Sin duda, mi plan está resultando tal y como lo tracé en mis noches de insomnio. León Foster, el hombre que se cree el dueño del destino de los demás, está empezando a comer de mi mano con una docilidad que me asquea y me fascina por igual. Es justo lo que necesito: que baje la guardia, que me deje entrar en el santuario de su intimidad para poder asestar el golpe final.
He llegado a casa exhausta, con los músculos en tensión y la mente al borde del colapso. No mentiré; trabajar para él es una tortura china. No es solo el cansancio físico de llevar su agenda o soportar sus exigencias; es el desgaste mental de mantener una máscara de adoración mientras lo tengo cerca. No tienen idea de las veces que he tenido que tragarme el odio, de las veces que he sentido el impulso visceral de gritarle en la cara que es un asesino, que el eco de sus disparos aún retumba en mis pesadillas y que mis padres están bajo tierra por su maldita ambición. Pero he sabido mantenerme al margen, fría como el mármol, recordando cada segundo la promesa que le hice a mi madre bajo aquella cama.
Subo directo a mi habitación, buscando refugio. Dejo mi bolso y el celular sobre la colcha y me planto frente al armario. Hoy no es una noche cualquiera; hoy es la fase dos. Escojo un vestido rojo escarlata, tan ceñido que parece pintado sobre mi piel, con una abertura vertiginosa en la pierna derecha que revela más de lo que oculta. El escote en "V" cae lo suficiente para que mis senos sean el centro de gravedad de su mirada. Pero el verdadero secreto es la lencería: un conjunto de encaje que es pura provocación.
Entro a la ducha y dejo que el agua casi hirviendo golpee mis hombros. Necesito que el calor disuelva los nervios que amenazan con traicionarme. Al salir, me preparo con la meticulosidad de quien se alista para la guerra. Me pongo la pequeña tanga de encaje, pero omito el sostén; en su lugar, coloco unos cubre pezones sutiles bajo la tela del vestido, dejando que la forma natural de mi pecho se adivine con cada respiración.
Me siento frente al tocador. Aliso mi cabello hasta que brilla como la seda y cae suelto sobre mis hombros. El maquillaje es intenso, resaltando mis ojos para que, cuando lo mire, no vea a la asistente, sino a la mujer que lo llevará a la perdición.
—¿Hija, ya estás lista? —La voz de mi tía Roxana me saca de mi trance. Entra a la habitación y me recorre con la mirada, asombrada—. Te ves... increíble, Elissa. Realmente hermosa.
—Es parte del plan, tía —respondo con una sonrisa gélida. Veo cómo su expresión se ensombrece de inmediato.
—¿Estás segura de querer esto para ti? ¿De entregarte así? —me pregunta con un nudo en la garganta.
—Más que segura. Quiero que pague por cada lágrima, por cada día de miseria.
Roxana suspira y me regala una media sonrisa llena de dolor.
—Si es tu decisión, te apoyo. Pero Elissa... por favor, guarda bien tu corazón. No me gustaría que terminaras enamorada de él y que el odio se convierta en algo que no sepas manejar.
—El día que yo sienta algo por ese monstruo, ese mismo día me quito la vida —sentencio. Mi tía niega con la cabeza, incapaz de lidiar con mi frialdad, y sale de la habitación dando un portazo que retumba en mis oídos.
Me siento en el sofá a esperar, intentando ignorar sus palabras. ¿Enamorarme? Imposible. Sin embargo, su advertencia deja un rastro de duda. Debo ser cuidadosa. Mi móvil vibra: “Estoy abajo”.
Bajo las escaleras con el corazón a mil. Me detengo frente al espejo del recibidor, me acomodo el vestido y salgo al aire fresco de la noche. León está allí, recargado en un Bugatti Chiron rojo escarlata que brilla bajo las farolas. Me sorprende ver que no trae a su chófer; hoy quiere ser él quien tenga el control total del volante. Me acerco y le doy un beso muy cerca de la comisura de sus labios, dejando que mi perfume lo invada.
—Buenas noches —le susurro al oído. Él me rodea la cintura con fuerza, pegándome a su cuerpo.
—Serán mejores de lo que imaginas —responde, y su aliento cálido en mi cuello me provoca un escalofrío que odio reconocer como placentero.
Como el caballero perfecto que finge ser, me abre la puerta y se inclina para ponerme el cinturón de seguridad. Sus dedos rozan deliberadamente el inicio de mi escote.
—Yo puedo sola —murmuro.
—Pero yo lo hago mejor —me desafía con una sonrisa antes de rodear el auto y arrancar.
El trayecto es corto, lleno de una charla trivial que sirve como una cortina de humo para la tensión s****l que satura el habitáculo. Pensé que iríamos a un restaurante de lujo, pero el coche se desvía hacia su exclusivo edificio. Entramos al estacionamiento privado y subimos por el ascensor hacia su penthouse.
—Tengo una sorpresa para ti —dice mientras las puertas se abren.
—Me sorprende, señor Foster. Pensé que cenaríamos fuera, pero veo que usted ha decidido que el postre sea el plato principal —le lanzo el dardo, y él ríe con ganas.
Al entrar, veo una mesa impecablemente servida para dos frente a los ventanales que muestran toda la ciudad.
—Cenaremos primero —me asegura.
Dejo mi bolso en el sofá, pero no camino hacia la mesa. Me giro y me acerco a él, eliminando cualquier espacio personal. Junto nuestros cuerpos y siento, a través de la fina tela de mi vestido y su pantalón, la evidencia de su deseo. Su m*****o está rígido, presionando contra mi vientre. Lo beso con una urgencia salvaje, pasando mis manos por su cuello, enredando mis dedos en su cabello mientras profundizo el beso.
Caminamos sin romper el contacto hasta el sofá. Me subo a horcajadas sobre él, sintiendo su calor abrasador entre mis piernas. León suelta un gruñido bajo y sus manos suben por mis muslos, arrugando la seda del vestido hasta encontrar la piel desnuda. Sus caricias son hambrientas, posesivas. Mis respiraciones se vuelven jadeos entrecortados mientras sus labios bajan a mi cuello, succionando la piel con una intensidad que me hace arquear la espalda.
Mientras me pierdo en este vaivén de lujuria, una parte de mi mente permanece gélida y alerta. Cada gemido de placer que le arranco es un clavo más en su ataúd. Quiero que me desee hasta la locura, quiero tenerlo comiendo de la palma de mi mano, para que, cuando finalmente lo destruya, el dolor sea tan profundo como el vacío que dejó en mi vida hace trece años. El juego ha comenzado, y León Foster no tiene idea de que está durmiendo con su propia verdugo.