CAPITULO 3 PUEDES SER MI POSTRE

1620 Words
Capítulo 3: Entre Lobos y Máscaras Caminar por los pasillos de Foster Association era como atravesar un campo minado cubierto de alfombras caras. Cada mirada de los empleados se sentía como un juicio silencioso. Al llegar a la oficina de Recursos Humanos, respiré hondo y toqué la puerta. Al entrar, el ambiente se volvió denso. Dos mujeres, sentadas tras escritorios idénticos, interrumpieron su charla para clavarme la vista. Me escanearon de pies a cabeza, desde mis tacones hasta el último detalle de mi peinado, con un desprecio tan evidente que casi se podía tocar. Comenzaron a murmurar entre ellas, cubriéndose la boca con manos adornadas por manicuras perfectas. —Señoritas, no se les paga por incomodar a las nuevas empleadas con miradas de sospecha, ¿o sí? —La voz, profunda y masculina, cortó el murmullo como un cuchillo. De un despacho interior salió un hombre. No tendría más de treinta y ocho años. Era, objetivamente, un espécimen impresionante: ojos color aceituna que parecían leerte el pensamiento, una barba recortada con precisión milimétrica y un cuerpo que el traje de corte italiano no lograba ocultar. Emitía un aura de confianza que, a diferencia de la de León, no resultaba inmediatamente amenazante. —Me imagino que León te mandó conmigo —dijo, apoyándose en el marco de la puerta. —¿Es usted el encargado de Recursos Humanos? —pregunté, tratando de recuperar mi compostura profesional. —Así es. Mucho gusto, me llamo Omar —me dedicó una sonrisa ladeada y extendió su mano. —Un gusto, Omar. Soy Elissa Betancourt —respondí mientras estrechaba su mano. Su agarre era firme y cálido. —Vaya... ¿Cómo le hace León para atraer siempre a las asistentes más hermosas del país? —soltó un suspiro dramático—. Lo que daría yo por que fueras mi asistente y no la de él. Solté una risa tímida, fingiendo modestia. En este edificio, el halago era la moneda de cambio, y yo necesitaba recolectar tantos aliados como pudiera. —Gracias por el cumplido. El señor Foster me ha mandado para formalizar mi ingreso y entregar mis datos. —Ven, toma asiento —me invitó, indicándome una silla de cuero frente a su portátil—. No dejes que las hienas de afuera te intimiden; solo están celosas de la competencia. Se sentó y comenzó a teclear con agilidad. Le extendí la carpeta con mis documentos personales. Al hacerlo, nuestras manos se rozaron por un segundo más de lo necesario. Fue un contacto eléctrico que me hizo tensar los hombros. Omar levantó la vista y me guiñó un ojo con una confianza descarada. Tendría que haber sido ciega para no notar que estaba coqueteando conmigo abiertamente. Rápidamente, retiré las manos y me puse de pie, sintiendo que el aire de la habitación se volvía demasiado escaso. —Tengo que regresar arriba, el señor Foster me espera —dije, tratando de sonar apresurada. —Espera, Elissa —él también se levantó—. Me gustaría invitarte a comer hoy. Conozco un lugar cerca de aquí que te encantaría. —La verdad, no creo que sea correcto —respondí, midiendo mis palabras—. Usted es el director de este departamento y apenas es mi primer día. No quiero que la gente empiece a hablar antes de que aprenda dónde está la cafetera. —Entiendo perfectamente. La ética ante todo, ¿verdad? —Sonrió, pero volvió a tomar mi mano, esta vez acariciando mi piel con el pulgar de una manera que pretendía ser reconfortante pero que resultó posesiva—. Eres muy hermosa, Elissa. Pero déjame darte un consejo de amigo: ten cuidado con Foster. Él está acostumbrado a tratar a las mujeres de esta empresa como si fueran parte del inventario de la oficina. No dejes que te convierta en un objeto más. —Gracias por el consejo, Omar. Lo tendré muy en cuenta —le aseguré, zafándome de su agarre con sutileza. Salí de allí con el corazón acelerado. Omar era guapo y encantador, pero yo no podía permitirme distracciones. Mi objetivo era un monstruo, y no podía perder el tiempo con un "buen tipo" que probablemente solo quería lo mismo que León, pero con mejores modales. Al regresar al último piso, el silencio del pasillo de presidencia fue interrumpido por algo que me heló la sangre. Estaba a punto de tocar la puerta de la oficina de León cuando un gemido agudo y desgarrador rompió el aire. Me quedé congelada con la mano suspendida. —¡Sigue así, mi amor! ¡Más fuerte! —gritaba una mujer entre jadeos frenéticos. —¡Ahhh! ¡Qué rico, papi! No pares... Cerré los ojos, sintiendo una oleada de asco revolviéndome el estómago. Era Jessica. La "junta" que León estaba teniendo era una exhibición de poder y lujuria básica