Consuelo y Vidal habían preparado un desayuno por todo lo alto: que si pancakes, waffles, huevos de una forma u otra, frutas, verduras (porque Alice creía que no había nada más saludable que tortilla, huevo y vegetales). Su hija no sabía cómo enloquecerlos más, y Alexander se preparaba un emparedado maravilloso, espectacular. Habían logrado contener a los mellizos todo lo que les fue posible; hasta les dejaron ver televisión para darles un chance a los demás de descansar, y les prohibieron absolutamente despertar a Xavier. Por eso, cuando bajaron cargados por su hermano mayor, su madre los miró con los ojos entrecerrados y frunció el ceño.
—Mamá, buenos días. No sabes, me desperté solo, por mi propia cuenta, sin que nadie me mirara fijamente o le hablara a mi hermano. Fue una casualidad muy feliz.
—Ajá… —responde Consuelo—. Luego los hermanos no quieren venir a visitar y se van a casa de su mamá.
—Yo le hablo a mi tía Francesca para que no le abra la puerta. Xavier vive aquí con nosotros, que yo sepa.
—Xavier vive en otro país, está de visita. Nadie va a llorar cuando Xavier se vaya de nuevo a su casa.
—Ay, Xavier —responden sus hermanos. Xavier los pone en el suelo y los dos le señalan en cuál lugar, muy sugerentemente, debía poder tomar asiento. Xavier fue junto a ellos, sirvió jugo de naranja para los tres, le preguntó a Índigo qué quería de desayunar y luego a Iman. Los dos fueron muy específicos.
—Dije cuatro fresas sin picar, y una tajadita de mango y otra de papaya. Lo hiciste mal —Tessa los miró divertidísima.
—Tú creías que yo era exigente…
—Sí.
—Enmienda tu error —Xavier vio a su hermana pequeña y no pudo evitar reírse mientras lo hacía. Iman se disculpó y le preguntó a su hermano al oído si no sentía unas ganitas de orinar. Xavier le recordó que él fue al baño arriba, e Iman lo miró extrañado antes de salir al jardín a orinar, en contra de los llamados de su madre. Vidal, por su lado, encontraba las excentricidades de higiene de su hijo divertidísimas.
—¡Indi-gooo!
—¿Ocupas papel?
—Sí.
—Caga en el patio.
—¡Vidal! —le llama su esposa, y él se ríe infinitamente. Sus hijos se ríen de Consuelo y su indignación, y todo empeora cuando su hija menor va con un balde y papel higiénico.
—¿Qué está pasando?
—Llevamos días encontrando mierda por el jardín, y a papá se le ocurrió que eran monos. Aparentemente son ese par y sus locuras.
—Haz algo.
—No puedo, me estoy riendo. Los quiero regañar, pero eso es trabajo en equipo y estrategia.
Todos se ríen de Consuelo, quien sale al jardín y les pregunta por qué están haciendo eso, que si están locos, y regaña a los dos. Luego manda a su marido a recoger los desechos, y él va al jardín a limpiar un poco. Una media hora después, entre bromas entre hermanos, todos logran desayunar. Consuelo se ve furiosa, y su esposo le acaricia la espalda.
—Catorce habitaciones y quince baños hay en esta casa. Ya esto es una locura.
—Bueno, mamá, ¿sabías que los nómadas cagaban al aire en la posición correcta?
—¿Dónde aprendiste eso de los nómadas? ¿En la escuela?
—Alice me lee su materia, y Alexander me explica lo que no entiendo.
—Ahh… pensé que me estabas ayudando. Es que siento que la historia debe ser contada —comenta su hermana, y su madre asiente, molesta ahora hasta porque los niños hayan escuchado sobre los nómadas.
—Alice lee muy bonito, así como Alexa o Siri —comenta Índigo.
—Ahh sí —responde su hermanito—. Y todo muy interesante, siempre. Muy educativo.
Xavier no se había dado cuenta de cuánto extrañaba a su familia, pero le parecía encantador todo, desde la travesura de sus hermanos, hasta las peleas entre Tessa contra Alice y Anastasia.
—No puedo dejar nada aquí y, aparentemente, voy a tener que colocar un candado o un PIN de seguridad. Ladronas del culo.
—Qué mal nos tratas, fue solo un abrigo y planeábamos devolverlo.
—Yo sí me llevé unos accesorios, y unos lentes, Tessa. Pero si no te los llevaste no es como si te encantaran, y yo los uso todo el tiempo. En lugar de regañarnos, deberías agradecernos por evitar el deterioro de las cosas.
—Necesito que como mínimo las castiguen.
—La verdad, ustedes dos tienen sus propias cosas —comienza Consuelo—. Regrésenle a Tessa sus cosas, por favor. Hoy mismo.
—Van a ver todo lo que se van a robar de ustedes dos y se les va a borrar la sonrisa.
—Tú no tomabas mis cosas cuando vivías aquí.
—Sí, cuando vivías aquí, y yo te pedía permiso.
—Solo me avisabas.
—Qué pesado, Xavier.
Sus hijos vuelven a la pelea extrema, y Vidal y Consuelo ven al menor de la casa con sus hermanos conversando con total naturalidad, porque son súper amigos; a Anastasia y Alice defendiéndose a muerte, y a Tessa, Mariana y Natalia escuchándolas listas para replicar. Xavier y Alexander están revisando sus celulares para marcar fechas y reunirse en el futuro.
—Mamá, wow, qué linda eres —comenta su hijo, y ella se ríe antes de caerle a besos.