EN SUS BRAZOS

1943 Words
EN SUS BRAZOS ​El pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos parecía haberse estirado durante la noche. Para Dylan, cada paso que daba hacia la habitación 402 era un descenso hacia su propio calvario. El olor a desinfectante se le metía en la garganta, asfixiándolo, mientras en su mente se proyectaba una imagen devastadora: Louisa, su amada Lu, conectada a un respirador, pálida, consumida por ese enemigo invisible que le había robado los últimos meses de su vida conyugal. ​Llevaba el corazón en un puño y el dibujo de Sebastián doblado con cuidado en el bolsillo de su chaqueta. Cuando llegó frente a la puerta corrediza de cristal, se detuvo un segundo para recuperar el aire. Necesitaba valor. Cerró los ojos, preparándose para ver la fragilidad de su esposa en su estado más puro. ​Sin embargo, cuando la puerta se deslizó con su siseo característico, el mundo de Dylan dio un vuelco violento. ​Louisa no estaba en la cama. No había tubos rodeando su rostro ni el monitor marcando un ritmo agónico desde el monitor. Estaba de pie, con un vestido de punto azul cielo y un abrigo largo. Estaba suavemente maquillada, con una leve sonrisa en sus labios y con su mirada firme. ​Dylan se quedó petrificado en el umbral. Sus manos, que esperaban acariciar una piel fría y sudorosa sobre sábanas blancas, cayeron a sus costados. ​—¿Lu? —su voz fue un siseo de incredulidad—. Qué... ¿Qué estás haciendo? Deberías estar acostada. Casi te pierdo, yo... no entiendo. ​Los ojos de Louisa, aunque hundidos, brillaban con una intensidad que Dylan no veía desde hacía meses. No hubo explicaciones. No hubo una disculpa por los tres meses de mentiras, ni por la farsa de la frialdad. Louisa simplemente caminó hacia él y, antes de que Dylan pudiera reaccionar, se metió en sus brazos aspirando el aroma de su perfume. — ¡Te extrañé tanto! — exclamó, luego sin que Dylan lo esperara, lo besó. Fue un beso profundo, cargado de un amor desesperado, un beso que sabía a despedida y a reencuentro al mismo tiempo. Sus labios, todavía algo secos por la deshidratación, buscaron con urgencia los dulces besos de su marido. Buscaba su perdón y la fuerza de su amor a partes iguales. ​Dylan la rodeó con sus brazos con fuerza, temiendo que si la soltaba, ella se desvanecería ante sus ojos. El aroma de su cabello, aún mezclado con el olor clínico del hospital, lo ancló a la realidad. Sus lágrimas comenzaron a empapar la mejilla de Louisa. Tenerla en sus brazos después de muchas noches frías y de rechazos que no comprendía, era un alivio a pesar del dolor que eso significaba ahora. ​A unos metros, Marcus, quien con ayuda de su esposa le había proporcionado a Luisa la ropa y el maquillaje, observaba la escena apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Su facciones era una mezcla de sentimientos, una parte de él sentía alivio por verlos de nuevo juntos, pero una tristeza profunda y corrosiva golpeaba su pecho al saber que esa energía en Louisa no era más que el último destello de una vela que se apagaba. Sabía que ella estaba forzando su cuerpo al extremo. Louisa estaba dispuesta a hacer un esfuerzo heroico para cubrir a su esposo y a sus hijos de todo su amor, antes de morir, aunque eso significaba por poco tiempo. ​Louisa se separó de Dylan solo unos centímetros, lo suficiente para que sus frentes se rozaran. Sus manos acunaron el rostro de Dylan. ​—No me pidas que te explique nada hoy, Dylan —susurró ella, ignorando el rastro de lágrimas en los ojos de su marido—. No desperdicies el tiempo que nos queda en reproches. Ya no hay muros. Ya no hay secretos. Solo tú y yo. ​—Lu, solo necesito saber por qué me mentiste... ¿No confiabas en mí? Llegué a creer que ya no me amabas —logró decir él entre sollozos. ​—Lo hice para que pudieras vivir sin mí —respondió ella con una crudeza desgarradora—. Pero me equivoqué. Pensé que podía apagar tu amor con mentiras, y solo te torture. Por eso ahora te pido una sola cosa mi amor, la única que realmente importa... Quédate conmigo hasta mi último suspiro Dylan. No me dejes sola en la oscuridad que viene. ​Dylan cerró los ojos y la estrechó contra su pecho, sintiendo los latidos rápidos y erráticos del corazón de su esposa. ​—Te lo prometo, Lu —dijo con una sinceridad innegable —. Me quedaré a tu lado amándote cada segundo de tu vida. No te dejaré sola un solo instante. No me importa lo que pase mañana, solo me importas tú. Estar contigo. ​Dylan se separó de ella un poco, recordando el encargo de su hijo pequeño. Con sus manos temblorosas sacó el papel del bolsillo y se lo entregó. ​—Sebastián me pidió que te diera esto. Es la primera vez que lo veo tan decidido... y la primera vez que me ha hablado sin tartamudear. ​Louisa sonrió, tomando el dibujo en sus manos. En el papel había una figura femenina con una sonrisa enorme y estaba rodeada de decenas de corazones rojos. En la esquina, un sol brillante iluminaba la casa. El contraste entre la vitalidad del dibujo y la realidad de su cuerpo enfermo fue como una puñalada en su corazón. Louisa sintió un nudo en su estómago, una náusea de dolor emocional que casi la hace doblarse. Por un segundo, un deseo profundo cruzó por su cabeza, deseó romperse y llorar, gritar al cielo y preguntar: ¿por qué sus hijos pequeños tenían que vivir la injusticia de quedarse sin su madre? Esa sensación fue casi insoportable. ​Pero estaba ante Dylan. Así que tragó saliva, apretó el dibujo contra su pecho y forzó una sonrisa llena de satisfacción. Su hijo Sebastián había hablado sin tartamudear y ella había sido su motivación. ​—Es muy hermoso —dijo con la voz quebrada—. Llévame a casa, Dylan. Vamos a casa ahora mismo. Besando su frente Dylan sonrió. Extendiendo su mano se despidió de Marcus sin palabras. La tristeza en los ojos de Dylan y de Marcus, era un lenguaje más que suficiente. ​El trayecto en coche fue silencioso, pero no era el silencio tenso de los meses anteriores. Era un silencio cargado de manos entrelazadas que no se soltaron ni para cambiar de marcha. Al llegar a la residencia Miller, Dylan sintió una punzada agridulce. Estaba feliz de tenerla de vuelta, pero el peso de su habitación donde había dormido solo y rechazado, todavía le escocía. Sin embargo, al ver a Louisa mirar la fachada de la casa, supo que las reglas habían cambiado. — Volveremos a dormir juntos, en nuestra cama Lu, somos uno, y lo seremos siempre. — Está bien, Dylan. – respondió, inclinándose para besarlo. ​Al abrir la puerta principal, el aire de la casa pareció cambiar. Miriam estaba en el vestíbulo, con un plumero en la mano, esperando ver entrar a Dylan solo. Cuando vio a Louisa entrar por su propio pie, del brazo de Dylan y con una expresión de serenidad triunfante, su rostro se transformó. Una sorpresa amarga fue evidente en su rostro, en la rigidez de sus hombros y en la forma en que sus labios se estiraron para fingir una sonrisa. ​—¡Mamá! —la voz de Martha rompió el silencio. — ¡Llegó mamá! — gritó Martha a sus hermanos. ​Los niños bajaron las escaleras como un torbellino. Luca, Martha y el pequeño Sebastián se lanzaron contra Louisa. Dylan se mantuvo cerca, listo para sostenerla por sí el peso de los niños era demasiado para su cuerpo debilitado, pero ella se arrodilló, ignorando el dolor punzante en sus huesos, y los envolvió a todos en un abrazo colectivo. ​—¡Regresaste! ¡Papi dijo que volverías! —exclamaba Martha entre lágrimas y besos. ​Louisa cerró los ojos, aspirando el olor de sus hijos, grabándolos en su memoria celular. Miriam observaba la escena desde la esquina del pasillo. Le irritaba ver a Dylan sonreír; le producía envidia que Louisa a un paso de la tumba, tuviera tanto poder sobre Dylan, más del que ella con en toda su plenitud y salud pudiera alcanzar. ​—Miriam, lleva la maleta de la señora a nuestra habitación —ordenó Dylan con una voz que no admitía réplicas. Ni siquiera la miró. Su atención estaba centrada exclusivamente en la cabellera de sus hijos y en la mano de su esposa atada a la suya. ​Sofía, que había estado observando todo desde la puerta de la cocina, notó la expresión de fastidio en Miriam. Después de que Miriam volvió, con un movimiento rápido la tomó del brazo y la arrastró hacia la cocina. Sin que los Miller lo notaran y antes de que Miriam pudiera decir algo que arruinara el momento. ​Una vez dentro, con la puerta cerrada, Sofía la soltó con desprecio. ​—¿Qué es lo que te pasa, Miriam? —le dijo Sofía, con la voz cargada de enojo —. Yo te lo advertí. Te dije que enamorarte del señor Miller era una estupidez… ¿Cómo pudiste creer que podías ocupar el lugar de esa mujer? ¡Eso es simplemente delirante! ​—¡Ella se va a morir, Sofía!—dijo Miriam con veneno en sus palabras, frotándose el brazo para calmar su rabia —. Es cuestión de tiempo para que esta falsa alegría se desmorone. Él necesitará a alguien que cuide de estos niños, alguien que le dé calor en su cama fría. ​Sofía se rió, moviendo su cabeza en desaprobación. ​—¿De verdad eres tan estúpida? El señor Miller la adora. ¡Ese hombre nunca amará a otra mujer como ama a su esposa! Ella es su principio y su fin... Y escucha bien lo que te digo Miriam: si Louisa muere y Dylan decide rehacer su vida... esa mujer no serás tú. Él nunca se fijaría en alguien que intentó alimentarse de su dolor como un buitre. ​Miriam se quedó callada, con las mejillas ardiendo de humillación. Negándose a aceptar que nunca tendría oportunidad. A través de la puerta de la cocina, se escuchaban las risas de los niños y la voz suave de Dylan guiando a Louisa hacia la planta alta. ​Arriba, en la habitación principal, Dylan ayudó a Louisa a sentarse en la cama. El sol de la tarde bañaba la habitación, dándole un aspecto dorado y pacífico. ​—¿Estás bien, Lu? ¿Necesitas que llame a Sofía para que te ayude con la medicina? ​Louisa negó con la cabeza y tiró de él para que se sentara a su lado. Se recostó en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo. ​—Solo te necesito a ti —dijo ella—. Estar contigo. En nuestra cama. ​Dylan la rodeó con sus brazos, besando sus mejillas, rozando dulcemente sus labios. El dolor seguía ahí, la sombra de la muerte no se había ido, pero por primera vez en mucho tiempo, el frío que había habitado en esa habitación se había disipado. Los dos sabían que la batalla estaba perdida, pero por ese momento, no hablarían de la enfermedad. ​—Estás en casa, mi vida —susurró Dylan—. Deslizandola suavemente en la cama, la acurrucó en su pecho
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