Dos días después, me encuentro subiendo las escaleras del modesto edificio de apartamentos donde vive Camille. El olor a comida casera y el sonido de risas infantiles llenan el pasillo, un marcado contraste con el silencio opresivo de mi propia casa.
Toco el timbre y escucho el grito familiar de Camille:
—¡Está abierto! ¡Pasa!
Entro al pequeño pero acogedor apartamento. Juguetes esparcidos por el suelo, libros apilados en cada superficie disponible, y el aroma a café recién hecho me reciben.
—¡Estoy en la cocina! —grita Camille.
La encuentro batallando con una licuadora mientras sostiene a su hijo Liam en la cadera. El pequeño de 14 meses me ve y suelta una carcajada, extendiendo sus bracitos regordetes hacia mí.
—¡Tía Meg! —balbucea alegremente.
No puedo evitar sonreír mientras lo tomo en brazos.
—Hola, pequeño monstruito.
Camille apaga la licuadora y se vuelve hacia mí, su cabello rizado un desastre adorable y una mancha de algo verde en su mejilla.
—Gracias por venir, Meg. Estaba a punto de perder la cabeza intentando hacer este puré de espinacas.
—¿Puré de espinacas? ¿En serio? —pregunto, arrugando la nariz.
—Hey, no juzgues. Es nutritivo... creo —responde con una risa—. Ahora, siéntate y cuéntame todo. ¿Cómo está tu padre?
Me desplomo en una silla, aún con Liam en brazos.
—Estable. Los médicos dicen que se está recuperando bien, pero...
—Pero tú pareces como si te hubiera arrollado un camión —completa Camille, sentándose frente a mí—. Escúpelo, Sinclair. ¿Qué pasó realmente?
Le cuento todo: la gala, la discusión, el infarto, la promesa en el hospital. Camille escucha atentamente, sus ojos agrandándose con cada giro de la historia.
—Espera, espera —interrumpe finalmente—. ¿Le prometiste a tu padre que tomarías el cargo? ¿Tú? ¿La misma Megan que juró nunca poner un pie en esa "prisión corporativa"?
Suspiro, dejando que Liam juegue con mi collar.
—Lo sé, lo sé. Es una locura.
—Es más que una locura, es un suicidio emocional —dice Camille, negando con la cabeza—. Meg, ¿qué pasó con tus sueños? ¿Con tus libros?
—No lo sé, Cam. Estaba allí, mi padre medio muerto, y yo... simplemente cedí.
Camille se levanta, toma a Liam de mis brazos y lo coloca en su sillita alta. Luego, vuelve y toma mis manos entre las suyas.
—Escúchame bien, Megan Sinclair. Entiendo por qué lo hiciste, pero no puedes dejar que esto defina el resto de tu vida. Tu padre se recuperará, y cuando lo haga, necesitas tener un plan.
—¿Un plan? —pregunto, sintiendo una chispa de esperanza.
—Sí, un maldito plan —afirma Camille con una sonrisa traviesa—. Vas a entrar a esa editorial, vas a aprender todo lo que puedas, y luego... ¡bam! Usarás ese conocimiento para publicar tus propios libros.
No puedo evitar reír.
—¿Bam? ¿En serio?
—Oh, cállate —dice, dándome un golpecito juguetón—. Lo digo en serio. Usa este tiempo para aprender el negocio desde adentro. Y mientras tanto, sigue escribiendo. No dejes que tu voz se apague, Meg.
Asiento lentamente, sintiendo que una estrategia comienza a formarse en mi mente.
—Tienes razón. Puedo hacer esto. Puedo jugar su juego por un tiempo, pero en mis propios términos.
—¡Esa es mi chica! —exclama Camille—. Y hey, si todo falla, siempre puedes venir a vivir aquí. Liam adoraría tener una compañera de juegos permanente.
Miro alrededor del pequeño apartamento, lleno de vida y amor, tan diferente de mi lujosa pero fría casa.
—¿Sabes qué? Eso no suena tan mal —digo con una sonrisa genuina.
Camille me guiña un ojo.
—Bienvenida al lado salvaje de la vida, Sinclair. Ahora, ¿me ayudas a hacer que este pequeño demonio coma sus espinacas?
