Lagunas de un cañaduzal, con un eclipse de ramé...
El comicio contiguo y deletéreo del sol... O enaguas de una coraza recíproca...
Acariciando, la luna... En su efímera wezoja.
¿Saben porqué? Porque... La mangata, la centinela de babel, es amante de los destellos incadescentes, del sol ñuco...
¿Sus celestinos? Los diáfanos esplendores de las centellas.
Y la bruma umbríosa cósmica, tiene una inmarcesible celopatía, por aquellas perifidias alevosas de sus los cúmulos y de ambedos iridiscentes.
Y que su nucpial... La tametzona, esté acariciando, indeleblemente, al sol. Por eso, es equidistante en ese escaño, en ese escabel, para bramarle a las astas siderales de esta etnia del Homo Sapiens, que el concubino, también, puede entregarse candidamente a su yumbrel y azotar hebrillas...
Donde quieren que la epístola crisálida, no tengan aquiescencia, sobre los albores de los ósculos, sus gigiles, en los canaletes incognoscibles, sus roces cárdenos.
La canoa ranchá, está bogeando, en el alumco... No hay polainas, en el aporque portentoso, porque, la camellada, es para la vendetta boreal o austral.
¿Y el regocijo superfluo o descache melifluo? Cuando, este dueto de serendipias inmensurables, esté en sus hebras, en un perdenal cruento, y a la vez, en una cayena exangüe... Como la época pómbera del antaño inefable de un susurro sempiterno y longevo, tan ambiguo.
Autor/autora: El gorrión soñador, la mangata de Santiago de Cali.