se había disociado y estaba en una realidad diferente. Otro golpe lo dejó en el piso, pero su única respuesta fue acurrucarse y cerrar los ojos, apretando el estómago en espera de las patadas ebrias de unas botas con punta de hierro. No llegaron, a lo que abrió los ojos y vio como su padre se dirigía hacia la única otra habitación que había en el cuchitril que tenían por departamento: la de su mamá. Quiso ir e intentar detenerlo, lo cual sabía que sería inútil, aún así se levantó y lo siguió.
Su querida progenitora yacía en una cama deshecha con sábanas opacas de mugre y fumaba un cigarrillo cuyo humo se esparcía hacia arriba flotando en formas que sólo se veían con la contraluz de la única ventana pequeña, cercada por barrotes. Su padre se dirigió a la fémina y se colocó como un cuerpo muerto encima, para comenzar a tocarla de forma desenfrenada. Elijah apartó la mirada y se fue de vuelta a la estancia que servía como living, comedor, cocina y su habitación.
Mientras miraba al vacío, sacó su roída mochila, recordando el pequeño presente que le había dado uno de sus amigos mayores de la villa de mala muerte en la que vivía. Era una pistola, pequeña, pero pesada para sus escuálidos y desnutridos brazos de niño. La sintió en sus manos con un cierto deje de temor y otro de un sentimiento que desconocía por completo. Su amigo, Caleb, le había dicho que era para que cuidara porque ya estaba grande, también le ofreció un trabajo, pero aún no le había respondido; las drogas no le gustaban para nada, pero el dinero lo necesitaba. Apuntó con el arma a una botella sobre la mesa mientras tenía eso en mente e hizo como que disparaba, resonando en su cabeza el ruido de un disparo imaginario.
Fue entonces cuando escuchó el primer alarido de dolor. Supo que era su madre y asomó su cabeza por la puerta, sólo para ver como su padre le destrozaba la cara, golpe tras golpe. Sintió un terror tan profundo que le caló los huesos hasta lo más profundo, pero se quedó congelado sin saber qué hacer. Aún tenía el arma en mano. Entró en la pieza, viendo en primera plana como la cara de la única persona que lo quería en este mundo ahora sólo era una masa de sangre. Apuntó a la espalda de su padre, si le disparaba ahora podría salvarla, puso el dedo en el gatillo, respiro y miró como en las películas y, no pudo hacerlo. Se quedó sin aire y no pudo hacer nada. Fue entonces cuando notó como la obesidad de su padre ahogaba el pecho de quien tenía debajo y como, de un momento a otro, esa resistencia desaparecía junto con un crujir de costillas, un agotado grito y el último suspiro de su madre.
A Elijah se le llenaron los ojos de lágrimas de pena, que, al ver el rostro ebrio de su progenitor, se convirtieron en la más pura rabia. Frunció el ceño, sujetó el arma con fuerza y disparó, una, dos, tres, siete veces, hasta que era un cadáver el que rebotaba con cada impacto. Fue entonces cuando desapareció el miedo que sentía al sostener un arma, para mutar en este otro sentimiento desconocido que ahora tenía nombre: poder.
…
—Serían veinte por los dos gramos, te lo dejo en veinticinco si compras tres —Elijah estaba apoyado en la pared del callejón mientras jugaba con una paleta roja entre sus labios y miraba a los ojos al tipo que lo había contactado en busca de drogas. De pasó, miró como no había ningún basurero grande cerca y que el flujo de gente ese día estaba más alto de lo normal.
—¿¡Veinte por los dos!? ¡La semana pasada estaban a quince! —el tipo con pintas de pandillero a penas, lo miró con rabia, a lo que él ni siquiera se inmutó. Él era un intento vano de parecer rudo que Baek podía distinguir como patético a kilómetros de distancia y con cataratas en los ojos—. No te conviene pasarte de listo conmigo, maricón.
En eso, el tipo lo tomó de las orillas de su cortavientos rosa y lo estampó contra la pared, intentando intimidar, a lo que el chico de ojos delineados sólo rió con sarna. Sin ningún tipo de esfuerzo y sin soltar el chupetín que llevaba en la boca, le pateó el esternón y en ágiles movimientos lo tuvo inmovilizado contra la pared y quejándose de dolor.
—Para la próxima fíjate con qué maricón estás tratando —le dijo acercándose a su oído, mientras una de sus finas manos tomaba su celular, reloj y billetera en tres limpios movimientos—. Soy la reina en este sector de mierda, cariño, y no quiero verte de nuevo por aquí a no ser que sea buscando una bala en la cabeza.
Más tarde ese día, mientras vendía el celular y el reloj y ganaba un dinero que le serviría para comprarse ropa y comer decente por un mes a lo menos, pensaba en que debería pedir ayuda para mover discretamente un par de basureros grandes a los callejones en los que frecuentaba, porque uno nunca sabía cuándo se podía necesitar esconder un cuerpo.
