2. Ashley

1773 Words
Los regalan por San Valentín, los regalan por Aniversario, los regalan por regalar. Un regalo que duele pero no mata. Así, llenándome de un valor enorme doy los pasos que me faltan para llegar a su habitación. Soy tímida pero valiente, ya lo dije. Eso tengo que verlo con mis propios ojos. Los gemidos se entremezclan con los suspiros bruscos de un hombre. Hace exactamente dos días que tuvimos sexo, pero analizando como mi cuerpo se excita con los sonidos, tal parece que llevo años. Debo agregar, que no le veo lógica al fervor que toma mi cuerpo cuando entiendo que quién está detrás de esa pared es mi prometido. Podría echarle la culpa a la necesidad de más intensidad en mi vida o... realmente no sé. No encuentro explicación alguna a la reacción de mi cuerpo. Un paso más, un suspiro bajito y me sitúo justo en la puerta. La imagen que recibo de Adams no es lo desagradable que pensé. No había nadie más en la habitación. Él, sentado en el borde de la cama, con la camisa blanca abierta y el pantalón a medios muslos, se masturbaba mientras consumía porno. Me apoyo en el marco de la puerta, observándolo con deseo mientras escuchaba los sonidos que emitía la película. Estaba tan concentrado que no me había visto, aún. «Has venido para algo, Ashley Jones» A paso lento me acerco a él. Me sitúo entre el televisor y mi chico. Su reacción es bastante cómica, pero, como no quiero volver a ser vencida por la timidez, la ignoro. Intenta acomodarse el pantalón rápido y yo llevo mis manos al nudo de la bata blanca desatándolo. Sus ojos se posan en mi movimiento, mientras dejo caer la bata quedándome desnuda. Los gemidos de la chica seguían y los jadeos de él también. La situación me tenía cargada de un placer que necesitaba liberar, así que no había chance a miedos, ni vergüenza. Doy el paso que requería y empujándolo del abdomen lo hago sentarse nuevamente en el borde de la cama. No necesito hoy llenarme de valor para actuar, simplemente, me muevo hasta sentarme a horcajadas. Lo observo mientras muerdo su labio inferior y tiro de él, antes de besarlo apasionadamente, de esos besos que hace mucho no nos damos. Le echaba la culpa a los años, pero, a estas alturas, no sé a qué echarle la culpa. Sus manos seguían quietas y soy yo, quien las mueve hasta mis nalgas. No reacciona como espero, cómo reaccionaría un hombre si tiene una chica desnuda encima de él y eso me cambia drásticamente el estado. Aún así, no quiero lucir como una completa idiota repleta de inseguridades, otra vez. La que abandona un acto por timidez. No es la primera vez, pero tampoco quiero seguir en lo mismo. —Ashley —me llama. Sí, la mayoría de las veces me llama por mi nombre. En esta relación creo que los apodos románticos no están permitidos desde los dos años, para él. — ¿Qué? —indago contra sus labios, volviendo a besarlo con mucha hambre, con gran intensidad. —No es correcto antes de la boda —dice cuando separa sus labios de los míos. Ahora sí me freno. ¿Qué me está contando? Dos personas que han follado más de cien veces, que no puedan follar antes de casarse. —Se te ocurre algo más elaborado Adams o esta suposición es lo más alto a lo que llega tu cerebro —expreso y el cabreo empieza a llenarme dentro. Soy una chica dulce hasta que me molesta alguna cuestión. Solo ahí, cambio radicalmente. O... cuando me encuentro con John Stone. Lo no tan bueno de mí sale a reducir de esas dos formas. —Trae mala suerte, Ashley. Deberíamos esperar a casarnos —sigue tocando mi mejilla. —No quiero después, lo necesito ahora —dejo claro antes de intentar continuar. —No seas caprichosa, Ashley. Ahora no —demanda con pesadez y eso sí hace que me levante de encima de él. No soy caprichosa y lo sabe. No importa cuantas palabras busque para pintar su poco deseo de tocarme, yo lo estoy entendiendo. Después de la boda ¿volveremos al tono rojo? No lo creo, porque un papel no cambia absolutamente nada. Situaciones de tiempo no se arreglan con ese maldito papel y lo tengo claro. Pero como chica que se enfrasca en reparar lo que está roto, pido: —Tengo una hora, pasemos juntos ese tiempo antes de ir a arreglarme. —Ahora, paso del sexo para obtener un poco de cariño. Me acerco a él rodeándolo con mis brazos. Un ligero abrazo que no significa nada más que corresponderme, un casto beso en la frente y se separa. —Anda, ve a arreglarte. Tenemos tiempo después. No quiero que te retrases —concluye y pasa de mí para apagar el televisor. Al terminar tal acto, sigue a vestirse, como si yo no estuviese desnuda en la habitación, es más, como si no estuviera. Tomo la bata, con el deseo de llorar arremolinándose dentro. Me apresuro en salir de ahí porque sería la cereza del pastel que aparte de haber sido rechazada, llore delante de quién lo hizo. De camino a casa, empiezo