sobre el mismo escritorio donde minutos antes me había ofrecido trabajo. Decidí que no entraría; no por pudor, sino por estrategia. Me quedé fuera, apoyada en la pared opuesta, cronometrando la humillación. Pasaron quince minutos largos. Quince minutos en los que me pregunté si mis padres estarían viendo este espectáculo degradante desde algún lugar. Finalmente, la puerta se abrió. Jessica salió primero. Tenía el cabello ligeramente revuelto y el lápiz labial corrido, pero caminaba con la barbilla en alto, acomodándose la falda con una sonrisa victoriosa dirigida directamente hacia mí. Me miró como si hubiera ganado una batalla épica, como si su posición en la cama de León fuera un título nobiliario. Pobre tonta. No sabía que estaba celebrando su estancia en un barco que yo misma me iba a encargar de hundir. —El señor Foster te espera en su oficina. Entra de una vez —me dijo, sentándose en su puesto con una suficiencia insufrible. Entré. El aire olía a una mezcla de perfume de mujer barato y el aroma metálico del poder. León estaba sentado tras su escritorio, impecable, como si nada hubiera pasado. Se veía relajado, con esa paz post-coital que solo tienen los hombres que creen que el mundo es su patio de juegos. —¿Me necesitaba, señor? —pregunté, manteniendo mi voz plana y profesional. —Sí. ¿Dónde estaba, señorita? Se tomó su tiempo en Recursos Humanos. —Estaba con Omar, señor. Y cuando regresé, me percaté de que usted estaba ocupado en una... reunión privada con Jessica. Decidí esperar afuera para no interrumpir asuntos tan urgentes —dije, cargando la palabra "urgentes" con un sarcasmo que él pareció disfrutar. León soltó una carcajada y se recostó en su silla, observándome con ojos depredadores. —¿Y por qué no te nos uniste, Elissa? —preguntó, soltando la bomba con una naturalidad aterradora—. Había espacio para una más. Sentí que el calor me subía a las mejillas, pero no por vergüenza, sino por la furia contenida. —¿Disculpe? Creo que me ha confundido con otra persona, señor Foster. —No, no me equivoco. Pudiste haber gozado con nosotros un buen rato. ¿O es que acaso eres virgen? ¿Es eso lo que te hace ser tan rígida? —Mi vida s****l no es un tema de discusión en este contrato de trabajo, ni es de su incumbencia —respondí con una frialdad que pareció divertirlo aún más. —No por ahora —dijo, levantándose y caminando lentamente hacia mí—. Digamos que Jessica es mi plato principal, pero tú... tú tienes todo el aire de ser un postre exquisito. Y yo siempre dejo espacio para el postre. —Solo déjeme aclararle algo, señor Foster —dije, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Yo valgo mucho más que un simple postre. No pierda su tiempo intentando ponerme una etiqueta. Me di la vuelta antes de que pudiera responder y me senté en mi pequeño escritorio auxiliar dentro de la oficina. Abrí la tablet y comencé a reorganizar su agenda. El silencio que siguió era tenso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Lo miraba de reojo; allí estaba él, revisando informes como si fuera un ciudadano ejemplar. Esa era su mayor arma: la máscara de normalidad. Nadie que lo viera ahora creería que era el mismo hombre que disparó a sangre fría contra dos personas indefensas hace trece años. —Señorita Elissa —su voz rompió el silencio—. Tengo hambre. Necesito que vaya por mi comida a mi restaurante favorito. Pídale el número del Chef personal a Jessica. Asentí y salí de la oficina, encontrándome de nuevo con la mirada de odio de Jessica. —Necesito el número del chef del señor —le pedí sin rodeos. Ella anotó un número en un papel con movimientos bruscos y me lo entregó sin decir palabra. Salí al pasillo y marqué. Una, dos, diez veces. Nada. El teléfono sonaba en el vacío. Frustrada, regresé al despacho. —Señor, el Chef no responde las llamadas. Si me da la dirección, puedo ir personalmente a recoger el pedido. León dejó su pluma sobre la mesa y me miró con una intensidad renovada. Una sonrisa oscura bailó en sus labios. —Olvídalo. Vamos. Te llevaré yo mismo. Es hora de que aprendas exactamente qué es lo que me gusta y cómo me gusta que me sirvan. Además, así nos conocemos mejor fuera de estas cuatro paredes. Se levantó, tomó su chaqueta y caminó hacia la puerta, indicándome con un gesto que lo siguiera. Mientras caminaba detrás de él, viendo su espalda ancha y poderosa, sentí que el juego acababa de subir de nivel. Estaba a punto de subirme a un coche con el asesino de mis padres, y esta vez, no habría ninguna cama bajo la cual esconderme. .
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