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Me di una última mirada en el espejo. «Promesa, de verdad, fue la última.» No podía evitar sentirme un poquito nerviosa, así que eso me orillaba a verificar que no se me hubiese pasado nada. En el fondo, me sentía como una tonta, pero no podía reprimirme a mí misma; cuando llevaba tanto tiempo suspirando desde la distancia por Nicholas Green.
Pero agradecía demasiado que Landon estuviera ahí conmigo. No mentí ni un poco cuando dije lo mucho que valoraba su opinión. Sí, era consciente de que lo que más debía importarme era el criterio que yo tuviera sobre mí misma, pero eso no desmeritaba que su palabra fuera sumamente importante para mí.
En general, él era alguien inmensamente importante en mi vida.
—Ahora creo que sí ya estoy lista —indiqué, cuando cerré la cremallera de mi bolso.
Justo en el momento en el que me di la vuelta hacia Landon, alguien abrió la puerta.
Abby, mi hermana menor.
La castaña se quedó a un paso del umbral y saludó a Landon con un asentimiento. No era la chica más afectuosa del mundo, ni la más alegre… O simpática. Era pequeña y agria, como un limón. Pero, aun así, la adoraba con toda mi alma.
—¿Ya se van? —Nos preguntó.
—¿No irás hoy en bici? —devolví yo.
Ella negó con la cabeza.
—No estoy de humor para ir en bicicleta hoy, tampoco quiero caminar —respondió, antes de dirigirle la mirada a Landon. Entonces, sacó un caramelo de su sudadera—. Si me llevas también, te ganas un dulce de café.
El castaño se levantó de la cama de inmediato y lo tomó.
—Habría aceptado sin eso, de todos modos —dijo, mientras abría el envoltorio para llevárselo a la boca.
Una sonrisa cansada escapó de mis labios y negué con la cabeza.
—Cuidado si no tiene cianuro, o algo.
—No, no le haría eso a Landon. Es como de la familia —respondió ella, tranquilamente.
—Entonces, ¿sí se lo harías a alguien más? —bromeó él.
—Ni siquiera lo dudes —expresé.
Abby frunció los labios en un gesto y se encogió de hombros.
—Solo si me hacen enojar.
—No hay una sola cosa en este mundo que a ti no te haga enojar, Abigail —murmuré, dirigiéndome a ella por su nombre completo. Entonces, me eché el bolso sobre el hombro—. Ahora, vámonos. Se nos hará tarde.
Nos despedimos de mamá después, quien no podía volcar toda su efusividad y entusiasmo sobre nosotros porque a Abby no le iban las demostraciones de afecto y yo estaba más preocupada por llegar a tiempo a clases, así que no tardamos mucho en salir de casa.
La camioneta que Landon usaba era un regalo de su hermano mayor, Jacob. Sus padres lograron comprarla cuando él aún iba a su penúltimo último año de instituto, pero tiempo después, al tener que mudarse a otro estado para la universidad, decidió dejársela a Landon. Vivía en el campus y decía que no le hacía tanta falta un vehículo, como a él. Eran, realmente, muy unidos.
«Ojalá hubiese podido decir lo mismo de Abby y yo, pero ella vivía en su mundo y pocas veces se acercaba al mío.»
Como en ese momento, en el que conecté mi teléfono al reproductor para poner música y empecé a cantar con Landon. Yo ocupaba el asiento junto al suyo y no estaba segura de quién desafinaba más de los dos, pero nos estábamos divirtiendo y bastante. Lo gracioso es que era una canción interpretada por un hombre y una mujer, pero Landon cantaba las partes de la chica y yo ponía la voz ronca para interpretar las líneas del chico.
Claro, eso no le hacía ninguna gracia a Abby.
—Ustedes dos sí que son raros —dijo ella, desde el asiento de atrás.
Volteé a verla. Había bajado sus audífonos de casco hasta el cuello y sostenía su teléfono entre las manos.
—Y tú eres una amargada —Le respondí—. ¿Sabes qué necesitas? Un mejor amigo.
—No conozco a nadie lo suficientemente interesante como para que ocupe ese lugar. Así que, paso. Gracias.
—Seguro que lo hay —insistí—. Pero tú eres muy limón y no te das la oportunidad de conocer a nadie. Nos odias a todos.
En sus labios se deslizó una sonrisa, que era más cínica; que nada.
—Al fin dices algo acertado, hermana mayor.
La miré con obstinación y volví a enderezarme en mi asiento. También compartí miradas con Landon, quien esquinó una sonrisa y negó con la cabeza.
Aunque el mal humor constante de Abby me sacara de quicio, no podía juzgarla. En el fondo, la comprendía. Nuestro padre nos dejó cuando ella apenas tenía unos meses de nacida y, sí, pagaba los gastos, pero no hacía mucho más. Y eso siempre le molestó a mi hermana, creció estando a la defensiva y esa clase de actitudes se volvieron naturales en ella.
A veces me daban ganas de sacudir a mi papá de los hombros para hacerle entrar en razón y recordara que aún tenía una hija bastante joven, que lo necesitaba.
Pero, claro, no podía hacer eso; porque vivía al otro lado del país.
No todo había sido color de rosas en nuestras vidas, especialmente para Abby. Las consecuencias de un padre ausente podían ser muchas. Y aunque mi hermana menor se esforzara por lucir fría ante el mundo, yo sabía que, en el fondo, solo se sentía abandonada.