CAPITULO 2. PRIMER DIA DE TRABAJO

1818 Words
Al salir de la oficina de León Foster, el aire acondicionado del pasillo me golpeó como una bofetada de realidad, pero no fue suficiente para enfriar la extraña agitación que bullía en mi interior. Mis tacones marcaban un compás apresurado contra el granito, un eco que parecía gritar el nombre del asesino de mis padres. Bajé en el ascensor sintiendo el peso de la mirada de León aún grabado en mi piel; era una sensación sucia, pero, para mi horror, también electrizante. En la recepción, el bullicio del primer piso me recibió con su caos habitual de mensajeros y ejecutivos con prisa. Gabriela estaba allí, tras el imponente mostrador de mármol, revisando una montaña de correspondencia. Al verme aparecer, sus ojos se iluminaron con una mezcla de curiosidad y camaradería. —Hola, soy yo de nuevo —le dije, apoyando las manos en el mostrador para ocultar que me temblaban ligeramente. —Dime, ¿en qué puedo ayudarte ahora? —preguntó, bajando el tono como si compartiéramos un secreto de estado. —El señor Foster me ha pedido que recoja los datos de Jessica, su secretaria. Al parecer, ella tiene la llave de su reino. Gabriela enarcó una ceja, sorprendida. —¿Te quedaste con el puesto? —Asentí con una sonrisa que intentaba proyectar una seguridad que apenas estaba construyendo—. ¡Qué bien! —exclamó, aunque su expresión se tornó seria de inmediato—. Pero escucha, si me dejas darte un consejo: evita tener problemas con Jessica. Es la amante en curso del señor Foster, o al menos eso es lo que todos rumorean, y se cree la dueña de la mitad de las acciones. Es territorial y no le gustan las caras nuevas, menos si son tan bonitas como la tuya. —Yo solo vengo a trabajar, Gabriela —respondí, endureciendo la mirada—. Espero que esa mujer no intente pasarse de lista conmigo, porque no soy de las que se quedan de brazos cruzados. Ambas compartimos una sonrisa cómplice. Ella garabateó el número en un post-it y me lo entregó con un guiño de "buena suerte". Me despedí y, mientras cruzaba la puerta giratoria hacia el sol de la tarde, saqué mi móvil. El corazón me latía con fuerza. Marqué el número y esperé. Al tercer tono, una voz aguda y cargada de una impaciencia pretenciosa respondió. —¿Dígame? —Hola, soy Elissa Betancourt, la nueva asistente personal del señor Foster. Me indicó que me pusiera en contacto con usted para recibir la agenda y los protocolos de la oficina. Hubo un silencio gélido al otro lado de la línea. Pude imaginar a Jessica frunciendo el ceño, evaluando la amenaza. —Vaya, así que finalmente consiguió a alguien —soltó con desdén—. Más tarde te enviaré todo a tu correo electrónico. Envíame tu dirección por mensaje ahora mismo. Tengo mucho que hacer y no puedo perder el tiempo al teléfono. Y colgó. Sin un adiós, sin una bienvenida. Cerré el puño sobre el teléfono. Esa mujer sería un obstáculo, pero también una fuente de información. Tomé un taxi para regresar a casa. Durante el trayecto, pegué la frente al cristal, observando la ciudad pasar. Mi mente era un torbellino. Pensaba en León, en el brillo de su reloj de lujo y en la frialdad de su oficina. Pero, sobre todo, pensaba en esa caricia furtiva en mi pierna bajo el escritorio. Un calor inexplicable, una mezcla de asco y adrenalina, recorrió mi columna. Odiaba ese sentimiento, pero sabía que debía usarlo. Si quería destruirlo, tenía que ser capaz de soportar su tacto sin vomitar, incluso de desearlo si eso servía a mi propósito. Al llegar a casa, encontré a mi tía Roxana en su lugar habitual del sofá. La luz del móvil iluminaba su rostro cansado mientras navegaba por las r************* . Se sobresaltó al verme entrar. —Dime, cariño, ¿cómo te fue? —preguntó con la voz cargada de esperanza y temor. —Fue todo un éxito, tía. Mañana empiezo —declaré, dejando las llaves sobre la mesa—. Pero necesito ir al centro comercial. Si voy a entrar en la boca del lobo, tengo que lucir como la presa que él quiere cazar. Necesito ropa que grite éxito y seducción. Roxana dejó el móvil a un lado y suspiró profundamente. —Mi niña... ¿estás completamente segura de esto? —Su mirada era una súplica—. Sé que me odias cuando te lo pregunto, pero me aterra que te pierdas a ti misma en este camino de venganza. Me acerqué y me arrodillé frente a ella. Roxana me había dado todo cuando Foster nos dejó en la calle. Recordé los días de hambre, el frío en aquel apartamento diminuto después de que congelaran las cuentas de mis padres y nos arrebataran las propiedades con tecnicismos legales. Foster no solo los mató; intentó borrarnos de la existencia. —Lo hago por ellos, tía. Y por ti. No descansaré hasta que ese malnacido me lo pague con creces. A pesar de sus dudas, ella asintió, derrotada por mi determinación. Salí de casa rumbo al centro comercial, sintiendo que cada paso era un avance en un tablero de ajedrez donde yo estaba dispuesta a sacrificar mis piezas más valiosas. Entrar en la tienda de lencería fue un acto de guerra. Mis dedos recorrieron las sedas y los encajes finos. Escogí conjuntos en rojo pasión y n***o medianoche, piezas que cualquier