Consuelo había estado obsesionada con Berrocal y Lexie, los padres biológicos de Alice, los dos delincuentes de mayor rango en el país. Eran traficantes, asesinos y desfalcadores de dinero profesionales. No creo que hayan hecho nada bueno en la vida, y de verdad que da miedo simplemente leer la clase de gente que son. Entonces, Consuelo me había llamado a las tres de la mañana, a mí, a Ramón y a Simonetta, y había dejado a sus hijos y esposo con una nota: "Regreso en un rato, Gretta y Simonetta necesitan arreglarlo." Y ojalá de verdad fuera tan fácil que a Simonetta o a Regina se les pase algo del dolor que sea que están sintiendo, pero entre las dos me están haciendo la vida indescriptiblemente dolorosa. Los tres vemos a Consuelo llegar y Simonetta está sentada en una mesa aparte. Consuelo nos hace una seña a Ramón y a mí para que nos sentemos todos en una sola mesa.
—¿Pidieron un abrigo o algo?
—No.
—Es un dinner, estás embarazada, no te apetece.
—No quiero que piensen que vamos a comer dulce cuando le dé la gana.
—¿Entonces estás evitando el dulce? —pregunto.
—Este bebé es inquieto, no quiero darle aleas. —Consuelo acaricia mi panza y después me da un beso en el ombligo.
Consuelo le pide a la mesera dos milkshakes de fresa, unos pancakes y un pollo frito. Ramón ve a su melliza y pide lo mismo, con una Coca-Cola y un vaso grande de agua, antes de rogarle que por favor…
—Okay, necesito una tregua de la pelea que tienen y necesito que me prometan, me juren que lo que voy a decir no se lo van a contar a nadie nunca en la vida, porque esto afecta directamente a mi hija.
—Te amo, te adoro, pero no creo que sea saludable contarle un secreto personal a Gretta, un secreto serio de Alice a Gretta, que todo lo publica.
—¿Tú nunca te has equivocado? —le pregunto.
—Seguro que no soy perfecta, pero jamás he sido desleal contigo ni con nadie.
—Te estoy pidiendo un favor.
—Simonetta, puedes estar todo lo cabreada que quieras, pero Gretta es mi mujer y está embarazada de mi hija, tu berrinche no debería causarle un disgusto.
—Consuelo, cuentas con mi apoyo absoluto, siempre, pero necesito que entiendas que por más que te ame, no estoy lista para estar con una persona que traicionó mi confianza —recalca Simonetta, me da un beso en cada mejilla y me abraza, luego se pone en pie y se marcha.
Yo intento disculparme por milésima vez, intento explicarle que la publicación de mis diarios personales nunca fue mi intención, pero Simonetta no quiere escuchar.
—Simonetta, mi intención nunca va a ser lastimarte, digamos que hubiese publicado las historias por cuenta propia, que fuese tan mala persona como para hacer eso, ¿tú crees que cargarme años de amistad tiene un precio? ¿Qué pasa con todas las veces que sí he estado a tu lado, las veces que te apoyé, te cuidé y todo lo que te amo? Cometí un error, no es justo que me sometas a una cadena perpetua.
—Porque bien lo ha dicho Ramón, estás embarazada de su bebé, y por los años que llevamos siendo amigas no voy a arruinarte ni seguir con ninguna demanda, pero te agradezco que intentes evitar estar en los espacios que estoy. Te perdono, Gretta, pero ya no somos amigas.
Simonetta, Ramón, Consuelo y yo nos habíamos tenido los unos a los otros toda la vida. Yo creo que esta era la primera vez que entendíamos que eso ya no existía. Mi esposo me llevó a casa y su hermana se devolvió a la suya, con un montón de comida rápida y sin haber podido compartir lo que estaba pasando. En su habitación, su esposo estaba cambiando el pañal de su hija cuando ella regresó a casa con la decepción y la comida chatarra.
—No tengo amigos —comenta Consuelo algo triste, y Vidal deja a la niña en su cunita, luego se acerca a abrazarla. Ella le llena de besos y Consuelo le abraza de vuelta. Vidal le pide que le explique qué pasó y su mujer le cuenta que había pedido ayuda para tomar una decisión y sus amigos estaban más ocupados reclamándose una y otra cosa.
Vidal y Consuelo comen papas fritas, pollo y batido en el suelo de su habitación. Su esposo le rodea con el brazo por los hombros y le dice:
—Se supone que soy tu mejor amigo, no solo tu esposo. Soy la persona que va a correr contigo cuando tengas un mal día y el primero en celebrarte cualquier hazaña por pequeña que sea. Ahora, cuéntame, ¿qué te preocupa?
