Traumas paternales

1556 Words
Consuelo había sido entrenada por las mejores adolescentes del mundo, pero no por la aborrescencia de Alice y su hermana. Las dos pasaban muchísimo tiempo arreglándose, más de lo normal, intentando aparentar ser mayores de lo que eran. Su madre las vio seria, y ambas terminaron de retocarse el pelo para irse antes de que la furia de la señora Vidal se activara. Su madre caminó detrás de ellas y finalmente les anunció a los tres graduandos que podían bajar. Era una locura. Que se fuera Xavier le parecía una agonía, Tessa un castigo, pero estaba demasiado segura de que Alex elegiría una universidad en el extranjero, tomaría los cursos más demandantes y lo vería poco, y todo al mismo tiempo que sus dos hermanas se irían también a la universidad. Lo que más o menos le reconfortaba era que las opciones de Natalia y Mariana —a quienes les había costado mucho más el colegio— eran opciones mucho más locales. Esperaba, al menos, fines de semana juntas. Los vio bajar a los tres vestidos con sus togas y birretes, y aplaudió. Sus hijos se rieron antes de aplaudir con ella. Vidal les tomó todas las fotos posibles con su cámara, sin importar que su esposa había contratado a un fotógrafo profesional. Una hora más tarde, salieron finalmente a la graduación de sus hijas primero —porque la de ellas era en la mañana— y después irían a la de Alexis, quien dejó sus cosas en un gancho en el carro. —Detestaría que se me arrugue el traje, ¿sabes?, tengo que dar un discurso. —Hijo, confía en el proceso —comentó su padre y le acarició la espalda. —Ustedes dos, ¿cuál es el plan? No han dicho nada de la universidad —comentó Tessa, y sus hermanas se giraron a verla molestas. La joven de inmediato no supo dónde meterse, porque sabía que la había cagado, y sus padres intentaron no estresarse con el tema. —Falta mi graduación. Ya agradecería no tener a toda la familia peleada para ese momento. —Sepan que elijan lo que elijan… —No, no voy a comprometerme a eso. Ni Vidal, porque esa seriedad dice cosas. —¿Recuerdas el bote de clonazepam que le robamos a mi abuela hace unos mesesitos? —comenta Alice mientras toma la mano de su mamá—. Vas a necesitarlo. La graduación de sus hijas se les hizo muy emotiva. Vidal sabía que no las había visto crecer, no había sido partícipe de la decisión de su adopción, pero definitivamente se sentía como lo que era: su padre. Y no estaba listo para dejarlas ir aún. —Tal vez si les proponemos un sabático... —Sí… hay que ver. —¿Qué te tiene pensativa? —Me gustaría que Natalia no tome esa decisión en base a Ashton, pero no la podemos forzar. —En el mejor de los casos, sabrá ser sabia… —Te amo mucho —responde Consuelo, y le da un beso a su esposo. Luego van con los niños a esperar a sus hijas, que si confeti, rosas, regalos y un montón de felicitaciones. Asisten a la segunda graduación del día, y esta vez, además de ser los papás más orgullosos, escuchan las palabras de su hijo, que les terminan de explotar el corazón. Alex había iniciado saludando y agradeciendo a sus profesores y compañeros por el espacio, pero había sorprendido con la calidez de sus palabras. —Una frase que me repiten constantemente en casa es: "No te lo tomes tan en serio, Alexander". Yo soy hijo de cuatro artistas. Mi madre fue bailarina profesional, mi padre es guitarrista, el hombre que marcó mi vida con su amor y su calidez. Mi papá es uno de los mejores pintores de la historia, y mi mamá, Consuelo, es la reina del arte de amar. En ella me inspiré para hacer este discurso, porque es la que siempre dice: "No te lo tomes tan en serio, Alex". Pero es la primera en apoyarme, sin importar lo pequeña que sea la tarea o lo grande. Es la primera en empujarnos a cada uno de nosotros hacia nuestros sueños. Yo me crié en un mundo amplio, con más papás y mamás de los que tiene normalmente una persona, con tantos hermanos que necesitamos una buseta especial. Y estoy agradecido por la experiencia, por haber crecido viendo eso, por saber que cuando sea difícil, hay muchas personas en mi equipo, jugando a mi favor o simplemente esperando para abrazarme. Sé que la universidad, más que un reto, es una experiencia, y espero poder absorber de ella cada