…
Después de haber vendido una cantidad decente y los artículos del imbécil que se había intentado propasar, se dirigió contoneando las caderas enfundadas en unos jeans ajustados al bar de Chlöe, el lugar donde se juntaban todos los mafiosos y subordinados de alto rango a revolotear alrededor del jefe: El señor de la droga Dominico Malatessta. A su gusto, el maldito era un egocéntrico de mierda que manejaba el negocio de mala forma y se dedicaba más a gastar su dinero que a administrar las cosas para que funcionaran como deberían.
El centro de recreación criminal se encontraba bajando las escaleras de lo que parecía la fachada de un local cualquiera, en el barrio en donde nació y se crió toda la vida. Con el paso más rápido y ligero que le permitían sus botas roídas (las cuales habían sido un lindo regalo de un tipo que le debía dinero y que había terminado con varias balas en la cabeza dentro de un camión de la basura) se dirigió a la base. En la puerta se encontraba Caleb, quien lo miró confundido y le prohibió la entrada, a sabiendas de que él, por ser menor de edad y un simple traficante promedio, no podía pasar de ahí. Elijah simplemente lo pateó en el estómago con su rodilla y le pidió perdón sin realmente sentirlo, para después abrir la puerta, la cual estaba cerrada, para aquel probelma, la solución fue patear la puerta con fuerza y entrar, para después arreglarse su top de tirantes blanco y la chaqueta rosado neón, haciendo una entrada de diva, como siempre.
Dos guardaespaldas se acercaron corriendo a la reina recién llegada, quien en un paso saltó sobre una mesa y serpenteó esquivando el inconveniente. Sin sacarse las manos de los bolsillos y con una expresión de hastío, caminó a paso rápido hasta los sillones del centro, para sentarse frente al jefe de sus jefes y sonreirle, mientras sacaba una paleta roja de sus bolsillos y se la ponía en sus labios.
—Hola, jefe —achicó sus ojos miel y le mantuvo la mirada, con tanta o la misma intensidad con la que se le era dirigida—. Antes de que me pegue una patada en mi lindo culo y me eche de su baticueva, quería tener unas palabras con usted.
Justo cuando los guardias estaban por agarrar a Elijah de los brazos, el don Malatessta los paró con un movimiento de manos y manándolos a volar con otro. Fue entonces cuando se inclinó hacia adelante con interés y prendió un cigarrillo, dejando ir el humo con elegancia.
—¿Quién mierda te crees que eres, niño? —le preguntó con una mirada seria y sin embargo, de cierta forma divertida por la situación—. No sé si sabes quién soy.
—Por supuesto que sé quién eres, Dominico —un escalofrío que no sabía de donde venía recorrió el espinazo del nombrado al escuchar como sonaba de los labios del otro—. Eres mi jefe, y por eso mismo vengo a decirte que eres de lo peor. Nos has inflado el precio de la mercancía ya dos veces este mes, nos llueven los reclamos y perdemos clientela, y por lo que tengo entendido el costo real de esta no ha subido realmente, además que recibo una miseria para la cantidad de trabajo que tengo, porque, yo creo que sabes, que a los microtraficantes como yo vivimos a penas de las comisiones de venta para además tener que estar silenciando a todas las perras que te deben dinero en tu nombre. Si voy a estar dándome el trabajo de esconder cuerpos quiero por lo menos poder comer algo que no sean fideos instantáneos, ¿Sabe usted a que sabe eso, o sólo ha probado tallarines con nombre siútico?
Dominico jamás había estado tan estupefacto. Por una parte estab a indignado porque alguien de tan bajo nivel como un traficante le estuviese hablando de esa manera, teniendo en cuenta que en la mafia el respeto por las jerarquías era tan relevante, pero por otra, no podía evitar sentirse extasiado por su mirada, el mover de sus clavículas, lo exagerado de su gesticulación y cómo sus labios parecían pedir a gritos ser besados por él. Se sintió mal, porque el chico no debería tener más de diecisiete y era alguien que trabajaba para él y se notaba que pasaba hambre. Pero un mafioso como él no debería tener clemencia… Se debatió hasta que sólo le salieron un par de palabras.
—¿Cuántos años tienes? —necesitaba ganar algo de tiempo en lo que se deshacía de las imágenes mentales que le generaba el chico en ese momento y pensaba en una respuesta coherente para darle, una que sonara al señor Malatessta.
—Dieciséis recién cumplidos, casi cuatro trabajando para ti, jefecito —le guiñó un ojo con cierta coquetería que no podía evitar sacar a la luz cuando se sentía así de cómodo en su piel, incluso con las miradas de todos los altos cargos de la mafia sobre su cuerpo—. Una pensaría que por ser así de fabulosa se le tomaría en cuenta con más rapidez.
—¿Tu nombre? —volvió a evitar la cuestión por la que el chico estaba allí y la idea de darle en el gusto para ver su adorable rostro satisfecho cada vez más sensata.
