Siempre supe que las cosas serían difíciles, el inicio dijo como sería el resto de mi vida. Todo salía mal desde el día de mi nacimiento. Mi madre tuvo un sueño cumplido y a la vez perdió la oportunidad de vivirlo. Fui una niña pensada, buscada, añorada por mis padres, pero no contaban con todos los retos que venía el embarazo.
-Se que es sólo una niña, pero tendrá que trabajar- decía mi padre.
-No, por favor no, debe haber otro modo- decía mi madre.
-Rosa, no puedo hacer más y ya nadie te dará trabajo con una hija a la cual atender- decía mi padre, una y otra vez.
Cuando mamá supo que era una niña, según cuenta mi padre, Frank, ella lloraba de la alegría, pues hacían años que buscaban tener hijos. Todo era color de rosas porque mi padre tenía negocios, pero en el quinto mes de embarazo de mi madre comenzaron los problemas. Mamá ya no podía salir de casa, mis intentos por nacer antes de tiempo le impidieron trabajar, atender bien a mi padre y se podría decir que arruinarle la vida, pues pasarse el día completo en una cama no parece ser algo placentero.
-Tendré que vender todo lo que tenemos, a penas nos quedará la casa- fueron las palabras de mi padre cuando la cuenta de gastos médicos llegó a sus manos.
-Estoy muy preocupada, no me sumes más problemas- le decía mi madre.
-Lo siento, pero es la realidad que estamos viviendo- contestó mi padre.
Desde ese momento mi padre comenzaba a ponerme en deuda con él por los gastos médicos de mi nacimiento. Él es una buena persona, pero su crianza y la forma en la que ve la vida es diferente. No se mucho de la vida de mis padres, pero sé que evitan hablar del tema a toda costa. Parece que ocultan algo y ese secreto me intriga cada vez más.
De todo eso me di cuenta a muy temprana edad, pues, aunque mis padres son buenas personas, no podían pasar la página y tampoco podían dejar de recordarme lo difícil que fue para ellos salir adelante conmigo desde mi concepción.
A lo largo de mi niñez las cosas no fueron diferentes, mamá cuidaba la casa y papá trabajaba todo el tiempo. Como sus negocios cayeron por los altos gastos médicos y la falta de atención por estar en un hospital durante meses, mi padre hacía lo que podía, conducir vehículos, trabajar construcción, mensajero o chofer, el trabajo no importaba si podía darnos de comer ese día. Aun escucho esa voz de mi mamá en mi cabeza diciendo:
-Tu padre y yo nos sacrificamos demasiado para que recibas una buena educación-
-La escuela pública del pueblo, comida cada día y ropa para vestir- yo respondía con sarcasmo y algo de enojo, pues a diario era la misma conversación.
Ya pueden saber lo que significa para un niño recibir tal presión, sin haber pedido venir al mundo aquellas charlas me desmotivaban siempre, pero ahí estaba mi mejor amigo de la escuela, Jonathan, quien siempre conseguía que me desconectara de mi realidad y problemas familiares.
-No tengo como pagarte que m ayudes tanto- yo le expresaba con cierta vergüenza.
-No es nada, eres demasiado especial, desearía poder darte más- decía Jonathan cuando en recreo me compraba algo para merendar.
Siempre estamos juntos, nadie ha podido separarnos y basta con decir que hablamos con la mirada. Él sabe todo con sólo verme.
Nuestra linda amistad molesta mucho a mi papá, el cree que Jonathan y yo tenemos una conexión distinta a una amistad y no quiere que yo tenga algún roce con el amor. Después de todo el amor le ha tratado de forma extraña.
Pero Jonathan y yo sabemos que nuestra amistad es más fuerte que los intereses de mi padre, además, mi madre nos apoya y sabe cuáles son nuestras intenciones.
Creo que amo a Jonathan, pero no me malinterpreten, mi amor por él es muy puro, es una amistad demasiado preciada para mí. Él es mi refugio y si no fuera por él, tal vez no viviría en este pueblo.
- ¿Será que tengo miedo a amarle? Me preguntaba en mis adentros.
En realidad, tampoco es que él me ha dicho que me ama, pero sus acciones me hacen pensar eso.
Creo que debería conversar con él y decirle lo que pienso. Me pregunto si eso nos traerá problemas y me gana el miedo.
Las cosas en casa están cada vez peor. Papá ya no consigue trabajos como antes y siempre me lo recuerda, por lo que además de no poder vivir mi niñez, tampoco puedo tener una adolescencia normal.
Las chicas de mi edad están leyendo algún libro, saliendo con algún chico popular, viendo series, yendo al cine, de compras en las tiendas y yo estoy escuchando las mismas charlas de siempre.
El recordatorio de nuestra situación económica no me dejaba hacer las cosas normales que cualquier chica haría. No he tenido tiempo de ir a un salón de belleza, de tener un grupo de chicas para ir a pijamadas y mucho menos un concierto.
Mi vida se ha vuelto una rutina triste y ahora no puedo más conmigo misma. En vez de estar perdidamente enamorada de una estrella pop, estoy entre si amo o no a mi mejor amigo. Desearía que las cosas fueran diferentes. No hay un minuto del día que no desee estar con mi madre porque ella, aunque apoyaba a mi papá, trataba de ayudarme. Lo más cercano a una amiga es mi mamá.
Hablo de mamá como si estuviera aquí, eso es porque no reconozco su ausencia. La verdad es que me duele mucho saber que no está para abrazarme y que a penas ayer éramos las mejores amigas.
Ojalá pudiera devolver el tiempo y estar con ella. Haría las cosas muy diferentes, quizás le regalaría más abrazos y el tiempo que merecía. Debo ser fuerte, aún tengo a mi padre, quien a penas come.