​EL DERRUMBE DE LA FARSA

1956 Words
​EL DERRUMBE DE LA FARSA ​Dylan lo escuchaba incrédulo. No podía creer que su amigo lo engañara de una forma tan cruel. Después de unos minutos en silencio soltó un ruido seco, algo parecido a una risa y a un jadeo de asfixia. Sus dedos se tensaron tanto, que sus nudillos cambiaron de color. ​—¿Fue una mentira? —repitió Dylan. La palabra sonó extraña en su boca, como si estuviera tratando de saborear un veneno—. Marcus, mi esposa se está muriendo en esta cama. Durante meses me ha tratado como a un extraño. Me ha gritado que no me soporta, me ha hecho pensar que me odia... ¿Y me estás diciendo que todo este dolor, que ver a mis hijos llorar porque su madre no quería ni verlos, fue un guión? ¡¿Un maldito teatro?! ​Marcus bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Dylan. ​—No fue un guión por maldad, Dylan. Fue un acto de amor desesperado y... profundamente equivocado —Marcus suspiró, sintiendo que su "armadura" finalmente se desmoronaba—. Louisa tiene un adenocarcinoma en etapa cuatro. Ella lo supo hace meses. ​El silencio que siguió a esas palabras fue más aterrador que cualquier grito. Dylan se quedó petrificado ante el diagnóstico. Al mirar los monitores, el pitido del monitor cardíaco parecía burlarse de él, marcando los segundos de una vida que se le escapaba entre los dedos. ​—¿Etapa cuatro? —susurró Dylan. Su voz se volvió débil, pequeña—. No... no, ella me dijo que tenía endometriosis, que lo que sentía era sólo agotamiento. Que los análisis estaban bien. Y tú... tú me dijiste que los análisis estaban bien, Marcus… Esto…No puede ser verdad. ​—Lo siento. Te mentí, Dylan. Por orden de ella. Louisa me hizo jurar que no te diría nada. Su plan era que la recordaras como una mujer amargada y difícil. Ella creía que si dejabas de amarla, el día que ella se fuera, tú no sentirías un vacío, sino que sentirías... alivio. ​Dylan se puso de pie tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás con un estruendo metálico. Se llevó las manos a la cabeza, caminando en círculos por el pequeño cubículo, como un animal herido. Preso en una jaula pequeña que le causaba claustrofobia. ​—¡Alivio! —rugió, y esta vez su voz retumbó en las paredes de la habitación, haciendo que una enfermera se asomara por el cristal—. ¡¿Cómo pudo pensar que yo sentiría alivio?! ¡Me robó meses con su rechazo! ¡Me robó la oportunidad de abrazarla, de decirle que no importa si me grita, yo estaré ahí! Para ayudarla a levantarse de la cama… ¡Me obligó a vivir un infierno pensando que la había perdido sin entender por qué! ​Se detuvo frente a Marcus, y en un arrebato de rabia y frustración lo agarró por las solapas de la bata. Sus ojos estaban encendidos de furia. La furia de un hombre que acababa de descubrir que ha sido estafado en lo más sagrado. Su confianza ciega. ​—¡Tú!—le espetó, sacudiéndolo ligeramente—. Eras mi mejor amigo. Te di mi confianza, compartiste con mi familia... Te pregunté mil veces qué le pasaba a Lu, y me mentiste en la cara. ¡Viste cómo me desmoronaba y no me dijiste nada! ​—¡No podía hacerlo! Tenía que respetar su voluntad, Dylan... —dijo Marcus, aunque era verdad, sus palabras sonaron vacías incluso para él mismo. ​—¡Al diablo con su voluntad! —Dylan lo soltó con desprecio y se volvió hacia Louisa—. ¡Louisa! ¡Despierta! ¡Despierta ahora mismo y mírame! ​Se abalanzó sobre la cama, tomando el rostro de su esposa entre sus manos. Sus lágrimas caían sobre las mejillas pálidas de ella. ​—¡No te