a enumerar mentalmente las opciones de lo que implicaría casarme con Adams. Sé que no es momento de pensarlo, pero, más vale tarde que nunca. Nunca fue especialmente cariñoso pero ahora parece dar las migajas por compromiso. Sexo con frecuencia pero básico últimamente, del que no toma demasiado tiempo. Me arreglo para mí, sin embargo, el que tú pareja lo note es gratificante. No, él nunca halaga tal cosa, por él lo hacen los demás hombres con los que me cruzo. Me mira como si mirase a cualquier chica, en sus ojos no hay destellos de amor o fascinación. Los te amo son más escasos que un poco de agua en un desierto y si hablamos de dormir abrazados, tiene menos frecuencia que los días de lluvia en diciembre. Si vamos a algún sitio se enfoca en todo menos en mí. No hay mensajes románticos, a veces ni siquiera mensajes. No hay adrenalina, no hay intensidad, no hay pasión. Una pareja de ochenta años en el cuerpo de dos jóvenes y eso, me cansó. ¿Qué pasará cuando lleguemos a los cinco años? ¿Cómo se retorna a la etapa de fuego cuando él lucha por mantenerse en la oscuridad? Llego otra vez a mi casa y esta vez, no me inmuto por esconderme. Mi padre me detiene y aunque también están mis tíos estos se limitan a mantenerse en su sitio. —Nena, ¿Hablamos? —pregunta. Le observo directamente a la cara. Me conoce bien y sabe que no estoy bien, pero no es momento de hablarlo. Mi padre es mi mejor amigo y no tengo ningún problema en hablar con él de lo que me sucede, sin embargo, necesito organizar mis ideas. —Lo hablamos de camino al altar. Las chicas me esperan —digo antes de dejar un beso en su mejilla y continuar al interior de la mansión. Al abrir la puerta de mi cuarto me encuentro con una gran invasión. Las adoro, a todas, pero estaba realmente mal internamente. Ellas se quedan en silencio, observándome, mientras camino hacia la silla que se ubica frente a la mesa del maquillaje. ―Hija, ¿estás bien? ―pregunta mi madre acuclillándose al lado de mi silla. ―Si no estoy segura que ese hombre me complementa, aunque no ha habido traición de por medio y no sea un mal tío, ¿debería casarme? ―indago. ―No ―responde automáticamente mi madre―. Cásate estando completamente segura, feliz y enamorada, nena. ―Fui a verlo. Dejé a la chica tímida e insegura aquí. No sirvió de nada. Una porno le provocaba lo que yo no. ―Río ante mis propias palabras con mucha amargura. Realmente, me duele, las cosas como son. ―Ash, la respuesta la tienes tú, pero prima, no es ahí ―interviene Kim. ―Tal vez, la culpa la tengo yo, por dejarme vencer por las inseguridades… ―Capacidad que tienen los tíos imbéciles para hacerle creer a la chica que todo es culpa de su timidez ―me interrumpe mi tía Andrea―. El hombre de verdad, el que sabe, no crea inseguridades, las combate. El tío que sabe tocar donde debe, hace explotar en el placer a su chica de tal forma que ella no piensa en si lo está haciendo bien o mal, en si llega la timidez o se esconde. Una patada en el trasero y que se vaya con Justin a beber café. Lo único que tendrán caliente en sus manos de por vida. Terminamos sonriendo. A Andrea nada se le pasa y tampoco se esconde para decir lo que piensa. Justin fue el novio de mi prima Kim, el que no supo esperar por ella. Parece que el que seamos parte de esta privilegiada familia no nos libra de estos tipos de hombres. ¡No vienen en rifa, Ashley; tú lo elegiste! ―Puedes empezar tía ―le digo a Andrea y ella me observa por un minuto hasta que finalmente asiente. Ninguna de las mujeres dice nada, todas ocupan sitio en mi habitación mientras Andrea trabaja en mi aspecto. No estábamos como siempre y era porque yo no estaba segura de lo que pasaría luego y ellas entendían que no estaba bien. Una palmada en mi hombro me hace aterrizar del viaje a Babilonia. No me había dado cuenta del proceso de maquillaje y peinado. Andrea había terminado rápido o yo estuve por largo tiempo perdida en mis pensamientos. Paso a colocarme la lencería blanca de encaje, comprada especialmente para la luna de miel. Aplico crema en mi piel y me coloco el vestido. Allison y Kim me ayudan con el cierre mientras que mis tías Keira y Eileen se ocupan de acomodarlo abajo. Mamá me coloca el velo y Andrea termina pidiendo mi pierna para la cinta. Al terminar es ella quién acomoda el vestido en la parte inferior. Estaba lista, pero yo no quería mirarme al espejo. No quería verme, como muchas veces imaginé, cargada de dudas e infelicidad. ―Vamos ―pido y salimos todas de mi habitación. Mi padre, mis tíos y mi primo esperaban abajo, con los más pequeños de la familia. Ellas bajan las escaleras y ellos miran a sus mujeres con un jodido amor que quema hasta el puto hielo. Otra vez el dolor se instala en mi cuerpo de no tener eso.
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