EL ANCLA DE LA MEMORIA
El cielo había respondido a la desgarradora oración de Dylan. El sonido de urgencia en la habitación de Louisa había dado paso a un estado de alivio. Los ojos de Dylan marcados por las lágrimas recibieron el alivio esperanzador.
POV: LOUISA – EL LIMBO DE CRISTAL
El abismo en donde estaba sumergida no era n***o. Era de un blanco traslúcido, cegador, que me quemaba las pupilas. No había gravedad en ese lugar, pero podía sentir que caía a una velocidad impresionante hacia un fondo que nunca llegaba a tocar. Intenté gritar, pero mi voz era un puñado de piedras en mi garganta. Solo podía escuchar un eco a la distancia.
"Vuelve conmigo... todavía no hemos terminado".
Reconocía perfectamente esa voz. Era la voz de Dylan, sus palabras me alcanzaron como una cuerda lanzada a un náufrago. No era una voz dulce; era un rugido de dolor, una orden cargada de una furia que me hizo estremecer en mi letargo.
Sentí el impacto de sus palabras en mi pecho, más fuerte que las paletas del desfibrilador que me habían sacudido el cuerpo momentos antes. De repente el velo de mi oscuridad se rasgó.
El sabor metálico de la derrota fue reemplazado por el olor a ozono y a plástico quemado. El silencio del coma fue invadido por un pitido constante, rítmico, alentador. el monitor mostraba nuevamente signos de vida.
Mi corazón, ese traidor que yo había intentado silenciar con mentiras, latía de nuevo, lo hacía con una pesadez insoportable: la pesadez de la verdad al descubierto.
Había vuelto.
Una verdad en la que podía sentir el roce de las sábanas, ásperas contra mi piel de papel. Escuchaba el murmullo de las enfermeras, el roce de sus suecos contra el linóleo, el siseo del respirador que forzaba el aire en mis pulmones cansados.
Por un momento quise abrir los ojos, pero mis párpados pesaban como lápidas.
Estaba atrapada en la superficie de mi propia consciencia, era consciente de que el mundo que yo había intentado incendiar para salvar a los míos, ahora ardía con una intensidad que yo ya no podía controlar.
Estaba viva. Pero el precio de mi retorno sería la mirada de decepción Dylan por haberle mentido. Aunque no lo podía ver, sentía su mirada quemándome la piel. Ya no era la "villana" que los protegía; era la mujer que se deshacía ante sus ojos.
EL DESPERTAR EN EL PASILLO
Marcus salió de la habitación de la UCI con los hombros hundidos. Su bata blanca estaba arrugada y sus ojos, tras las gafas empañadas, reflejaban una fatiga que iba más allá de lo físico. Al salir halló a Dylan sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, una imagen de absoluto agotamiento.
—Está estable, Dylan —dijo Marcus con voz ronca.
Dylan levantó la cabeza. Su rostro estaba desfigurado por el llanto y la falta de sueño. No hubo alegría en su expresión por la noticia, solo una especie de alivio amargo.
—Estable... —repitió Dylan como si la palabra no tuviera significado—. ¿Qué significa eso ahora, Marcus? ¿Que vivirá lo suficiente para que yo la vea morir otra vez?
Marcus se sentó a su lado, ignorando el protocolo.
—Significa que ha superado la crisis. Sus constantes se han normalizado, aunque sigue inconsciente. El esfuerzo que hizo su corazón fue... inmenso. Dylan, ella no quiso irse sin despedirse. Ahora tienes que ir a casa. Tienes que ducharte, ver a tus hijos y cerrar los ojos al menos un par de horas. No puedes ayudarla si te conviertes en otro paciente.
—No me voy a mover de aquí —sentenció Dylan con una terquedad pétrea—. Ella me mintió, Marcus. Pero me necesita. Yo la necesito. Y si me voy ahora, siento que la dejaré sola.
— No está sola, Dylan. Yo me quedaré aquí hasta que vuelvas… Te lo prometo.
En ese momento, el eco de unos pasos rápidos y decididos resonaron en el pasillo.
