Paces

1564 Words
Para mi suegra, entender a su hija era difícil. Consuelo siempre había decidido ignorarla, evadirla y, si era posible, huir. A la hora de hacer eso, lo hacía. Sin embargo, su madre pacientemente intentaba estar ahí en silencio, tras bastidores, esperando el momento adecuado. Llegó con la comida favorita de Consuelo justo a mediodía, mandó a su marido y a sus hijastros a colocar una carpa para que todos comieran fuera, y fue a disfrutar de sus nietos más pequeños. Estaban mucho más grandes, con más formita y olían adorables. Marita acarició la espalda de Índigo e Imán mientras los cargaba. Su hija salió de la ducha con el cabello mojado y Marita la miró en silencio. —Consuelo, no quiero regañarte, pero estás en cuarentena. ¿Por qué no intentas descansar, hija, un poco? Sé que tienes otros hijos, que tienes un marido, pero sin salud nada de esto será disfrutable. Consuelo se acostó al lado de su mamá después de ponerse el pijama. Se acomodó sobre una de las almohadas que rodeaban a Marita porque los bebés se le resbalaban. Su mamá le acarició el cabello y se ofreció a secarlo. Su hija le agradeció, pero prefería dejarlo como estaba y que la acariciaran. Cuando Vidal subió a anunciar que todo estaba listo para un almuerzo espectacular, se encontró a su mujer y a su suegra dormidas, con los niños en medio. Consuelo parecía lo suficientemente agotada como para despertarla, por lo que corrió las cortinas y refrescó la habitación con el ventilador. Vidal estaba en el primer piso comiendo con sus hijos. Alexis quería meterse en política, según lo que interpretaba de su pestañeo y su confusión. Sus hermanas estaban encantadas con la idea. —Te pega muchísimo. Eres un sabelotodo, pesado y tienes cara de futuro pedófilo —comenta Natalia, y Vidal niega con la cabeza. —Vas a estar bien en el futuro, hijo —responde Vidal, y los niños se ríen. —Papá, ¿cuándo puede regresar Robertus? —pregunta Xavier. —Le echo de menos. —Sí, parece que tenías hambre también. —Sí, como no me dejaste comer. —Así no fueron las cosas, Alice. Tú empezaste, y necesitas aprender que si vas contra las reglas habrá consecuencias. —Sigo sin entender —responde tranquila, y Vidal la ve. —Te castigué porque les pegaste a tres niñas que no estaban en capacidad de defenderse. —Son unas bullies. Le jalan el pelo a Leonor, la minimizan y les prohíben a los otros niños ser sus amigos. No la agreden físicamente, pero sí emocionalmente. ¿Has visto películas de villanos? Todos empezaron así, y con Leonor hay que tener un cuidado especial. Un día va a ser reina de un país. ¿Qué tal si los villaniza a todos? —Alice, estás enredándome. —Mira, estoy dispuesta a disculparme contigo por responderte y desobedecerte, pero no voy a disculparme por defender a mi amiga. No voy a disculparme por creer que la mente de una persona es tan importante como su cuerpo. Lo siento, Vidal. No debí haberte retado ni faltado al respeto. Vidal se pone en pie y camina hacia el asiento de su hija. Se pone a su nivel y le dice: —Siento haberte regañado sin todo el contexto. Ella sonríe. —¿Quieres darme un abrazo? —pregunta Alice, y Vidal la abraza. Vidal regresa a su lugar y sigue comiendo mientras su hijo prueba el aderezo y asiente mientras examina la ensalada. Los niños comentan sobre las verduras de sus suegros y él les responde que son cultivadas con amor, totalmente orgánicas. —Mis abuelos tienen sus propios huertos y abastecen a toda la familia —comenta Natalia—. Mi abuelo está obsesionado. —Deberíamos decirle que nos monten algo aquí, como unos tomatitos y lechuga. Qué fantasía salir y solo tomar tu propia fruta. —La última vez que Anastasia y yo fuimos, hicimos limonada con miel, todo del jardín. Fue súper bonito. —Y estuvo riquísimo. Marita baja con los niños cargados y los coloca en su coche. Camina de un lado al otro del jardín y los dos parecen tranquilizarse como para volverse a dormir. Vidal le ofrece ayuda y ella niega con la cabeza. —Mi esposo y yo hemos estado considerando venir a ayudarles unos días. Consuelo está medio inquieta. Con esto de Mariana es evidente que los niños necesitan más gente, a sus abuelos quizás. Y la verdad, ustedes nos tienen a nosotros y a Antonia, incluso a Francesca, pero Gretta solo cuenta con nosotros y nunca en la vida quiero que Consuelo y