Mi nombre es Elissa Betancourt, y mi vida se detuvo cronológicamente a los siete años. El resto del tiempo no ha sido más que una prolongación de sombras, un conteo regresivo hacia el momento en que pudiera tener frente a mí al hombre que destruyó mi mundo. Vivo con mi tía Roxana desde aquel día maldito en que León Foster decidió que la vida de mis padres no valía más que el plomo de sus balas.
Todavía puedo cerrar los ojos y sentir el frío del suelo de madera contra mi mejilla. Recuerdo el polvo bajo la cama de mi habitación, el lugar donde mis padres me ocultaron como si fuera su tesoro más preciado antes de enfrentar al monstruo. El silencio que me pidieron guardar se convirtió en un nudo eterno en mi garganta, una promesa muda que sellé con lágrimas que no me permití derramar.
—Si algo nos pasa, prométeme que vengarás nuestra muerte —había susurrado mi madre. Sus dedos temblaban, pero su voz tenía la firmeza del acero.
Esa frase no es un recuerdo; es un tatuaje en mi conciencia. Desde mi escondite, a través de la rendija que dejaba la colcha, vi el brillo del metal. Vi a ese bastardo disparar sin rastro de remordimiento. Recuerdo perfectamente el odio en su mirada, pero lo que más me atormenta trece años después es el orgullo con el que contempló sus cuerpos. Se marchó como quien termina una jornada de trabajo exitosa, dejando atrás a una niña cuya única herencia sería el rencor.
Hoy, ese odio está más vivo que nunca. Es el motor que me levanta cada mañana y el fuego que me calienta en las noches de soledad.
—Elissa, mi amor, ¿ya estás lista? —El grito de mi tía Roxana desde la cocina rompe mi trance.
—¡Ya voy! —respondo, forzando una vitalidad que no siento.
Frente al espejo, termino de transformarme. Me he enfundado en un vestido n***o, una prenda que camina por la delgada línea entre la elegancia profesional y la seducción letal. Se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando mis curvas y la firmeza de mis atributos, resultado de años de disciplina en el gimnasio. No es vanidad; es estrategia. Sé que mi cuerpo es una herramienta, quizás el arma más eficaz para infiltrarme en el imperio Foster. El escote es sugerente pero contenido, y el largo cae justo por encima de las rodillas, lo suficiente para que cada paso sea una declaración de intenciones sobre mis tacones altos.
Me maquillo con sutileza. No necesito máscaras pesadas; mi rostro es mi mejor carta de presentación y sé, por las miradas que recibo a diario, que poseo una belleza que desarma. Al salir de la habitación, el aroma de las arepas recién hechas inunda el pasillo. Es un olor a hogar que choca violentamente con los pensamientos de muerte que habitan en mi cabeza.
En la cocina, Roxana sirve el desayuno con la diligencia de quien intenta mantener la normalidad en una casa construida sobre ruinas. Joel, su esposo, ya está sentado a la mesa, oculto tras el periódico y su café. Su historia es curiosa: Roxana tenía solo dieciocho años cuando se hizo cargo de mí tras la tragedia. Años después, trabajando como secretaria para Joel, el amor surgió entre ellos. A veces los envidio; me pregunto qué se siente amar a alguien sin que el fantasma de un asesinato se interponga en medio de un beso.
—Buenos días a todos —digo, ocupando mi lugar.
—¿Estás lista? —pregunta mi tía, con los ojos cargados de una ansiedad que intenta ocultar—. Recuerda que hoy comienza todo.
—Más que lista, tía. He esperado trece años por este lunes.
—Joel te llevará —añade ella, apretando mi mano—. Él ha logrado abrir la grieta en el muro de Foster. Consiguió que León aceptara entrevistarte para el puesto de asistente personal. Solo tienes que cruzar la puerta.
—Tengo todo bajo control —le aseguro, aunque mi corazón martillea contra mis costillas.
Joel interviene por primera vez. Él es uno de los inversionistas que mueven los hilos financieros de León. Gracias a su posición, fue sencillo sugerir mi nombre. Sin embargo, Joel siempre ha sido un hombre de pocas palabras y una moralidad que parece incomodarle en este plan.
Desayunamos en un silencio tenso. Tras un último retoque en el espejo y el ritual de la higiene, salimos hacia el garaje. Joel se despide de Roxana con un beso cargado de una ternura que me resulta ajena. "Suerte", susurra mi tía al oído, recordándome por quiénes hacemos esto.
El trayecto en la camioneta es pesado. Las calles de la ciudad pasan como ráfagas borrosas. Joel mantiene la vista en el camino, pero sé que quiere hablar. Finalmente, rompe el silencio.