—Promete que no te vas a enojar ni cerrarte.
—Lo prometo.
—Recuerda que amo a Alice con todo mi corazón y si ella se va, tengo que irme con ella porque soy su mamá.
—No va a ir a ningún lado.
—Okay... —responde—. Conocí a su mamá, y es una mujer peligrosa, su apodo es "La Jefa", porque es la dueña de la mafia de Mainville. Cuando alguien mafioso tiene un juicio, ella decide cuál será su sentencia —comenta Consuelo y Vidal se lleva un puñado de papas fritas a la boca.
—Es dueña de la corrupción y dice que me apunta con su arma todo el tiempo.
—¿Planea matarte? —pregunta Vidal mientras le da un sorbo al batido.
—Dice que si quiere que la niña esté a salvo, tiene que quedarse conmigo, y quiero que se quede, pero no quiero poner en peligro a nuestros otros hijos ni que ella sienta que tiene derecho de ir y venir o decidir sobre Alice.
Vidal está notablemente decepcionado porque en algún punto se lo dijo a su esposa, hay cosas que no deben rebuscarse. Si bien Lexie podía elegir no ver a su hija y su esposo podía aceptar no tenerla cerca, siempre había gente igualmente mala y retorcida que podría querer hacerle daño.
—Contacto cero, Consuelo. Si esa mujer es tan peligrosa como dices, y si de verdad quiere a su hija, tiene que aceptar contacto cero, porque de cualquier otra manera la pone en riesgo.
—¿Qué es una foto o un video?
—Esa es la base de la seguridad de nuestra hija y nuestra familia por completo, no puede acercarse o todos nosotros sufriremos las consecuencias, ¿te queda claro?
Consuelo vio a su marido afligida, asintió, no sin hacerle saber lo horrible que debía ser no poder tener contacto en absoluto con la persona que más ama en el mundo. Vidal le abrazó, le llenó de besos.
Consuelo despertó temprano para desayunar con sus hijos mayores. Los bebés parecían interesadísimos en esa parte de la rutina. Su madre estaba segura de que extrañaban a sus hermanos cuando estaban en la escuela.
—Mamá, cierra los ojos —pide Alice y ella obedece. La pequeña baja corriendo y se posa al lado de su madre.
—Mira mi peinado —pide y Consuelo lo elogia de inmediato.
—¿Quién crees que me peinó?
—¿Mariana?
—Ella niega con la cabeza.
—¿Tú?
—Vidal, me ha hecho este peinado, y es la primera vez que le queda. Un aplauso para Vidal.
—Sus hermanos ríen y les aplauden a ambos.
—Quince años aprendiendo a peinar.
—Sí, pero aprendí.
—Bien por Índigo —comenta Tessa.
—A mí me ponían un lazo y me lo ponían mal.
—Pobrecita la Muñequita —se burla su papá y Consuelo observa el peinado.
—Cuánto llevas aprendiendo eso.
—Tengo que decir que Anastasia es una maestra exigente y me ha estado pasando sus tips para peinarse bien en las mañanas.
Vidal se va con Francesca a dejar a sus hijos poco después. Consuelo se queda con los bebés y espera con las chicas a Ramón.
—Mamá, quería que conversáramos —le dice Natalia.
—Claro, hija, pero recuerda que esta semana estás nominada a hija favorita —Mariana y Alice ven a su mamá divertidas.
—Estuve escribiéndole a mi tío Simón, y me dijo que podía retomar mi trabajo dos horas diarias, después del cole.
—Buenos días.
—Mira, llegó tu tío Ramón —dice Consuelo y le acerca un beso—. Corre que se te va el ride.
—Te lo vas a pensar.
—Voy a conversar con mi tío Simón sobre la conversación que mantuvieron. Mañana voy al colegio Mariana a ver cómo te está yendo, Alice, nada de golpes, usamos nuestras palabras y si no te escuchan, me llamas y con todo el amor del mundo peleo por ti —responde Consuelo y les da un beso a las tres, luego a su hermano, quien se ve cansado y abatido.
—Te preparo un desayuno yo y vienes a comerlo después de dejarlas.
—Sí, así hablamos de lo que querías hablar hace un rato.
—¿Quieres escucharme?
—Eres mi mejor amiga, mi hermana, obvio que quiero saber, además esos bebés necesitan pasar más tiempo conmigo y tengo el día libre, no puedo pasarlo encerrado en casa.
—Voy a preparar el mejor desayuno que has comido.
—Tío Ramoncito, apúrate que vamos a llegar tarde —grita Alice y su mamá rueda los ojos.