—Elijah Smith, jefecito —el recién presentado le decía así mientras jugaba con la paleta entre sus labios con el exclusivo motivo de molestarlo, pero hacía todo lo contrario en Dominico. Fue ese nombre que parecía deslizarse sobre su lengua roja por el dulce la razón por la que terminó de tomar una decisión que podría bien ser estúpida, pero esas cosa daban igual cuando eras el dueño de la vida de todo el mundo y te podías pasar por donde el sol no llegaba absolutamente todo.
—Bueno, Elijah Smith, de dieciséis años, te voy a dar a elegir entre quedarte con tu trabajo de traficante o dejarme contratarte como un sicario a tiempo completo —vio como sus palabras despertaron un brillo de interés en Elijah, quien sonrió y habló.
—Hábleme de dinero, jefecito, de dinero. ¿En cuál de los dos me vas a pagar más?
—Creo que es asumible que como asesino a sueldo —contestó y sus labios se curvaron, viendo como el otro asentía con la cabeza satisfecho y le extendía la mano, en forma de cerrar el trato—. Ven mañana temprano y discutiremos sin tanta gente mirándote.
Y Dominico Malatessta, en vez de apretar la mano de Elijah Smith, la tomó con suma delicadeza y le besó el dorso.
…
Vistiendo unos pantalones sueltos de estampado militar que había comprado usados, sus viejas botas robadas y una camiseta con hoyos partida a la altura del ombligo, el chico más joven se presentó de nuevo en el bar de Chlöe, el cual estaba vacío por completo a excepción de su jefe, quien, a sus ojos, lucía obscenamente atractivo. Quizás demasiado para su conveniencia.
—Siéntate, Elijah —le indicó el mismo asiento que había tomado ayer, y el recién nombrado asintió con la cabeza e hizo caso, cruzando las piernas de paso. Le entregó unas hojas de papel donde indicaba el trabajo que debía hacer—. Aquí están las condiciones y tus deberes. Cómo verás, este no es un contrato legal, pero sí que vale dentro de esta organización, para que te lo tomes en serio…
—Cuándo has tenido que deslomarte para poner comida en tu mesa toda tu vida, aprendes a tomarte todos tus trabajos muy en serio. —la respuesta salió más que fría de sus labios, y sus ojos comenzaron a recorrer con rapidez los trozos de papel y una sonrisa se formó en su rostro, porque lo que tenía que hacer era demasiado fácil para él—. ¿Tienes lápiz?
—Aquí tienes —abrió la chaqueta de su traje, dejando ver una camisa que le calzaba como una segunda piel a sus músculos trabajados, para después sacar un bolígrafo, el cual le extendió sin muchas miras. Cuando tenía ya Elijah el objeto en su mano, hizo la misma prueba rutinaria que hacía con cada persona que contrataba para este tipo de trabajo sucio: sacó su revólver, con iniciales grabadas en el mango, y lo apuntó, sacando el seguro en el proceso, sin embargo, el chico ya no estaba ahí, sino arriba de su cabeza, en medio de un salto.
Elijah tenía mucha calle más de la que demostraba, y a penas vio de reojo como Dominico sacaba su pistola, saltó sobre la mesa, con esa agilidad que tenía por sus años de experiencia y poco peso, cayendo sobre su cuerpo, haciéndole una llave y quitándole la pistola de pasada, apuñalándolo en la mano con el mismo objeto que le había pasado hace rato. Como toque final, apuntó sobre su ojo el lápiz, para que a cualquier movimiento en falso, su oponente perdiera el ojo.
—¿Pasé la prueba? Porque de tonta no tengo ni un pelo —no soltó el bolígrafo hasta que escuchó un “sí” salir de la boca del otro. En ese instante se dio cuenta de que estaba sentado sobre su jefe, haciendolo sonrojar levemente, pero sin perder su gesto de altanería.
Dominico lo vio, con las mejillas rosadas, la respiración agitada y el poder tan grande que tenía en su mirada y no se pudo contener lo suficiente. Se sentó, con Elijah en sus piernas y lo besó con una parsimonia que no era acorde a la situación pero sí a cómo el jefe veía al chico, quien contestó con torpeza e inexperiencia. Después de todo, era siete años menor.
—Te contraté porque eres uno de los miembros más habilidosos de toda mi organización, pero te acabo de besar porque eres el único en toda mi mafia que ha podido mirarme a los ojos y enfrentarme sin titubear.
—Pensé que me habías besado porque era el más lindo de toda tu mafia, aunque si, soy la más rápida y ágil. —le guiñó un ojo intentando parecer tranquilo, sin embargo, seguía muy nervioso.
—Realmente tienes un ego muy alto, princesa —le dijo con un tono sarcástico Dominico, tomándole el pelo para ver como se molestaba. Quería darle toda la confianza del mundo a la persona que tenía frente a él.
—¿A quién llamas princesa, bastardo? —contestó con cierta molestia en su voz, porque no admitiría que le gustaba que lo llamasen con ese tipo de sobrenombres. Bueno, no era ningún misterio, se llamaba a si mismo así.
—A ti, porque eso eres desde este día en adelante —volvió a acercar sus rostros, tentando sus labios a volver a unirse—. Mi princesa.