Mientras nos reímos y luchamos con un Liam reticente, siento que un peso se levanta de mis hombros. El camino por delante no será fácil, pero con amigos como Camille, tal vez, solo tal vez, pueda encontrar mi propio final feliz.
Después de pasar la tarde con Camille y Liam, regreso a casa con una nueva perspectiva y un plan en mente. El apartamento está en silencio; Ethan debe estar aún en el hospital con mi madre. Me dirijo directamente a mi estudio, el único espacio en la casa que siento verdaderamente mío.
Enciendo mi computadora y abro el documento de mi novela a medio terminar. Mis dedos se ciernen sobre el teclado, dudando por un momento antes de comenzar a teclear furiosamente. Las palabras fluyen, liberando toda la tensión y frustración de los últimos días.
Horas después, cuando el sol comienza a asomarse por el horizonte, me reclino en mi silla, exhausta pero satisfecha. He avanzado más en mi novela esta noche que en los últimos tres meses. Es como si la perspectiva de perder mi libertad creativa hubiera desatado una tormenta de ideas.
El sonido de la puerta principal abriéndose me saca de mi trance creativo. Ethan entra, su rostro mostrando signos de cansancio.
—¿Megan? —llama—. ¿Estás despierta?
Salgo de mi estudio, encontrándome con él en el pasillo.
—Sí, estaba trabajando en... algo —respondo vagamente—. ¿Cómo está papá?
Ethan se afloja la corbata, dejándose caer en el sofá.
—Mejor. Los médicos dicen que podría ser trasladado a una habitación regular en un par de días.
Asiento, sentándome en el sillón frente a él.
—Ethan, tenemos que hablar.
Él me mira, una mezcla de curiosidad y aprehensión en sus ojos.
—¿Sobre qué?
Tomo una respiración profunda. —
—Sobre la editorial. Sobre cómo vamos a manejar esto.
Ethan se inclina hacia adelante, su interés palpable.
—Te escucho.
—Voy a cumplir mi promesa. Tomaré el cargo en la editorial —comienzo, viendo cómo su rostro se ilumina—. Pero con condiciones.
—¿Condiciones? —repite, frunciendo el ceño.
—Sí. Primero, quiero crear una nueva división de literatura infantil y juvenil. Segundo, trabajaré en la oficina solo medio tiempo. El resto del tiempo lo dedicaré a escribir.
Ethan abre la boca para protestar, pero levanto una mano para detenerlo.
—No he terminado. Tercero, tú te encargarás de la parte administrativa y financiera. Yo me concentraré en el contenido y los autores. Y por último, en dos años, reevaluaremos esta situación. Si no funciona, soy libre de irme.
El silencio llena la habitación mientras Ethan procesa mis palabras. Finalmente, habla:
—Megan, entiendo que quieras mantener tu escritura, pero ¿no crees que estás siendo un poco... idealista? Dirigir una editorial requiere tiempo completo.
Me levanto, sintiendo una nueva confianza surgir dentro de mí.
—Tal vez sea hora de cambiar esa mentalidad, Ethan. El mundo está cambiando, la industria editorial está cambiando. Si queremos sobrevivir, necesitamos innovar.
Ethan me mira fijamente por un momento antes de soltar una risa suave.
—¿Sabes? A veces olvido lo testaruda que puedes ser. Es una de las razones por las que me enamoré de ti.
Siento un nudo en la garganta.
"¿Cuándo fue la última vez que hablamos así?"
—Entonces, ¿estás de acuerdo? —pregunto, tratando de mantener mi voz firme.
Ethan se levanta, acercándose a mí.
—No estoy completamente convencido, pero... estoy dispuesto a intentarlo. Por ti, por nosotros.
Asiento, sintiendo una mezcla de alivio y determinación.
—Bien. Porque tengo muchas ideas para la editorial, y vamos a necesitar trabajar juntos para hacerlas realidad.
Mientras Ethan me abraza, mirando el amanecer a través de la ventana, no puedo evitar pensar en el camino que tengo por delante. Será difícil, lo sé, pero por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo el control de mi destino. Y eso, más que cualquier promesa o expectativa, es lo que me da fuerza para enfrentar lo que viene.