Ha pasado un mes desde que crucé el umbral de Foster Association. Un mes de habitar el mismo aire que el asesino de mis padres, de sonreírle a la muerte y de estudiar cada uno de sus movimientos. Si bien al principio pensé que León Foster sería una presa fácil, un hombre que caería ante la primera provocación, me equivoqué profundamente. León es un depredador alfa; él no cae, él elige cuándo descender. He sido sutil, manejando el arte del coqueteo con la precisión de un cirujano. Sé que se ha dado cuenta de cada uno de mis movimientos: el roce "accidental" de mis dedos al entregarle un informe, el aroma de mi perfume diseñado para embriagar sus sentidos, y esa forma en que arqueo la espalda cuando sé que me está observando.
He sentido su mirada grabada en mi nuca como un hierro ardiente. Lo he captado varias veces observándome fijamente, con una intensidad tal que parece olvidar cómo parpadear. Me analiza, me recorre, me devora con la vista mientras yo finjo estar absorta en la pantalla de la computadora. Por otro lado, me he vuelto adicta a la adrenalina de seducirlo. Cada mañana elijo mi armadura: lencería de encaje n***o o rojo carmesí, prendas tan delicadas que parecen una caricia, dejando que un borde estratégico se asome bajo la seda de mi camisa cuando me inclino sobre su escritorio. Es un juego peligroso, pero es el único que sé jugar para acercarme al corazón de su imperio y destruirlo.
Hoy es 18. Según los rumores de las oficinas de abajo, León nunca viene a trabajar los días 18 de cada mes; dicen que se reúne con su familia en un ritual privado. Así que llegué al trabajo con la guardia baja, pensando que tendría el santuario de la oficina para mí sola. Me senté en mi escritorio, decidida a adelantar la montaña de correos y archivos que el departamento de finanzas me exigía. Foster me había pedido los últimos diez reportes mensuales de cada departamento; una tarea titánica que requería toda mi concentración.
Estaba sumida en un mar de cifras y gráficos, con los auriculares puestos y la mente lejos, cuando una presencia rompió la burbuja de mi concentración. El aroma de su loción amaderada llegó antes que su voz, enviando un escalofrío por mi columna.
—Se ve tan sexy cuando está concentrada, señorita Elissa.
Me sobresalté, girando la silla con el corazón martilleando contra mis costillas. Allí estaba él, apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa arrogante que me hacía querer abofetearlo y besarlo al mismo tiempo.
—Pensé que no lo vería hoy, señor Foster. Ya empezaba a extrañarlo —mentí, regalándole una sonrisa cargada de una falsa dulzura.
—Señorita Elissa, debería dejar de intentar seducirme. Créame cuando le digo que solo está jugando con fuego —soltó él, dejando su maletín sobre el escritorio y acortando la distancia entre nosotros. Sus ojos, esos malditos ojos que esconden al monstruo tras una máscara de galán, me atravesaban—. Y el fuego suele dejar cicatrices permanentes.
Me levanté de mi asiento con una lentitud calculada. El aire en la oficina se volvió denso, casi sólido. Caminé hacia él, contoneando las caderas, sintiendo la fricción de la seda contra mi piel. Me senté en el borde de mi escritorio, justo frente a él, obligándolo a quedar entre mis piernas. León alzó una ceja, pero no retrocedió.
—Elissa, Elissa... Deja de jugar conmigo —susurró, inclinándose hasta que su aliento cálido golpeó mi mejilla, erizando cada vello de mi cuerpo—. No me ofrezcas lo que no estás dispuesta a entregar. Me tientas como si fueras un pecado que estoy ansioso por cometer.
—¿Y quién le dijo que no estoy dispuesta a quemarme, León? —le respondí en un susurro pecaminoso, acortando los últimos centímetros para atrapar sus labios con los míos.
El beso fue una explosión. No fue tierno ni lento; fue una colisión de deseos contenidos por semanas. Sus manos, grandes y firmes, se cerraron sobre mi cintura para atraparme contra su cuerpo, mientras mi lengua buscaba la suya en una danza de poder. Él quería el mando, pero yo hundí mis dedos en su cabello, forzando el contacto, demostrándole que en este juego de seducción yo no era la víctima. Bajé mis besos a su cuello, mordisqueando la piel justo sobre su pulso, escuchando los ruidos de garganta, esos gruñidos de pura excitación que escapaban de él.
—¿Estás segura de lo que estás provocando? —jadeó él, apartándome apenas lo suficiente para mirarme a los ojos con una lujuria descarnada.
