Había pasado la mayor parte de mi vida cumpliendo cada regla y norma en mi casa, escuela y cualquier lugar que fuera.
Me gustaba la tranquilidad, la paz, no era de meterme en problemas, menos causarlos, pero si debía defenderme, ten la certeza que lo haría.
Y ella era todo lo contrario, era aventurera, le gustaba replicar por todo, meterse en problemas, los lugares bulliciosos, la fiesta.
Éramos el yin y el yang, éramos cómplices, y como su hermana mayor, era su protectora.
Y entonces pasó, sin saber cómo; en medio de nuestra pequeña paz, el desastre ocurrió.
Recordaba aquellas leyendas que mi abuela me contaba, de aquellos dioses que se encargaban de protegernos, de cuidar a nuestra familia y a todo aquel que viviera en Stainthorpe. Pero eran mentiras, los dioses no nos cuidaban, los dioses no podían hacer nada, los dioses no evitaron la muerte de mis padres, no evitaron que la abuela se quedara ciega en aquel accidente, así como el tornado que casi destruye a Stainthorpe.
Más allá de que no creyéramos, la abuela si lo hacía, y no podía romperle las ilusiones, no podía quitarle aquello que era parte de ella; así que fingíamos creer, y cuando ella habló de un matrimonio con el Dios del dolor y la desesperación, ambas creímos que sería una pequeña ceremonia representativa, y cada quien con su vida.
Sólo que no contaba con que ella no sería la novia, y mucho menos, que él, reclamara lo que era suyo, lo quisiéramos o no.