Papá de los castigos

1701 Words
Vidal se había despertado justo para meterse en la cama con su hijo un ratito y despertarlo con besos. Alex solía despertarlo siempre de esa manera, llenándolo de amor. Este sonrió y él le dio un beso en la frente; Alex sonrió. —¿Papá, otra vez los bebés no te dejan dormir? —No, los bebés grandes… pero huele a desayuno y no quiero perdérmelo. —Yo sí, tengo sueño —respondió y abrazó a su papá como si fuese una almohada. Vidal le hizo cosquillas y lo cargó fuera de la cama. Alex y su padre llegaron a la cocina justo cuando Consuelo estaba seria, intentando sonsacarle algo a Alice. La pequeña se veía aterrorizada por la pregunta de su madre, y Vidal intervino para intentar bajar los humos. Saludó a su esposa con un beso y un abrazo, y en tono animado dijo: —Mi amor, ¿compraste el desayuno? —preguntó Vidal para aligerar el ambiente, pero sus hijos, detrás de su esposa, negaron con la cabeza. Alice se quedó en silencio y su mamá dejó el tema para saludar a su marido. —Buenos días, cielo. —¿Cómo amanecieron todos y todas? —preguntó antes de recibir una charla feminista y les dio besos y abrazos a sus hijos. —¿Qué enfermedad vas a poner en nuestra justificación como para estar todos de acuerdo desde hoy? —Uy sí, por favor, dinos. —Diarrea y vómitos, comieron algo mal cocido —respondió su papá, y todos asintieron. —Alice, no sé si escuché mal, pero ¿te pegaste con alguien ayer? —Vidal, a mí no me gusta estar hablando de cosas feas, mejor háblanos de ti. ¿Cómo amaneciste? ¿Dormiste bien? —preguntó su esposa, rodando los ojos. —Alice practica karate desde muy pequeña y ayer se peleó contra tres niñas. —¿Le pegaste a tres al mismo tiempo? —preguntó Vidal, y su hijastra asintió. —Sí —respondieron los otros tres. —Alice, estás castigada —sentenció Vidal, y esta lo miró más indignada que a su madre. —Defendí a alguien más. —¿Sabes por qué ibas a karate? —preguntó Vidal. —Para defenderme. —Sí, defensa personal, no ataque sin capacidad de defensa. Lo siento, Alice, pero vamos a desayunar y después vas a ir a tu habitación a reflexionar. Escribirás tres cartas de disculpas… —Castígame en mi habitación, pero no voy a disculparme ni hoy ni mañana por defender a alguien que quiero. —Alice, tu papá te está dando una orden —intervino Consuelo. —Sí, y como no planeo cumplirla, voy a subir de una vez a meditar a mi habitación y a estar castigada de por vida. Tessa le dio un codazo a su hermana. —Já, así se sienten ellas cuando nosotros somos los que estamos dando problemas. —Creo que ellas dan problemas más relevantes —comentó Xavier—, pero está buenísimo el show. —Ustedes dos casi van a la cárcel. Ellas van a terminar con un beso y un abrazo —comentó Anastasia—. Consi, aquí está tu cafecito, amix. Consuelo vio a su hijastra y rodó los ojos antes de reírse. Anastasia sonrió, una sonrisa completa que la terminó haciendo reír. Los seis tomaron asiento y comieron mientras conversaban sobre la semana. Vidal se dio cuenta de que su esposa tenía razón: sabía el patrón defecatorio completo de sus dos hijos menores, pero estaba perdiendo datos importantes en la vida de sus hijos mayores. —Tal vez necesitemos una salida esta semana. —Oh, sería riquísimo salir todos los mediodías a almorzar —propuso Tessa. —No todos, pero de vez en cuando, Tessa —respondió su padre. —Hay una ensalada Río Frío en Mochigans que está espectacular. —Le ponen carne a término medio o pescado muy frito, ya lo probé, es tu tipo. —¿Viene con bacon? —preguntó Anastasia. —Sí, pero yo pedí un extra de bacon y un extra de aguacate. Estuvo espectacular, casi no me la como, y mi parte favorita es que trae una tortilla de plátano frita. —¿Un patacón? —preguntaron Consuelo y Xavier. Alex los miró a ambos y asintió. —Es muy parecido —Anastasia se rió. —El que come patacón y cree que es tortilla frita —dijo Anastasia en medio de risas, y todos le siguieron ante la cara de indignación de su hermano. Vidal acarició la espalda de su hijo y preguntó: —¿Cuánto pagaste? —Tú pagaste —respondió, y todos se rieron más con lo enojado que estaba Alex. Natalia bajó y las risas la hicieron dirigirse al comedor. Saludó a su mamá con un beso en la mejilla, acarició los hombros de Vidal, saludó a sus hermanos y tomó asiento antes de beber jugo de naranja. Se quedó en silencio, meditando, reflexionando. —¿Qué te pasa hoy? —preguntó Tessa abruptamente—. ¿Vas a irte o intentar matarte? —¡Tessa! —se quejaron sus