hombre consideraría una invitación al pecado. Recordé a Ryan, mi exnovio. Él siempre decía que el encaje era el lenguaje de la rendición. Ryan... el primer hombre al que le entregué todo, solo para descubrirlo engañándome de la forma más cínica posible. Aquella traición me dolió, pero también me endureció. Me enseñó que los hombres son esclavos de sus impulsos, y León Foster no sería la excepción. Compré faldas de tubo que marcaban mis caderas, blusas de seda con botones que se desprendían con facilidad y tacones que me hacían sentir un palmo más cerca del cielo. Quería estar a la altura del imperio que iba a derribar. Regresé a casa con los pies doliéndome y el alma exhausta. Eran las siete de la tarde. Subí a mi cuarto, dejé las bolsas y me calcé las pantuflas, sintiendo el alivio del hogar. Unos suaves golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. —Adelante —dije. Roxana asomó la cabeza. —¿Qué compraste, mi niña? —Armas de seda, tía —respondí con una risa amarga, mostrándole las faldas—. Mañana seré la asistente perfecta. Roxana se acercó y me abrazó con fuerza. Sentí una lágrima cálida rodar por su mejilla y caer sobre mi hombro. —Sabes que cuentas conmigo para lo que sea, aunque mi corazón se rompa un poco cada vez que mencionas ese nombre. —Te amo, tía. Eres mi verdadera madre —le susurré. Esa noche cenamos pizza en el suelo de la sala, viendo una serie antigua, intentando recuperar los fragmentos de la felicidad que teníamos antes de que el mundo se volviera oscuro. Joel estaba en Italia por negocios, así que el espacio se sentía puramente nuestro. Recordamos aquellos tiempos difíciles cuando no teníamos nada, solo la una a la otra, mientras Foster se regodeaba en la fortuna que le robó a mi familia. A las diez de la noche, el correo de Jessica llegó. Era una lista interminable de exigencias: el café de León a las 6:50 AM, la agenda organizada por colores, las llamadas filtradas. Si quería estar lista y lucir despampanante, tendría que despertarme a las 4:30 AM. El sueño me venció en cuanto toqué la almohada, pero mis pesadillas estaban llenas de disparos y el olor a pólvora de hace trece años. El despertador sonó como una alarma de incendio en mi mente. Me levanté de un salto, la adrenalina reemplazando al sueño. Elegí mi armadura para el primer día: una falda negra tubular con una abertura trasera estratégicamente alta y una camisa blanca de botones, bajo la cual escondí el conjunto de encaje rojo. Era mi secreto, mi fuente de poder. Me recogí el cabello en una coleta alta, tirante, que acentuaba mis pómulos y me daba un aire de autoridad fría. Mi cabello era igual al de mi madre, largo y sedoso, un recordatorio constante de por qué estaba allí. Me maquillé con precisión quirúrgica, me puse mi perfume más caro y salí. Eran las seis de la mañana. Tomé el auto de mi tía y conduje por las calles semivacías. Paré en una cafetería cercana al edificio Foster. —Un americano sin azúcar y un expresso doble —pedí. —¿Orden para Elissa? —gritó un joven barista. Le dediqué una sonrisa distraída y tomé los vasos. Llegué a la oficina antes que nadie. Gabriela me saludó con un asentimiento cómplice desde su puesto. Subí al último piso; el silencio del ático era sepulcral. Jessica aún no llegaba, así que preparé el despacho según sus instrucciones. Dejé el café en el escritorio de León y me preparé. Desabroché el primer botón de mi blusa, lo justo para sugerir, pero no para mostrar. Acomodé mi falda y me senté a esperarlo. Cuando la puerta se abrió, León Foster entró con su aire de dueño del mundo. Sus ojos viajaron por mi cuerpo como si estuviera tasando una propiedad. —Buenos días —le dije, levantándome con elegancia y extendiéndole su taza. —Buen día, señorita Elissa —su voz era un ronroneo bajo. Observé cómo sus ojos bajaban inevitablemente hacia el botón desabrochado. Vi el brillo en su mirada. Bingo. Fingí una confusión repentina, llevándome la mano al cuello y abrochando el botón con dedos que fingían temblar. Él sonrió, una mueca de depredador que cree que ha asustado a su presa. —Señorita Elissa, vaya a Recursos Humanos para formalizar su entrada. Allí le dirán cuánto vale su tiempo para esta empresa —me ordenó, sin dejar de mirarme. —Por supuesto, señor —asentí. Al darme la vuelta, "accidentalmente" dejé caer el lápiz digital de la tablet. Me agaché despacio, muy despacio, permitiendo que la abertura de mi falda hiciera su trabajo y le ofreciera una vista privilegiada de mis piernas y el contorno de mi trasero. Pude sentir su respiración contenida detrás de mí. Me levanté con una lentitud calculada, girándome para encontrarlo con los ojos fijos en mí, dilatados por un deseo que ya no podía ocultar. —Lo siento... qué torpe soy —murmuré con una sonrisa tímida. —No se preocupe —respondió él, con la voz un tanto más ronca—. Tómese su tiempo. Salí de la oficina sabiendo que el anzuelo estaba puesto. León Foster creía que estaba jugando conmigo, pero no sabía que yo ya había planeado su jaque mate antes de que él siquiera moviera su primera pieza.
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