Una mujer rubia, de rasgos finos y mirada penetrante, se acercaba con un maletín en una mano y un termo en la otra. Era Anke Weber, la jefa de proyecto de la firma de ingeniería donde Dylan trabajaba.
—¡Dylan! —exclamó ella, suavizando su paso al ver el estado en el que se encontraba su amigo y compañero.
Dylan parpadeó, tratando de situarse. El proyecto departamental... la presentación final... Todo aquello le pareció de una vida anterior, de un hombre que se preocupaba por planos y presupuestos y que ahora solo era una sombra agotada.
—Anke... Lo siento, me olvidé por completo. El informe... —balbuceó Dylan levantándose.
Anke puso una mano firme en su brazo, comprensiva y condescendiente.
—No vine aquí para hablarte sobre el trabajo, Dylan. El proyecto está concluido. Lo terminé anoche, lo entregué esta mañana a nombre de los dos y el cliente lo ha aprobado con honores. Estás cubierto. Tu trabajo siempre ha sido impecable. No tienes por qué preocuparte. Sabemos que estás en una emergencia familiar.
Dylan la miró con una mezcla de gratitud y asombro. Anke no era solo una colega; era la mujer que, dos años atrás, había perdido a su esposo, Klaus Weber, debido a un cáncer de colon devastador. Durante esos meses oscuros, Dylan y Louisa habían sido su apoyo. Louisa le preparaba cenas que ella no podía cocinar, y Dylan llevaba al pequeño Lukas al parque cuando Anke no podía despegarse de la cama del hospital.
Marcus se marchó dejándolos solos.
Anke se sentó en una silla junto a Dylan y le tendió el termo de café.
—Bebe. Es café alemán, fuerte como te gusta — abriendo su bolso sacó una taza con bocadillos — Imagino que no has comido nada. Come unos cuantos. Lo necesitas, Dylan.
Dylan asintió agradecido. Tomó un sorbo, sintiendo el calor quemándole la garganta, devolviéndole una pizca de realidad.
—Anke, Louisa... ella tiene cáncer. Etapa cuatro. Me lo ocultó todo estos meses. Me dijo que era endometriosis para no preocuparme. Pero durante semanas largas y amargas, se hizo pasar por una mujer fría, su objetivo era que yo dejara de amarla. Quería que su muerte fuera un "alivio" para mí.
Anke cerró los ojos y dejó escapar un suspiro cargado de sus propios recuerdos dolorosos. Ella conocía perfectamente ese proceso; su esposo Klaus también había intentado alejarlos al principio, intentó protegerla y a su hijo Lukas de la imagen de un padre moribundo.
—Es muy difícil para ella. El trauma de la partida los destruye a ellos primero, Dylan —susurró Anke con una voz teñida de una tristeza sabia—. Y entiendo como te sientes. Cuando ves a quién amas desmoronarse, el instinto de protección se vuelve una patología. Estoy segura de que ella no quería que tú te convirtieras en el hombre que ella vio en su padre. Quería que fueras libre. Sé que es una estupidez heroica, pero es su forma de hablar de amor, al fin y al cabo.
Dylan empezó a sollozar de nuevo, pero esta vez fue un llanto más silencioso, contenido por la presencia de alguien que entendía el lenguaje del luto anticipado.
—Me siento destrozado, Anke. Siento que me han robado tiempo preciado de despedida. Miro a Louisa y deseo con todas mis fuerzas que vuelva a ser la mujer que me esperaba con un beso al llegar a casa . Ella es la mujer que amo. No puedo entender que esperara que la odiara.
Anke le tomó la mano a Dylan con ternura y comprensión.
—Ella te ama, Dylan. Pero la enfermedad es un monstruo que los hace hacer cosas horribles… Si recuerdas, Klaus llegó a decirme que ya no me amaba, que quería el divorcio. Solo para que yo me fuera a Alemania, a casa de mis padres y así no lo viera morir. Me tomó semanas entender que me lo decía porque no soportaba verme sufrir. Louisa está aterrada. Está tan aterrada de que sufras lo que ella sufrió, que se convirtió en su propio verdugo. No por maldad Dylan, sino, por lo mucho que te ama y a tus hijos.