hermanos. Vidal miró a su hija incrédulo antes de regañarla. Anastasia le recordó que su papá estaba repartiendo castigos, y ella replicó que ya estaba castigada como por dieciocho años, así que no le podían castigar más con impacto. Consuelo le sugirió que no lo provocara. —¿Qué? Una se va, la otra se rebela… lo siguiente es matarse. —Estaba apreciando la luz de la mañana, despertarme aquí, en esta casa, con ustedes… pero el pesimismo también alimenta, Tessa —respondió—. ¿Qué pasó con Alice? —Está castigada. —¿Por qué? —Le contestó a papá y decidió no estar castigada por lo que él dijo, sino por lo que ella considera. —¿Cómo empezó todo esto? Los chicos le resumieron la conversación y el castigo a su hermana mientras Consuelo se acomodaba para amamantar a su hermanita. Índigo tenía la costumbre de buscar la blusa de su madre para agarrarse. Xavier recalcó lo natural y necesario que era alimentar a sus hermanos más pequeños, pero sugirió que su madrastra se cubriera. —¿Por qué? —preguntaron las chicas. —Eso se ve dolorosísimo. Mira, no… terrible. ¿Te duele, verdad? —Es raro, pero no tan doloroso —comentó Consuelo. —Uff, no, no, gracias —respondió Tessa y se sacudió. Mariana finalmente bajó de su habitación y, antes de tomar asiento, se disculpó con sus hermanos y sus papás por la angustia que les hizo pasar. Los chicos asintieron. —Lo importante es que estás bien, estás en casa —comentó Xavier. —Sí, siempre puedes volver. —Bueno, cuando tengas cuarenta, esperamos que vengas y te vayas —comentó Anastasia—, pero por ahora nos gusta que estés todos los días. Sentimos tu ausencia. —Gracias, Anastasia. —No es nada, te quedan excelentes los moños. Mariana sonrió y se sintió conmovida. Anastasia fue hacia su hermana mayor, le dio un abrazo y un beso. Mariana la mantuvo cerca unos segundos más antes de darle las gracias por su muestra de afecto. —Sí, me imagino. —Y es raro, pero ya les tomé cariño a las cuatro. Entonces, si no estás, siento como que perdí algo importante, ¿me entienden? Mariana asiente y sus ojos se ven algo llorosos. Anastasia se pone en pie y va hacia su hermana mayor, le da un abrazo y un beso. Mariana la mantiene cerca unos segundos más antes de darle las gracias por sus muestras de afecto. Ella finalmente toma asiento al lado de su hermana y se bebe el resto del jugo de Mariana. Vidal va al refrigerador y rellena el vaso de sus dos hijas. —Mariana, lo único que importa es que estás bien, segura y en casa. —Sí, pero de todas formas, con todo lo que te amamos y queremos que estés aquí, y agradecemos a Dios porque estés bien… estás castigada, hijita —responde Vidal. Su hijo se queja en su cochecito; ni los más pequeños pueden creer lo que escuchan. Los demás ruedan los ojos, bufan y su mujer lo mira sorprendida. —Tu mamá y yo hablaremos y te informaremos en qué consiste tu castigo. —Uhh, si fuera mi hija, yo le quitaría el celular y no la dejaría salir por meses. Le daría una comida al día y un vaso de agua. —¿Se le permite respirar? —pregunta Consuelo, sarcástica, a Anastasia. —Sí, pero tal vez dormir de pie —sugiere Anastasia, y su hermano se ríe. Consuelo, Vidal y los bebés van a dar un paseo por la propiedad mientras los demás limpian los platos y se bañan. Consuelo toma a su esposo de la cintura y le da un beso en la mejilla. —Gracias. —¿Por qué? —Ayer sentí que me iba a volver loca, que era la peor mamá del mundo. No sé, como que el corazón se me salió de su lugar y perdí la cabeza mil veces. Y tú estuviste ahí, haciendo llamadas, cuidando a los niños, cuidando de mí… Y todavía, cuando sentí calma y estaba confiada de que todo estaba bien, tuviste la sabiduría de ir a consolar y calmar a las niñas. Eres un papá fantástico y un esposo inigualable —comenta, y Vidal sonríe. Él le da un beso en los labios. —¿Qué te diré? No solo soy una cara bonita y un cuerpazo. Consuelo se ríe y lo llena de besos. —¿Qué voy a hacer contigo? Los Vidal observan tres autos aparcar frente a su casa y, de ellos, sale un grupo gigante de gente. Los dos deciden caminar hacia la entrada. Consuelo va casi segura de que son los servicios de protección infantil que vienen a llevarse a sus hijos. —Cálmate, cielo. —¿Qué tal si vienen por Alic? Hmm… Estoy casi segura de que sus papás son millonarios. ¿Qué tal si…? —Cálmate, Consuelo, cálmate —le pide Vidal y pasa su mano por su espalda—. Nadie se va a llevar a Alice —asegura.
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