momento: aprender, crecer, vivir y, por qué no, lograr todos los éxitos que me proponga. Y sé que todo es posible si estás dispuesto a reinventarte, porque eso es lo que mis papás me enseñaron. Y espero que ustedes entiendan eso: será difícil, será agotador, pero cada momento de ese proceso hay que vivirlo con todas las ganas. Sus papás aplaudieron, le lanzaron besos, y cuando bajó del escenario no dudaron en abrazarlo con locura y amor. En casa los esperaba una fiesta enorme, con todos los globos, comida y familia posibles. La fiesta estaba tomando un curso abrumador para Marina. En medio de las opciones de Natalia para estudiar y las súper oportunidades que se le habían presentado a su hermano, sentía que no lo había hecho igual de bien, y tampoco tenía claro qué quería hacer. Sus papás le dieron una copa con un mocktail, y la miraron sonrientes: —¿Qué quieres hacer, cariño?—pregunta Vidal— Porque aquí puedes quedarte un tiempo más y volver a intentar ir a una universidad. —Entré a la carrera que quería—confiesa Mariana. —¿Y por qué no estás feliz? —Creo que con mis problemas de aprendizaje, ir a la universidad será eterno. —¿Sabes cuánto tardé en graduarme finalmente? —No, pero eres médico y súper inteligente. —Lo soy, y además muy guapo —bromea Vidal, y su esposa se ríe—. Pero fueron catorce años. Mis amigos tenían trabajos, ascensos, hijos, como debían. Y yo sentía que era demasiada la locura. Y aquí estamos… Todo toma tiempo, hija. Si te toma un poco más, vamos a estar ahí empujándote un poquito más. Que va a ser difícil, lo sé. Que hay mejores opciones que otras, también. Pero has puesto tanto empeño en todo que te mereces probar. Y si no funciona, nos apuntamos a un plan B o C, siempre y cuando desees esforzarte —comenta Vidal, y su hija asiente y le da un abrazo. —Gracias, papá. —Te amamos mucho, princesa. —Ey, familia, quería hablar con ustedes tres en concreto —comenta Natalia, y sus papás comparten una mirada fugaz antes de decirle: —Te escuchamos, cariño. Natalia y Ashton llevaban casi cuatro años juntos, o sea, habían sobrevivido al colegio, a la ida de Ashton a la universidad, a estar algo separados, y hacían su relación funcionar de una forma u otra. Y si bien el joven no se había ganado el cariño de sus suegros, sí se había ganado su aprobación. —Ashton y yo hemos decidido irnos a vivir juntos. —No me parece, hija —responde Consuelo de inmediato—. Mudarse juntos es un gran paso. Natalia les da el celular para que vean el apartamento y sus papás casi convulsionan tres veces. Es un buen lugar, y la explicación que le sigue es muy convincente: —Tengo dinero ahorrado. Ya he puesto parte para la renta del lugar. Es pequeño, seguro, y tengo un trabajo. Planeo seguir trabajando y estudiando, y me encantaría no irme enojada con ninguno de ustedes ni en contra de sus opiniones porque los amo. Pero también creo que esto es algo que quiero hacer con la persona que estoy eligiendo para el resto de mi vida. —No me gusta que dependas económicamente de un hombre —comenta su madre, y Natalia le recuerda que ella está trabajando. —Natalia, ¿cuál es el plan? ¿Pagarte la carrera, el apartamento… de un salario haciendo qué? —Sí, y la doble titulación que te estabas planteando, hija. ¿Pensaste en eso? Hay toda una vida para irse a vivir juntos. Y Ashton también necesita terminar la carrera, madurar. O sea… ¿qué opinan sus papás? Ashton, ¿esto…? —A sus papás les da igual, y él también tiene trabajo y está con sus proyectos. O sea… no es imposible. Vidal vio el dolor en los ojos de su esposa y la preocupación en el rostro de Natalia, y les propuso a ambas más tiempo para pensar qué era lo mejor para todos, incluido Ashton. Qué era lo que Natalia podía hacer mejor para sí misma y qué calzaba con planes razonables. Índigo e Iman Vidal le pidieron al DJ que les diera un espacio para que su hermano pusiera música “de verdad”, y luego empezaron a bailar como si estuvieran drogados en una discoteca. Sus tíos no se resistieron y se contagiaron, y sus papás, quienes estaban tomándose un momentito, decidieron unirse a la fiesta de esos dos, porque les quedan unos quince años más de traumas paternales.
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