El corazón de Dylan se contrajo. Los recuerdos de la agonía de Klaus vinieron a su mente. Lukas y su hijo Sebastián eran mejores amigos. Iban a la misma clase de terapia de lenguaje, se entendían en sus silencios y sus balbuceos. Recordar a Lukas allí, tan inocente, tan ajeno a la tragedia familiar, pero sintiendo el dolor del ambiente, fue el golpe de gracia para el muro de Dylan.
Dylan alzó la mirada y suspiró.
—Lukas no ha dejado de preguntar por qué Sebastián no fue a clases hoy. Sabes que cuentas conmigo, somos más que compañeros de trabajo, somos familia, Dylan. No estás solo en esto. Louisa está aterrada, pero juntos cuidaremos de ella. Estaré a su lado como ustedes lo hicieron en su momento conmigo.
Dylan sonrió levemente.
— Marcus quiere que vaya a casa. Que descanse y hable con mis hijos… Pero no me quiero alejar de ella, Anke.
— Lo entiendo. Quédate aquí el tiempo que necesites, pero cuando estés listo, ve a casa. Tus hijos necesitan ver a su padre, y tú necesitas recordar que la vida sigue latiendo para ellos, incluso cuando a ti te parece que se ha detenido, ellos necesitan tu fuerza, Dylan.
El café de Anke, la firmeza de su voz— le devolvió un gramo de esperanza. No la esperanza de que Louisa se curara (él era arquitecto e ingeniero, sabía lo que significaba la etapa cuatro), sino la esperanza de que el final de su esposa no fuera un teatro de mentiras.
—Anke... —dijo Dylan después de un largo silencio—. Ella despertará en algún momento. Y cuando lo haga, no sé si podré mirarla sin llorar o sin reprocharle lo que hizo.
—No le digas nada, solo toma su mano —respondió Anke con una sonrisa triste—. Llora con ella si ella llora. Pero sobre todo, hazle saber que el amor que le tienes es mucho más testarudo que el cáncer. Hazle saber que no vas a dejar que se muera siendo una extraña para ti, que la amarás hasta su último suspiro.
Marcus, que había estado observando desde la distancia, se acercó de nuevo.
—Dylan, puedes entrar a verla cinco minutos. Louisa sigue inconsciente, pero puedes hablarle, estoy seguro de que ella te escuchará.
Dylan se levantó, alisó su camisa manchada y miró a Anke.
—Gracias por venir, y por entregar el proyecto, Anke. Y también por... todo lo demás.
—Ve —dijo ella, dándole un apretón en el brazo—. Nosotros estaremos aquí cuando salgas. — dijo mirando con una sonrisa a Marcus.
Dylan caminó hacia la puerta de la UCI. El siseo neumático al abrirse fue como el umbral a otro mundo. Entró en el cubículo 402. El olor a ozono volvió a golpearlo. Se acercó a la cama y miró a Louisa. se veía tan joven, tan parecida a la mujer de la que se había enamorado en la universidad.
Se inclinó sobre ella, rozando su mejilla con el dorso de la mano.
—Hola, Lu —susurró, y su voz llenó el espacio entre los pitidos de las máquinas—. Ya lo sé todo mi amor. Marcus me lo dijo. Tu plan de ser la villana de esta historia... ha sido un desastre total, Lu. No te odio. Te amo más que nunca por ser tan tonta de creer que podrías protegerme de amarte.
En el monitor, la frecuencia cardíaca de Louisa dio un pequeño salto. Una onda más alta que las demás. Dylan sonrió entre lágrimas.
—Me escuchaste, Lu. Sé que estás ahí. No te voy a dejar ir hasta que me devuelvas cada uno de los besos que me negaste estos meses. No te vas a ir como una extraña. Te vas a ir como mi esposa. La mujer más amada de este planeta.
Inclinándose besó la frente de Louisa.
Mientras afuera, en el pasillo, Anke hablaba con Marcus, sabiendo que la batalla de Dylan apenas comenzaba, pero que al menos ahora, el campo de batalla estaba iluminado por la verdad y la aceptación.