atrevas a irte así! ¡No te atrevas a dejarme con esta mentira! ¡Te amo, maldita sea, te amo más que a mi propia vida! ¿Oíste? ¡Ni todos tus gritos ni todas tus crueldades pudieron hacer que te odiara ni un solo segundo! ​En ese momento, el monitor cardíaco empezó a emitir un pitido errático. La línea, que antes era constante, empezó a mostrar picos violentos. ​—¡Marcus! —gritó Dylan, aterrado—. ¡Algo le pasa! ​Marcus se lanzó hacia el equipo. Louisa estaba teniendo una arritmia. El choque de la verdad, o quizás la voz de Dylan rompiendo el velo del coma, estaba provocando una reacción. ​—¡Sal de aquí, Dylan! ¡Ahora! —ordenó Marcus, recuperando su autoridad médica mientras entraban enfermeras con el carro de reanimación. ​—¡No me iré! —gritaba Dylan mientras lo empujaban hacia afuera—. ¡Louisa, no te vayas! ¡Todavía no hemos terminado! ​Las puertas automáticas se cerraron, dejando a Dylan en el pasillo frío, solo con la sangre de su dedo (ahora seca) y el peso demoledor de una verdad que le había devuelto a su esposa, pero solo para decirle que la iba a perder para siempre. ​Dylan Miller sintió que su mundo se inclinaba en un ángulo imposible. Cayo de rodillas en el pasillo. No fue un desmayo, fue una demolición. Las palabras de Marcus —adenocarcinoma, etapa cuatro— no entraron en su cerebro como información médica, sino como esquirlas de una granada que estallaba dentro de su pecho. Su rostro se tornó de un blanco cadavérico. ​— Dios no te la lleves — sollozó. ​—¡No me interesa su voluntad! —Dylan fijó sus ojos en la puerta cerrada —. ¡Louisa! ¡Despierta! Vuelve ahora mismo… Por favor, no me dejes así. ​Se levantó violentamente y se abalanzó sobre la puerta, mirando cómo luchaban por rescatar a su esposa de las garras de la muerte. ​—¡No te atrevas a irte Lu! ¡No te atrevas a dejarme con este maldito vacío lleno de mentiras! ¡Te amo! ¿Me oyes Louisa? ¡Ni todos tus gritos, ni tu frialdad ensayada pudieron hacer que dejara de amarte ni un solo segundo! ¡Me escuchas, Louisa Miller? ¡Te amo y te perdono, pero despierta! Vuelve conmigo… por favor no te vayas. POV DE LOUISA ​En algún lugar entre el oxígeno y la nada, Louisa flotaba en un abismo. No era oscuridad lo que veía, sino una niebla espesa y plateada que olía a flores secas y a antiséptico. Podía sentir el peso de su propio cuerpo como si fuera una armadura de plomo sumergida en el fondo del océano. ​De repente, una vibración empezó a sacudir su mundo de sombras. No era un sonido extraño, era una frecuencia que le atravesaba el alma. Una voz: ¡Despierta! ​El dolor, que ella había logrado adormecer con su voluntad de hierro, regresó como una ola de lava. Pero no era el dolor de sus pulmones fallando, era algo más visceral. Era el dolor de la voz de Dylan. Cada palabra que él decía tenía un impacto físico en su conciencia. ​“Me robaste meses...” “Vuelve conmigo” “Aún no hemos terminado…” ​Louisa sintió un tirón violento en el centro de su ser. Quiso gritar que lo sentía, quiso explicarle que la niña de doce años que vio a su padre volverse un espectro era la que manejaba los hilos de su miedo. Pero su boca no respondía. Sus pulmones eran bolsas de arena. ​Sintió las manos de Dylan en su rostro. Eran ásperas, cálidas, reales. Eran el único anclaje que le quedaba en un universo que se desvanecía. La luz dorada que había visto al principio del día se volvió roja, una advertencia eléctrica. Su corazón, ese motor cansado que ella había intentado apagar con indiferencia, empezó a galopar