LA LEALTAD DEL AMOR

1753 Words
LA LEALTAD DEL AMOR ​La luz del alba se filtraba por las cortinas de la habitación de invitados, una claridad fría que no lograba disipar las sombras acumuladas en los rincones. Dylan se había quedado dormido y se encontraba hundido en el lado de la cama que solía ocupar Louisa, abrazado a una de sus almohadas donde las fibras de la tela aún guardaban la esencia de la mujer que amaba. ​El silencio de la madrugada en la casa era absoluto, roto únicamente por el crujido sutil de la madera bajo unos pasos que se aproximaban a la habitación . ​La puerta se abrió sin hacer ruido. Miriam entró cargando una bandeja pequeña con una sola taza de café y unos sándwiches. El vapor que salía de la tasa ascendía en espirales perezosas, llenando el aire con un aroma intenso. Ella no vestía su uniforme habitual de cuidadora; llevaba un vestido de seda que se ceñía a sus curvas, y un escote sugerente que dejaba entrever la intención detrás de su supuesta amabilidad. ​Se acercó a la cama con una lentitud calculada. Observó a Dylan dormir, se podía notar que estaba emocionalmente desarmado, quebrado y vulnerable. Para ella, esa era una oportunidad. ​—Dylan... —susurró, sentándose en el borde del colchón. La cama se hundió bajo su peso, y él se removió, parpadeando con pesadez—. Te he traído un café y unos sándwiches. Imagino que no has comido en mucho tiempo. ​Dylan se incorporó lentamente, frotándose el rostro con las manos. Su piel se sentía acartonada. Miró a Miriam con confusión y agradecimiento, su mente aún seguía nublada por el dolor y el sueño. ​—Gracias, Miriam... no tenías que molestarte —dijo con la voz ronca —. ¿Los niños siguen dormidos? ​—Sí. Como ángeles. No te preocupes por ellos—respondió ella, dejando la taza en la mesita de noche, pero sin alejarse. Inclinándose hacia él, reduciendo la distancia—. Estás agotado, Dylan. Tu rostro... me parte el corazón verte así. ​Él bajó la mirada, y de repente, el dique se rompió. La presencia de alguien "neutral", alguien que no fuera Marcus o la propia Louisa, le hizo bajar la guardia. ​—Marcus me lo contó todo ayer —sollozó Dylan, cubriéndose el rostro —. Louisa tiene cáncer, Miriam, y es terminal. Ella… Ella me mintió todos estos meses. Me hizo creer que me odiaba, que ya no me quería... y todo era una maldita farsa para "protegerme". Se está muriendo, Miriam, y yo... yo pasé todo este tiempo peleando con su actitud distante mientras ella se desvanecía ante mis ojos, sin darme cuenta… sin notarlo. ​Las lágrimas corrieron sin control por sus mejillas. El sufrimiento de Dylan era tan fuerte, como si cargara un edificio entero sobre sus hombros. Miriam se acercó un poco más, rodeándolo con sus brazos. Fue un abrazo profundo, tierno, que Dylan agradeció. Necesitaba el contacto humano que lo ayudara a ahogar el abismo que llevaba en su alma. Se dejó consolar por las caricias sobre su espalda de Miriam. Escondió la cara en el hombro de ella y lloró con la fuerza de un niño perdido. Era un momento de debilidad, donde necesitaba el abrigo emocional de alguien más fuerte que él. ​Sin embargo, el consuelo de Miriam empezó a mutar. Ella comenzó a acariciar su nuca con los dedos, subiendo y bajando por su espalda, presionando su cuerpo contra el de él. Cada vez más cerca del torso de Dylan. Dylan empezó a sentir la calidez de su piel a través de la fina seda, la presión deliberada de sus senos contra su pecho. Por un segundo, el instinto biológico de supervivencia buscó ese refugio, dejándose llevar por el calor y la vulnerabilidad del momento. ​Sintió los labios de Miriam rozar su oreja, un aliento cálido que olía a menta. ​—Estoy aquí, Dylan. —murmuró ella, su voz estaba cargada de una intención disfrazada de piedad, un deseo carnal que ya no se podía ocultar—. No tienes por qué pasar por esto solo. Estás tan solo en esta casa... tan lleno de dolor. Déjame ayudarte. Déjame consolar tu corazón, aunque sea por un momento. Deja que te cuide… Sus caricias se volvieron más sugerentes, el roce de sus labios bajó de su oreja a su cuello. ​Dylan se tensó. Las descargas eléctricas que le provocaba Miriam con sus labios eran innegables. Miriam le ofrecía un placer que no disfrutaba hacía meses. El alivio del que ella le hablaba tenía otro matiz. Pero una descarga eléctrica de rechazo se apoderó de su ser. La comprensión de lo que estaba ocurriendo le golpeó como un balde de agua helada. Se separó de ella con un movimiento brusco, casi violento, poniendo un espacio de seguridad entre ambos. ​—¿Qué estás haciendo, Miriam? ¿Qué pretendes?