tú sientan que los apoyamos más a ellos que a ustedes. Así que si tienen espacio y ganas de tenernos, nosotros estamos en total disposición de ayudar, Vidal. —Lo agradeceríamos muchísimo. Creo que los dos nos equivocamos al pensar que podíamos solos con todo. —Perfecto. Cuando Consuelo despierte, lo conversaremos de nuevo. Vidal vio a su suegro ingresar al jardín con unas cuantas bolsas y los niños corrieron a saludarle y ayudarle. —¿Quién comió todo, todo? —pregunta el abuelo. —Yo, incluso me comí las vainiquitas. Sabes que ese frijol no me encanta —comenta Alice. —Abuelo, estaba conversando y creo que queremos nuestro propio huerto. —Ahh, eres mi nieta —celebra mientras abraza a Tessa—. Doble helado para mi princesa Tessa. El señor Mondragón les contó a sus nietos cómo había mejorado su vida al comer sano, cómo había aprendido de la depresión, dolores articulares y problemas de autoestima. Desde que comía lo que producían, más sano, desde que se tomaba el tiempo para producir y comer bien, la vida le había cambiado. Su hija lo observa mientras monta la mesa de postres y los niños van picando un confite y otro mientras les habla con amor. Todos, milagrosamente, parecen atentos. —Consu, ven. Tu mamá preparó tu comida favorita, y el caldo de pescado está buenísimo —le dice Tessa—. ¿Te sirvo? Su madrastra le da un beso en la mejilla y asiente. Luego va a saludar a su papá, quien la abraza con todas sus fuerzas. —Estás preciosa, mi amor. La maternidad te sienta bien —le dice su padre, y ella le abraza de nuevo. Consuelo se sienta a comer todo lo que Tessa le sirvió con su atenta atención. Las dos conversan y su padre las observa a lo lejos. Alice le da un postre a su padrastro, su versión de un sundae, y los dos sonríen. Un día de normalidad entre tantos días atípicos les sabe a gloria. Sin embargo, deshacerse del imbécil que molestaba a su hija les ocupó toda una semana. Consuelo acabó pensando que ir por las buenas y pagar no era exactamente lo que solventaría la solución, y dio con la empresa de seguridad de Santiago, el novio de Rinnie. —Regina me ha hablado muchísimo de ti y de los niños. Gretta me explicó la situación, y obviamente estamos investigando, pero quiero que me cuentes de primera mano lo que sabes. Consuelo le deja claro que conoce la versión exclusiva de su hija y que, si bien puede que no sea la más veraz, quiere a ese hombre lejos de su hija. Tan lejos como las barras puedan poner a alguien, o más allá. Su marido la ve incrédulo y Santiago asiente. —Mira, contamos con tecnología y damos servicios que a la mayoría de la gente no le gusta pensar que existen...a la mayoría de la gente no le gusta pensar que existen. Creo que lo primero es aclarar la historia de Mariana y Natalia, saber a quienes podemos alejar, quienes no están pensando en ellas y deshacernos de los fuegos activos. —¿Cuánto hay que pagar por matar a alguien? —comenta consuelo. —Tenemos nueve hijos, no podemos ir a la cárcel. —Vidal, mi equipo y yo no vamos a ir tampoco a la cárcel, lo que sea que hagamos se hará bien. —Yo no estoy comodo con la idea de terminar la vida de alguien más Consuelo observó en silencio a su marido, y luego a Santiago, y murmuro un yo sí. —Vamos a investigar bien, y trabajaremos en una solución excelente. —Lo que nos quede más permanente —Vidal vio a su esposa y él le vio de vuelta. —Quiero saber todo sobre los papás de Alice: qué comían, dónde residían, cuáles fueron sus últimas palabras, si están muertos, dónde están enterrados, y si están vivos, quiero saber por qué abandonaron a su hija. —Consuelo, he aprendido algo en esta línea de trabajo: no se toca lo que no molesta. Pero si quieres hacerlo, lo haré de la forma más discreta posible. Consuelo asintió y se puso en pie. Estrechó la mano de Santiago y, después de despedirse, caminó junto a su esposo, quien tuvo la idea de ir a presionar juntos con respecto a la adopción de su hija menor. Entonces, se dio cuenta de que quizá su esposa tuviese un poco de razón: había demasiada confusión, demasiados retrasos, y terminaba sonando como una historia que no se contaba del todo bien. Mini maratón... comenten muchas y mucho, pongan sus apuestas que en el próximo capítulo tendremos respuestas... el siguiente en la tardecita.
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