—Elissa, sé que no soy tu padre, pero me importa tu bienestar. El odio es un inquilino muy caro, devora al que lo hospeda. No ganarás nada con esto. Cuando acabes con él, el vacío seguirá ahí, solo que ya no tendrás un propósito para llenarlo.
—Lo dices porque a ti no te arrebataron tu mundo mientras estabas debajo de una cama —le respondo, con una frialdad que me sorprende a mí misma.
Él suspira, dándose por vencido, y yo le regalo una sonrisa forzada para suavizar el golpe.
Cuando llegamos frente al edificio de "Foster Association", la magnitud de la estructura me golpea. Es un coloso de cristal y acero que se eleva hacia el cielo, un monumento a la corrupción y al lavado de dinero. Todos saben que las constructoras de León son solo la fachada de negocios mucho más oscuros, pero él es un maestro en el arte de la limpieza financiera.
Entro al vestíbulo con la barbilla en alto. Mis tacones resuenan sobre el mármol pulido con un ritmo marcial. Camino contoneando las caderas, sintiendo los ojos del personal de seguridad y de los empleados siguiéndome. Soy un caballo de Troya de seda y perfume.
—Buenos días. Tengo una cita con el CEO para la entrevista de asistente personal —le digo a la recepcionista, una mujer llamada Gabriela.
—El último piso, señorita. Tome el ascensor privado —responde ella, entregándome un gafete de visitante—. Y suerte... créeme que la necesitarás. Ese hombre es un demonio.
Sus palabras me dan un escalofrío de satisfacción. Si es un demonio, ha encontrado a su ángel exterminador.
El ascensor sube con una suavidad casi imperceptible. Cuando las puertas se abren en el ático, el aire parece más denso. Me tomo un segundo para respirar, para calmar el fuego que amenaza con estallar en mi pecho. Toco la puerta de madera noble.
—¡Adelante! —ruge una voz profunda desde el interior.
Entro. El despacho es inmenso, decorado con un lujo ofensivo. Y ahí está él. León Foster. Trece años han pasado, pero sus rasgos están grabados a fuego en mi memoria. Está más viejo, con algunas canas plateando sus sienes, pero la mirada de depredador sigue intacta.
Se pone de pie y me inspecciona sin ningún pudor. Su mirada es un recorrido táctil que baja por mi escote, se detiene en mi cintura y sube de nuevo hasta encontrarse con mis ojos. Es la mirada de un hombre que cree que todo lo que ve le pertenece.
—Buenos días. Soy Elissa Betancourt. Vengo por la entrevista.
—Mucho gusto, Elissa. Toma asiento, por favor.
Me acomodo en la silla frente a su escritorio, cruzando las piernas de manera que la falda suba solo lo necesario para capturar su atención. Él se recuesta en su silla de cuero, entrelazando los dedos.
—Joel me ha hablado maravillas de ti. Dice que eres como una hija para él. Por eso, y solo por eso, voy a saltarme el protocolo. No necesito entrevistarte; si Joel confía en ti, yo también. Empiezas mañana a primera hora.
Le sostengo la mirada, intentando que no vea el asco que me produce su cercanía. Mientras habla, siento algo extraño. Su pie, calzado en un zapato de piel italiana, comienza a acariciar mi pantorrilla bajo el escritorio. Es un movimiento audaz, asqueroso, una prueba de poder. Reacciono con rapidez, apartando la pierna con una elegancia que disfraza mi repugnancia.
Él no se inmuta; al contrario, me dedica una sonrisa de suficiencia.
—Te espero mañana, Elissa. Gabriela te dará los detalles de contacto de Jessica, mi otra secretaria, que hoy está fuera.
Me pongo de pie, sintiendo que la habitación se queda pequeña. Necesito aire, pero no puedo irme sin dejar mi marca.
—Un gusto conocerlo, señor Foster. Nos vemos mañana —le digo, extendiendo mi mano.
Él la toma y, por un segundo, el contacto de su piel contra la mía me hace querer gritar. Su mano está tibia, demasiado humana para el monstruo que es.
—El gusto es mío, pequeña —responde con un tono de voz que pretende ser paternal pero gotea lascivia.
Me doy la vuelta y camino hacia la salida. Sé que me está mirando. Me aseguro de que el movimiento de mis caderas sea rítmico, hipnótico. Antes de cerrar la puerta, giro la cabeza sutilmente y, efectivamente, lo cazo observando mi trasero con la voracidad de un lobo.
He estudiado a León Foster. Sé que es un coleccionista de mujeres, un hombre que cree que su dinero puede comprar cualquier voluntad y cualquier cuerpo. Él piensa que mañana entrará a su oficina una nueva conquista, una distracción para sus noches de ocio. No sabe que lo que ha dejado entrar es su propia perdición. Su arrogancia será la soga con la que lo voy a colgar.