Tres años más tarde
Consuelo y Vidal estaban en el aeropuerto esperando a su hijo mayor. Vieron a Francesca llegar con sus dos hijas. Tessa se acercó primero a saludarles y Anastasia les mostró sus carteles. Su papá sonrió y le dio un beso y un abrazo. Anastasia estaba horriblemente alta y preciosa. Sus nuevas pesadillas: Alice y Anastasia preadolescentes.
—¿Cuánto tiempo viene mi hermano?
—Se queda un mes. Viene a la graduación de tus hermanos, Navidad, y se devuelve a mediados de enero a trabajar. Eso piensa.
—¿Viene con su nueva novia o…?
—No dijo nada de novias, pero si viene con una, la vamos a tratar bien —comenta Francesca, y sus hijas elevan las cejas.
—¿Dónde están los demás?
—En casa, esperándonos para la sorpresa… en casa…
—No es por establecer escalones, pero nosotras somos más sus hermanas.
—Llama a Índigo y cuéntale —comenta Consuelo divertida, y Tessa se ríe.
—Aparte de Índigo, que cree que es su gemela emocional.
—Oh… ahí viene, con un chico… ¿es gay? —pregunta su mamá, y su papá niega con la cabeza.
—Seguro bisexual. Oh, miren la zorra a la que le está ayudando…
—Tessa —dicen todos al unísono.
—¿Esa es su banda o… cómo se le llama? —pregunta Francesca.
—Son sus compañeros y amigos.
—¿Tú sabías que venían?
—Como una semana, a hacer turismo —responde Consuelo a Francesca.
—Entonces le hemos pagado un boleto para no verlo.
—Yo esperaba que viniera a pasar tiempo con sus hermanos.
—Sí… fatal.
—Sonriamos —le dice Consuelo, y Anastasia levanta su cartel.
Su hermanito era una superestrella de la composición. La música, desde que Xavier estaba más metido en ella, se les hacía rarísima. Porque, honestamente, todo el mundo sabe quién es el cantante de lo que suena en la radio, pero muy pocos saben quién es el compositor. Y Xavier llevaba tres éxitos pegados en la radio durante un año y medio. Una locura. A Vidal en específico le encantaba, porque cuando Xavier le dijo que no iba a ir a Berklee, le pareció una locura, pero aceptó que fuera a la escuela de artes Tisch, y le estaba yendo bien. Además, seguía teniendo tiempo para componer.
El joven tomó la mano de su mamá y la de Consuelo, y los abrazó a los tres al mismo tiempo, porque no quería las ideas conspiranoicas de su mamá sobre a quién amaba más, ni las ideas locas de Consuelo de que la amaba un poco menos que a sus papás, o a su papá sintiendo que quería más a su mamá. Era más fácil de esa forma.
—¿Por qué andas con gorro?
—Me corté el pelo.
—Ahh —dice Anastasia—. Perdiste una apuesta.
—Se me ocurrió.
—¿Tuviste piojos, hijo? ¿O sarna? —pregunta su mamá asustada, mientras lo escanea con la mirada.
—¿Estás comiendo, mi amor? —pregunta Consuelo mientras le manosea las costillas.
—Dame un abrazo solo a mí —dice Vidal, y lo abraza con todas sus fuerzas.
—Sabes que la sarna es altamente contagiosa —comenta su madre, y Xavier se ríe.
—No tengo sarna, mamá, ni piojos. Me corté el pelo para verme más serio en ciertos papeles…
—Está funcionando —responde Tessa con el ceño fruncido.
—Te ves guapo, y tu papá y tu hermano podrían sentirse…
—No, mi amor —responde Vidal.
Xavier les presenta a Leyla, Marco y Pando. Los dos chicos con una pinta que, si ellas no fueran las madres de Xavier, Vidal se hubiese desmayado. Y más bien, les hizo sentir esa alegría de ver que no había tatuajes ni piercings extraños, y que aunque sea una vez, la semana anterior su hijo había tomado una ducha. A Francesca, en especial, le gustó la chica, porque estaba muy bien arreglada, muy formal, parecía una buena chica. Los amigos se irían en el auto de Francesca para que Consuelo y Vidal le sacaran toda la información posible a su hijo.
—Mi amor, ¿cómo has estado? —pregunta su madrastra.
—Bien, Consu, todo está bien. Muy ocupado, a veces cansado, pero normal, ¿no? Así es la vida de adulto. Y es más fácil cuando tu papá y tu madrastra te pagan las cosas, te mandan comida sorpresa… y te pagan el boleto para venir a verte.
—Te estás portando extraordinariamente. Nos tienes demasiado orgullosos. Esperamos que tu vida sea siempre así, hijo: buena y feliz —comenta Vidal—. Pero no le digas a las demás, sobre todo a Tessa, a quien he tenido que limitar a ir una vez al mes a hacerse el pelo.
—¿Cuántas veces estaba yendo?
—No sé, pero se quedó sin dinero y con el pelo espectacular. La voy a matar uno de estos días, de verdad. Es igual que su mamá, no sé qué tienen en la cabeza.
—Me encanta ser el hijo favorito de esta familia.
—Alexis me tiene muy feliz —su madrastra se ríe.
—Soy un papá muy orgulloso. Siento que lo hemos hecho muy bien… espectacular.
—Sí —responde Consuelo, y su hijo, en la parte de atrás, se ahoga de la risa.
Cuando llegan a casa, han hablado de todo excepto de las visitas, y los dos saben que Francesca querrá matarlos. Pero hay un montón de gente en casa: todos los tíos, tías, abuelos, primos, primas, esperando la llegada de Xavier. Este se ríe y les asegura que lo van a malacostumbrar a tanta atención.
—No parece que saben que me graduo c*m laude, ¿eh? Ni que entré a todas las universidades que me propuse. Todo porque saben que escribo un par de canciones, lo cual es altamente ofensivo a todo lo que trabajé para poder ir a donde sea que vaya —Su hermano lo abraza, y él comenta que pueden seguir discutiendo su vida y sus caprichos cuando él quiera, pero nada más desea abrazarlo con todas sus fuerzas.
—Ya es mi turno. Ya no fui al aeropuerto. ¡Ya todo! Déjame, Alex —se queja Alice, y Xavier le hace un hueco para abrazarla.
—¿Por qué has crecido tanto? —le pregunta, y la llena de besos.
Mariana y Natalia le recuerdan que ellas existen, y Xavier se ríe, les da un abrazo y las llena de besos. Sus hermanas estuvieron con él unos meses antes visitándole, pero le gustaba ver a Natalia mucho más segura, y a Mariana mucho más feliz por haber terminado el colegio.
Xavier vio a sus hermanitos esperando para saludarlo. Agui también parecía mucho mayor. Su mamá los había llevado un par de veces, pero es una locura que Fran y Aug fueran así de mayores. Su hermana, a diferencia de las otras, era mucho más tranquila, todo parecía no importarle. Su hermano le dio un beso, un abrazo y le susurró al oído que tenía sorpresas para ellos. Los dos sonrieron.
La fiesta pasó entre saludos, gente, presentaciones, comida y un montón de risas. Sus padres parecían felices, sus hermanos estaban creciendo y formando sus propias vidas. Era una locura.
La mañana siguiente se sentía irreal. Índigo e Iman habían despertado a todos sus hermanos, como todas las mañanas. Y aunque les dijeron que tenían que dejar descansar a Xavier, habían logrado entrar a la habitación, meterse en su cama y buscaron la forma de despertarlo lo más naturalmente posible.
—Ey, ya abriste tus ojitos, vamos a desayunar con los otros, ya los despertamos.
—Recuerda: tú te despertaste solito, porque querías —comenta Iman, y Xavier sonríe mientras se restriega los ojos.