Consuelo había despertado temprano para alistar a su hija con un peinado extraespectacular y llevarla a su entrenamiento. Anastasia llevaba la semana rara, pero cuando le insistió varias veces en que no se bajara del auto y no la acompañara, ella la ignoró con todas sus fuerzas y la observó caminar hacia el interior. Se encontró con Francesca esperándolas con un café para ella y un batido postentreno para su hija menor.
—Hola, mamá. Hoy vino mi madrastra.
—Hoy vine a verte.
—Me ves en la casa más de ocho horas. Teletrabajas enfrente de donde estudio, Consuelito...
Anastasia les lanza un beso y se va a entrenar. Su entrenadora la saluda con una sonrisa y le acaricia la espalda. Francesca le ofrece a Consuelo un café adicional y las dos se quedan observando el entrenamiento. A Francesca no se le escapa la mirada de dolor después de los saltos de su hija, ni a su entrenadora. Consuelo la ve caer y quedarse en el suelo, y se pone en pie. Va hacia la entrenadora y le pregunta qué le pasa a su hija.
—Creo que está lesionada, y no quiere decir. Pero si lo está, la voy a suspender.
—Anastasia —la llaman su madrastra y su madre.
La pequeña se acerca a ellas, y la entrenadora es la primera en preguntarle qué le duele y qué le está pasando.
—Nada, solo es una incomodidad —responde.
La entrenadora le revisa los tobillos, busca signos de esguince, pero Anastasia no se queja, a pesar de que le está manipulando los pies con firmeza. La pequeña se encoge de hombros y reconoce que no se siente bien. Su mamá le toca las mejillas y la encuentra algo caliente.
—Tú sabes que eso no tiene base médica o científica —comenta molesta la pequeña. Su madrastra le recuerda que ella y su papá tienen un pacto respecto a la salud.
Ella se queda quieta y después dice:
—¿Puedo irme a mi casa?
La entrenadora, Consuelo y su madre le preguntan qué le duele. Anastasia se queda limpiando el gimnasio con tal de estar ahí. Se sabe las rutinas de todos. Si no quiere estar ahí, es grave.
—Okay, pequeña, vamos a llevarte con un médico —comenta su madre.
Anastasia se encoge de hombros, como si no pasara nada.
Vidal estaba alistando las meriendas de sus hijos y apurándolos para llevarlos a la escuela. Todos se sorprendieron cuando Antonia llegó, y no tardaron en conspirar.
—¿Le pasó algo a Anastasia? —pregunta Tessa.
—¿Dónde está Consuelo?
—Fue a ver a Anastasia entrenar.
—Yo siento que Anastasia y yo merecemos celulares para comunicarnos directamente con nuestros otros hermanos.
—Mi amor, no te van a dar un teléfono, pero gracias por intentar. Me has hecho la mañana —comenta su abuela y le da un beso en la frente.
Vidal sonríe y le da las gracias a su mamá por ir a ayudarles con los pequeños. Índigo sonríe mientras se lleva un pedazo de piña a la boca con mucha pasión, y su hermano intenta sacarle del plato.
—Iman, tú tienes tu propio plato —le comenta Alexander antes de apartar su mesa de la de su hermana.
El pequeño se enfurece y su papá le regaña antes de apurar a los adolescentes al auto.
Se los lleva a las escuelas y colegios sin ayuda de Ramón y se encuentra con su esposa y exesposa en el hospital, batallando con la reina del “no quiero” y “no autorizo”. Su papá la ve furiosa, maltratando al personal de salud, y niega con la cabeza, cuando para colmo su padrino, el director del hospital, ha bajado a sacarle sangre.
—La verdad, muy pocos conocen tu técnica. Muchas gracias por venir, me parece un abuso... esto, tío Arturo. Aparentemente, nunca nadie ha tenido fiebre en el mundo.
—Cuéntame dónde te duele, ¿qué pasa, muñeca...?
—Nada. Estas dos... que no aceptan que podría ser una gripe.
—Mamás ineficientes —comenta Arturo.
Francesca le da una mala mirada. Consuelo se atreve a pisarle el pie. Anastasia se ríe.
—Ya terminé, princesa. Ahora, voy a revisarte, porque eres la paciente más especial de todo este hospital —Arturo ve a Vidal—. ¿Sabías que mi ahijada pidió estrictamente por mí?
—¿Qué voy a hacer cuando te retires...? Pero cuando te mueras... —Arturo se ríe.
—Puedes llamarme en mi retiro. En mi muerte, déjame descansar —comenta mientras la revisa por aquí y por allá.
Su papá se acerca a la cama y le quita los zapatos. Ve exudado en sus pies, le quita las medias. Anastasia se queja durante todo el momento hasta que grita rogando que se detenga.
—Anastasia... ¿qué te pasó en los pies? —pregunta su mamá.
—Nada, solo tengo una heridita y él me está lastimando.
—Tienes sangre en la media, Anastasia. Eso no es una heridita —comenta Vidal con sus pies sujetados mientras busca unas tijeras.
—¡Me duele! ¡Dile que se detenga! —grita asustada.
Su papá la mira muy preocupado. Arturo niega con la cabeza y asegura que se trata de un pie de bailarina. Su papá niega mientras intenta quitarle las medias con la tijera y unos guantes. Su mamá manda a pedir medicamentos, una bandeja para curar heridas, suero para aflojar la media. Se ata el cabello y se lava bien las manos para tratar de destapar lo que Anastasia se ha hecho en los pies.
—Esto me preocupa —comenta Francesca mientras descubre los dedos de su hija, la planta de los pies—. Esto es autoinfligido.
—Tuve un accidente.
—Esto es provocado y no me vas a convencer de lo contrario.
—Tuve un accidente en ballet y me arranqué un pedacito, y luego otro.
—¿El pedazo se arrancó en los dos pies? No, ¿verdad? Entonces te tomó tiempo arrancarte eso, y te dolió, y seguiste. Y llevas días caminando sobre esto, al punto que se sobreinfectó. No está bien, Anastasia. Eres demasiado inteligente como para no entender que no está bien. Y como tu mamá, lo acepto: probablemente —muy probablemente— es mi culpa. Como tu médico voy a ordenar una interconsulta con psiquiatría, y si ellos consideran que debo dejarte internada, voy a acceder. Porque esto es grave, es serio.
—Uno no debería ser atendido por la familia... —comenta Anastasia.
—Tu mamá es la mejor especialista en heridas del mundo, así que te aguantas y te quedas en silencio, reflexionando lo que acabas de hacer —comenta su papá, mientras se sale para hacer unas llamadas.
Consuelo le toma la mano, y Anastasia siente el impulso de empujarla y rechazarla, pero tiene bastante dolor y bastante miedo. Su madrastra le acaricia el pelo y le asegura que si quiere rabiar, puede hacerlo, y si quiere gritar, también.
Francesca toma horas en limpiar las lesiones de su hija y curarle los pies por completo. Le asegura que no va a poder ir a sus clases de ballet ni hacer nada con esos pies por un tiempo.
Emma trae flores amarillas con ella. Ve a Francesca y Anastasia desde fuera, las escucha discutir por un buen rato, y observa cómo Consuelo está acomodada como un escudo.
—Anastasia, necesito que entiendas la seriedad del problema —dice Francesca mientras se quita los guantes, enojadísima.
Su hija lleva un rato llorando en silencio entre los brazos de su madrastra y se aferra a ellos.
—Ya la regañaste, no una sino tres veces. Ya la curaste sin anestesia, con bastante dolor. Ya fue suficiente, Francesca, porque Anastasia hace esto desde hace demasiado tiempo, y ella y yo sabemos que está mal. Está mal emocionalmente porque su mamá impulsivamente se casó de nuevo.
—No todo lo que le pasa es por mi culpa.
—¿Y qué tal si lo es? —pregunta Consuelo.
—El 70% de lo malo que les pasa a los hijos es culpa de la mamá, un 5% culpa del padre, y el resto culpa de ellos. No es científico, es una estadística que creé mientras criaba a mis hijos. Si dejan el cuaderno, ¿a quién crees que culpan? A la mamá. Si los confrontan, puede que se echen la culpa, pero si es demasiado, los papás salen trasquilados. Así es la vida. Entonces, Vidal se casó y a tus hijos ni les inmutó, y tú te casaste también por tercera vez, después de serle infiel a tu segundo esposo —la persona con la que tus hijos se criaban, el papá de sus hermanos—. Definitivamente, si la niña se arrancó los pies, es tu culpa, Francesca. Y por el bien de tus hijos, ve a terapia. La necesitas. Necesitas dejar de ser el centro de este ciclón de autodestrucción —comenta y le entrega una flor.
Emma toma asiento al aldo dea nastasia y le entrega las flores, Consuelo le da las gracias por venir a visitarla y la muejr sonríe divertida.
—Ahora, mi amiga Anastasia, ¿qué haces aquí...? Cuéntame, ¿tengo que encerrarte, te visito en tu casa, o te vienes a vivir conmigo? Ya yo soy muy fan de tu familia... Honestamente, tu papá cada vez que me llama me ofrece cifras impresionantes, pero contigo tengo el feeling de que nos vamos a beneficiar mutuamente.
—¿Por qué?
—¿Has escuchado del niño interior?
—Sí...
—Tú me recuerdas mucho al mío, y creo que si te arreglo antes de que sea tarde, me hará más feliz que el millón de dólares con el que competí con tu padre. Es un pésimo negociador. Que nunca apueste la casa, ¿vale? —Anastasia se ríe.
—No sabes las cosas que le he hecho comprar —las dos se ríen.
—No estoy loca, ¿verdad?
—No, mi amor. Estás dolida, y necesito que descubras por qué y cómo dejar de estarlo.