—¿Y tú? ¿Estás seguro de que puedes manejarlo?
León soltó una risa ronca.
—He querido poseerte desde el primer maldito segundo en que te vi con aquel vestido n***o. No tienes idea de las veces que imaginé alzarte la falda, apartar tu ropa interior y hundirme en ti hasta que olvidaras tu propio nombre.
—Las ganas eran recíprocas —respondí, mis dedos ahora trabajando con urgencia en los botones de su camisa.
Lo ayudé a deshacerse de la prenda, revelando el torso firme que tanto había imaginado. Bajé la cremallera de su pantalón con manos expertas, metiendo mi palma para rodear su m*****o, que latía con fuerza bajo mi tacto. León soltó un jadeo profundo y, en respuesta, subió mi falda hasta la cintura. Sus dedos, calientes y exigentes, apartaron el encaje de mi panti para acariciar mi centro húmedo. El contacto me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que resonó en las paredes de cristal de la oficina.
—Estás tan empapada para mí, pequeña... —gruñó, introduciendo un dedo en mi interior mientras su pulgar encontraba mi clítoris con una precisión que me hizo perder el sentido de la realidad—. No sabes las ganas que tengo de estar dentro de ti.
—Sigue... por favor, no te detengas —le pedí, entregándome a la sensación.
—¿Tantas ganas tienes de esto? —me preguntó, burlón, mientras introducía un segundo dedo, expandiéndome, entrando y saliendo de mi coño con una cadencia rítmica y obscena que me llevaba directo al abismo.
—Más de las que imaginas —contesté, besándolo con una locura que ya no era del todo fingida.
Cada embestida de sus dedos me hacía llegar a un punto de no retorno. No mentiré: cuando comencé este plan de venganza, sabía que el sexo sería un arma, pero jamás imaginé que el placer sería tan real, tan abrumador. Era mi placer culposo. Me sentía traicionar a mis padres con cada gemido, pero mi cuerpo no entendía de deudas de sangre, solo de la fricción y el calor que León me proporcionaba. Él bajó su cabeza, atrapando uno de mis pechos a través de la tela de la blusa, succionando con fuerza hasta que el dolor y el placer se fundieron en uno solo.
León estaba desesperado, sus movimientos se volvieron más bruscos, más urgentes. Estaba a punto de hacerme suya allí mismo, sobre los informes anuales y la agenda de la semana.
—Déjame follarte ahora mismo, Elissa. No aguanto un segundo más —dijo, buscando su protección en el bolsillo del pantalón.
Pero entonces, la imagen de Jessica saliendo de esta misma oficina con el cabello revuelto cruzó mi mente como un rayo de hielo. La rabia regresó, dándome la fuerza para poner fin al encuentro.
—Me muero de ganas de que me hagas tuya, León —le susurré al oído, mientras detenía sus manos—, pero no será aquí. No voy a ser una más en la lista de mujeres que te follarás en esta oficina, sobre el mismo escritorio donde te complaces con Jessica. Yo no soy un trámite de oficina.
León se detuvo en seco, con los ojos inyectados en sangre y la respiración entrecortada. Su semblante cambió por completo; la lujuria dio paso a una curiosidad oscura.
—¿Estás celosa, Elissa? —me preguntó con una sonrisa de suficiencia.
—No te equivoques. Lo último que sentiría por ti son celos —mentí, zafándome de su agarre y bajándome la falda con un movimiento seco—. Es una cuestión de dignidad.
Él me observó mientras yo me recomponía, subiéndose la cremallera sin apartar la vista de mí.
—Pareciera que sí lo estás. Pero me gusta ese fuego. Te parece si te invito a cenar hoy... en un lugar donde no haya escritorios de por medio.
—Me parece perfecto —acepté, recuperando mi máscara de asistente profesional.
—Pasa por tu casa a las ocho. Y hazme un favor... —se acercó para darme un último beso, uno que sabía a promesa y a peligro—: procura no llevar tanta ropa puesta. Me estorba.
Se separó y caminó hacia su silla, sentándose como si no acabáramos de estar al borde de un estallido carnal.
—Tengo trabajo que terminar, señorita —dijo, volviendo su vista a los papeles.
—Yo también, señor —respondí, acomodándome la blusa y sentándome de nuevo frente al computador.
Mis dedos temblaban sobre el teclado, pero mi mente ya estaba planeando el siguiente movimiento. El 18 de febrero de 2026 sería la noche en que León Foster creería haber ganado la partida, sin saber que solo estaba cayendo más profundo en mi red.
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