contra sus costillas con una fuerza desesperada. ​Pum. Pum-pum. Pum. ​Era una arritmia provocada por el pánico de saberse descubierta. Su farsa se había derrumbado y la agonía de su mentira era ahora más insoportable que la enfermedad. Sintió un sabor metálico en su boca, un zumbido ensordecedor en los oídos. Estaba ocurriendo lo esperado. El colapso final, una lucha interna la dividía en dos, su corazón quería volver con Dylan y su conciencia intentaba huir de la vergüenza. ​LA TORMENTA MÉDICA Dylan entró en la habitación con el rostro desencajado y bañado en lágrimas. ​—¡Marcus! —gritó Dylan, observando aterrado el movimiento espasmódico de su esposa — ¡¿Qué le pasa a Louisa?! ​El monitor cardíaco estalló en un pitido errático y agudo. La línea verde, que antes era una montaña rusa previsible, se convirtió en una serie de picos frenéticos que indicaban que el corazón de Louisa estaba entrando en una taquicardia ventricular. Su estado era grave. Una lucha contra el tiempo. ​Marcus, en su instinto médico actuó con precisión a pesar de su propio dolor. ​—¡Está fibrilando! —gritó Marcus—. ¡Código azul! ¡Enfermeras, carguen…! ¡Reanimación lista! ¡Despejen! ¡Ahora! ​Louisa no respondía. Dylan fue empujado hacia atrás, lejos de la cama, lejos de Louisa. ​—¡Sal de aquí, Dylan! ¡No puedes estar aquí! —ordenó Marcus, su voz era la autoridad profesional, aunque sus ojos seguían cargados de culpa y preocupación. ​—¡No! ¡No me voy a ir a ninguna parte! —gritó Dylan, luchando violentamente, agarrándose con fuerza a la puerta, mientras dos enfermeros intentaban sacarlo—. ¡Louisa, no te atrevas a irte! ¡Quédate conmigo! ¡Marcus, sálvala, por lo que más quieras, sálvala! ​—¡Sáquenlo de aquí! —rugió Marcus mientras cargaba nuevamente las paletas del desfibrilador. ​Dylan fue arrastrado por dos enfermeros fornidos. Sus zapatos chirriaban en el linóleo del hospital. Sus gritos llenaron el pasillo, un lamento desesperado que helaba la sangre de cualquiera que lo escuchara. Las puertas automáticas de la Unidad de Cuidados Intensivos se cerraron con un siseo neumático, dejando a Dylan en la penumbra del pasillo, solo. Ahogado en su desesperación y miseria. ​Sus rodillas cedieron, desplomándose de rodillas contra la pared de la habitación dónde yacía Louisa. El silencio a su alrededor fue peor que el ruido dentro de la habitación. Se miró las manos; todavía sentía el rastro de la piel de Louisa, recordó la palidez de su rostro, sus movimientos erráticos. ​Se cubrió el rostro con las manos y sollozó. No era solo un llanto de tristeza, sino un llanto de derrota absoluta. Louisa lo había logrado: lo había destruido. Pero no de la forma en que ella quería. Lo había destruido con la verdad, no con el odio, sino con su amor, que equivocado lo intentó proteger de lo que ahora destrozaba su corazón. ​Dentro de la habitación, se escuchó el sonido sordo del desfibrilador. La voz de Marcus gritar: ¡Despejen! ​Dylan cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared fría. En su mente, hacía una oración: “Dios, permite que vuelva para que pueda despedirme de ella… Dios…Por favor… Haz que vuelva. Necesito decirle que su plan fue una estupidez, que la perdono y que la amo por intentar proteger mi corazón”. ​El hospital seguía girando, ajeno al hombre que acababa de descubrir que durante meses había sido parte de un teatro de mentiras, y suplicaba que el telón no estuviera a punto de caer para siempre. ​
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