—preguntó, su voz pasó del llanto a una claridad gélida. ​Miriam se quedó quieta, en la cama, con el vestido ligeramente desalineado, y los botones de su escote abiertos, le sostenía la mirada con una mezcla de desafío y falso sacrificio. ​—Solo quería darte un poco de paz, Dylan —dijo Miriam, tratando de recuperar el terreno—. Estás sufriendo mucho, yo solo quería ser tu apoyo en este momento tan difícil. Lo que ha hecho Louisa no está bien, ella te ha tratado con crueldad, te ha mentido... Te mereces algo de piedad, un momento de desahogo. Un momento solo para ti. ​Dylan se puso de pie. El dolor que sentía por Louisa se canalizó en una furia protectora. Por un segundo se sintió sucio, por haber buscado consuelo en esos brazos. ​—Escúchame bien, Miriam —dijo Dylan, señalándola con el dedo—. Te quedarás en esta casa solo por mis hijos. Ellos han aprendido a apreciarte, han pasado por suficiente confusión y no voy a quitarles otra figura de estabilidad ahora mismo. Pero en cuánto a mí... Nunca vuelvas a acercarte. Ni un milímetro, Miriam. ​Miriam se levantó de golpe, la máscara de dulzura cayó por completo, revelando una falsa indignación. ​—¡Solo quería ayudarte! —exclamó ella, alzando la voz—. Yo te aprecio mucho Dylan. Estás tan solo en esto. No es justo que pases por todo sin alguien que te de consuelo…Dylan, piensa objetivamente. Ella prefirió mentir antes que confiar en ti. Ella se irá. Necesitas algo de alivio, una conexión real… y yo te lo ofrezco. Me necesitas… ​—¡Cállate! —la interrumpió él, y el volumen de su voz hizo vibrar las ventanas—. No tienes idea de lo que hablas. Yo no te necesito. La única mujer que necesito está en ese hospital luchando por su vida. Mi corazón y mi cuerpo son solo suyos, y lo serán hasta el último suspiro que ella dé, y mucho después de eso también. ​Dylan caminó hacia la ventana, dándole la espalda para no tener que verla. El rechazo era tan denso que Miriam sintió que el aire de la habitación se volvía irrespirable. ​—Sal de aquí —ordenó él con una calma aterradora—. Ve a preparar el desayuno de mis hijos. Cumple con el trabajo para el que te pago. Y si alguna vez vuelves a confundir tu lugar en esta familia.. Te juro que no me importará lo que piensen mis hijos, estarás en la calle en un segundo. ​Miriam recogió la bandeja. Sus ojos ardían de humillación y de un odio naciente hacia la mujer que, incluso estando a las puertas de la muerte, seguía siendo la dueña absoluta del corazón de Dylan. ​—Te vas a arrepentir de rechazarme cuando estés solo —susurró ella con veneno—. Cuando la realidad te golpee y veas que no hay nadie a tu lado para darte calor, y recordarás con pesar que yo estaba aquí ofreciéndote mi corazón. ​Miriam salió de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco. ​Dylan se dejó caer de rodillas frente a la ventana. El sol finalmente había salido, iluminando el jardín donde Louisa solía jugar con los niños. El dolor de la traición de Louisa seguía allí, punzante y amargo, pero el intento de Miriam solo le había servido para confirmar una verdad absoluta, prefería mil veces el dolor compartido con Louisa que el placer vacío con cualquier otra persona. ​Apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos. ​—Perdóname, Lu —susurró—. No supe ver por lo que pasabas... todo lo que sufrías en silencio. Pero no voy a dejar que sigas luchando con esto sola… Nadie ocupará tu lugar. Ni hoy, ni nunca. ​El "pip-pip" del monitor que había escuchado en el hospital parecía seguir sonando en su cabeza, marcando el tiempo que se les escapaba entre los dedos. Un tiempo que Dylan estaba decidido a pelear, segundo a segundo, contra el cáncer, contra la muerte, contra la voluntad de Louisa de alejarlo. — Te prometí en el altar que te amaría en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad… Y eso haré mi amor. Levantándose, fue a su habitación, se baño y luego de besar a sus hijos en la frente qué se hablaban con Sofía, la enfermera personal de Louisa, en la mesa desayunando. — Iré a ver a mamá. Volveré para ver una película con ustedes, lo prometo. — Papi, ¿podemos ir contigo a ver a mamá? — preguntó Martha. — No princesa. Pero te prometo que mamá volverá pronto. Así que porque no le haces uno de esos dibujos que tanto le gustan a mamá para cuando regrese. Sebastián se levantó de la silla y corrió hacia la sala. Al volver le extendió su mano. — ¿Puedes llevarle el mío a mamá? — era la primera vez que Sebastián decía una frase completa sin tartamudear. Conmovido, Dylan lo abrazó. De repente todos sus hijos lo estaban rodeando en un abrazo. — Te queremos mucho papá. — dijo Martha. Los ojos de Dylan se fijaron en Miriam que observaba el cuadro enternecedor. Sus ojos le hablaron con reproche: “¿Te das cuenta? No te necesito.” Sofía se dio cuenta de que algo había pasado entre ellos y miró a Miriam con desaprobación.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD