Mi hija

1524 Words
Alice era una niña feliz. No tenía una vida normal, no tenía hermanos, no conocía a demasiada gente más que a los empleados de la casa y siempre estaba acompañada por su mamá y su papá. Estaban juntos casi siempre, hasta que las cosas se pusieron un poco más complicadas. Hay líneas de trabajo que son incompatibles con la paternidad presente y cálida, hay líneas de trabajo que solo te prometen la muerte, y la de ellos era una de esas. Si no era una banda, sería la otra, y entonces decidieron comenzar a preparar a su hija. El plan era fácil: fingirían su muerte, solo quedaría Alice, entraría en el centro de adopciones y una familia manipulable y de fácil acceso se quedaría con su hija. Todos los planes fallan. —Vamos tarde, mamá —se queja Alice. —Mi amor, no vamos tarde —le advierte Consuelo—. Es un playdate. —Sí, pero luego Leonor se tiene que ir, Anastasia se tiene que ir, es mejor estar temprano —se queja y da un zapatazo. Consuelo la ve seria y ella camina hacia el auto. Vidal le da un beso a su esposa y otro a su hija. Consuelo saca la canasta con la comida y va corriendo hacia el auto. Su hija sonríe cuando sube finalmente y llama a Anastasia, quien trae sus cosas para ir después al ballet. Las chicas llegan al parque y ven a Leonor, quien está esperándolas con media cafetería para ellas, y Consuelo sonríe. —Traje pasteles, están buenísimos. Mis papás se conocieron en esa cafetería —comenta. —Qué guay, es de mis favoritas, hacen muy buen café frío. —¿Quieren café, té, jugo? —pregunta Laila antes de saludar a Consuelo. —Yo traje de beber, si no, los pequeños no duermen. No sé estas tres —comenta Consuelo divertida. —Podemos ir todas a ver. —Yo me quedo por acá acomodando las cosas —sugiere Consuelo, y Laila le da las gracias. Consuelo no puede evitar notar que el parque está lleno de seguridad. Acomoda las cosas y se sienta en el banquillo con un almohadón. Una mujer se sienta a su lado y le dice: —¿Qué quieres que haga, Consuelo? —No sé de qué está hablando. —Sonríe, no queremos alertar a nadie, Consuelo. —No sé quién eres. —Mi nombre es Lexie, y soy la mamá de Alice. ¿Me la llevo o la dejo? —pregunta, y Consuelo la mira a la cara. Son idénticas, los mismos ojos, la forma de las cejas y la sonrisa maliciosa. —Te observo todo el tiempo y pienso en matarte. Te apunto directo a la frente todo el tiempo, y pienso en las niñas que huyen y en mi hija. No se puede perder dos veces en la vida a la mamá, y creí por un momento que una mamá sumisa sería lo mejor para Alice, pero con ese carácter... en fin, por eso no estás muerta... porque amas a mi hija como si fuese tuya, y la cuidas, y peleas por ella. —La niña debe estar por volver. —Está alguien encargado de demorar su fila. —¿Qué quieres? —No sé, tú me invocaste, así que dime qué quieres tú. —Quiero la custodia de la niña, quiero saber que no vas a regresar y que va a estar bien. —Mi turno. Quiero fotos de la niña, quiero saber que está bien, el video de la niña bailando en la escuela pija en el que estás y que dejes de buscar. Estoy muerta para que Alice esté viva. —La mujer levanta la mano y sus hombres marchan para escoltarla a su auto.— Gracias, Consuelo. Es mejor que no le digas nada a Alice, su papá y yo sabemos que esto es lo mejor para ella, y si tú puedes entenderlo, entonces eres la candidata perfecta. —¿Cómo me comunico contigo? —Yo sabré acercarme, en el momento en el que estés lista. La mujer camina en dirección contraria a la que podría venir su hija. Consuelo la sigue con la mirada hasta que se pierde entre la gente. Alice regresa de la cafetería y le da un bombón de chocolate. —Te lo compré yo —le dice—. Gracias por traerme a pasar la tarde con mis amigas. Consuelo la mira y la abraza fuerte, la abraza con todas sus fuerzas y Alice se queja ligeramente. Anastasia le pregunta si está bien y Consuelo asiente. Le da un beso en la mejilla y las manda a jugar. Laila toma asiento a su lado y le pregunta si está bien. Consuelo asiente. —El posparto es confuso —responde Laila. Las niñas están jugando y riéndose, y ambas madres las observan. Consuelo piensa en lo frágil que es la inocencia, en lo suave y dulce que debe saber la niñez y cómo, con el paso del tiempo, todo eso desaparece. Y entonces piensa en Lexie, cuánto dolor y cuánto miedo debe sentir una mamá para abandonar a su hija, para fingir su muerte. ¿Cuál pudo haber sido su punto de quiebre? —Me lo pasé genial esta tarde —dice Leonor, y su mamá la llena de besos. —Me alegra, habibi —responde contagiada. —¿Cuándo podemos volver a venir? —¿Qué tal si vienes a jugar un día a casa? —propone Consuelo—. Hay de todo para jugar, y puedes llegar súper temprano y quedarte hasta tarde, si mamá y papá te dejan hasta dormir. —Sí, por favor, yo nunca he ido a una pijamada. —Vas a pijamadas con tus primos. —Vale, con amigas. —Hay que gestionar mucha seguridad y ver si los Vidal están de acuerdo. —Estaremos de acuerdo —interviene Anastasia, y Alice asiente. Consuelo sonríe. —Claro, puede traer toda la seguridad necesaria, pueden dejarla con nosotros un par de días si van de viaje, puede disfrutar de tener hermanos mayores por unas horas. —Y para que vivas la experiencia real, puede que te castiguen. —Uh, sí, mi mamá lleva fatal dormir mal, y desde que están los bebés despertándole, quiere castigarnos por respirar. —Anastasia —se queja su madrastra. —El otro día estaba contemplándolo. —Estabas preocupada porque estabas a punto de quebrarte. Consuelo se inclina y se despide de Leonor con un beso y un abrazo. Luego se despide de su madre y se lleva a sus hijas. Deja a Anastasia en el ballet y ella y Alice deciden quedarse un rato más. Las dos toman asiento y aplauden durante el calentamiento. Francesca llega poco después en sus scrubs con su hija pequeña, quien saluda a Alice y se la lleva a jugar de un lado a otro. Francesca le ofrece un botellón de agua a Consuelo y esta le agradece. —¿Cómo te sientes con la separación de los niños? —Todos mis hijos están bien, pero en este momento los veo todos los días. Anastasia viene al ballet, Xavier tiene esta novia a la que no quiere pedirle que sea su novia, Tessa y este chico Pete, que está guapísimo, no sé por qué desaprovecha oportunidades. Agu va para competencia nacional de natación y esta chiquitilla cree que va a ser escritora, así que me habla en verso cada que puede y me cago de la risa. Yo tuve papás ausentes, desocupados, y la verdad a veces me sabe mal no tenerlos en la cama de al lado, pero los veo y sé que están bien. Tessa come todas sus comidas, Vidal la obliga. Se pelean entre ellos, va al gimnasio, está perfecta de peso. Xavier no está generando desorden público y Anastasia está más tranquila y llevadera. Creí que el bienestar de los hijos es el indicador de si eres buena mamá o no. —Vidal les da fórmula a los niños a escondidas —comenta Consuelo. —Vidal no parece médico. ¿Por qué le confiaste tu parto, tu útero, tu salud? —bromea Francesca, y las dos ríen—. La leche materna es lo mejor. —La fórmula los llena. —Entonces, están bien —responde Francesca y señala a Alice y a su hija—. Mira, las celebradoras. —Son fans de su hermana. —¡Te amamos, Anastasia! —¡Eres guay! —grita Alice. Anastasia les hace una seña para que se sienten y se callen, pero están demasiado metidas en su papel de porristas. Cuando Consuelo llega a casa con sus hijas los bebés parecen haberlo notado, ella les da mimos, los huele, les besa y juega con ellos. Luego, observa a su hija, Alice va con Vidal le da un beso y un abrazo, le cuenta todo, se ríen mientras le chismea como molestó a su hermana mientras entrenaba, saluda a. Avise como un par de cuates y va corriendo a buscar a sus hermanos. No tenía duda, Alice era su hija. No la iba a devolver nunca. Es suya. Sin discusión.
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