Vidal y Consuelo pasan tanto tiempo como es saludable en una casa con dos niños pequeños y luego una cantidad inadecuada de locos, entonces es necesario salir, ver gente, escuchar que el mundo no se acaba porque se agotaron las toallas especiales de Tessa y que sus hijas menores no entienden que no necesitan un blazer para poder trabajar. Al final, Consuelo se dio por vencida y compró una copa menstrual para Tessa, a ver si salva al planeta con su sangrado abundante, y les compró el blazer a las dos pequeñas.
—Mamá, ¿qué está haciendo Xavier?
—Practicando.
—¿Xavier se sabe todos los instrumentos del mundo?
—Aparentemente Dios lo ha bendecido y toca instrumentos sin partitura, a punta de oído y sin demasiadas clases —responde Tessa.
—Y tiene ese cuerpo —se queja Anastasia.
—Y el pelo que apenas se lava —se queja Alice, y Consuelo se ríe. El timbre de casa suena y todas ven a Nadine. Y siguen quejándose porque, además, liga bien, y Nadine es súper inteligente y guapísima.
—Apuesto que su pelo son extensiones.
—Ey, Nad —le saluda Xavier—, mis hermanas las locas.
—Hola chicas —saluda, y él le rodea con su brazo—. Traje comida, y pensaba en sentarnos junto a la piscina y esperar el atardecer. —Hay helado de macadamias, es el favorito de Consuelo, pero ella sabe que hay que tratar bien a las visitas.
—Preparé chocolate para ti, libre de azúcares agregados y con nueces.
—¿Lo hiciste tú? —ella sonríe, y Xavier le da un beso. Sus hermanas le ven desde las escaleras y niegan con la cabeza cuando ven la mano de su hermano pasar de su cintura a sus nalgas.
—Xavier, ya mi papá te habló, ¿verdad...? —se queja Anastasia.
—¿Qué le dijo papá?
—Nada, pero si estamos aburridas, lo mejor es aburrirlo a él —las tres se ríen y Vidal les pregunta si no tienen tarea, extracurriculares o algo.
—Estamos esperando al tío de Consuelo, el señor Murdock, para una lección sobre gestión de negocios.
—Qué cool —responde su papá—. ¿Me invitan?
—¿Tú quieres venir? —preguntan las tres.
—Sí.
—Ponte un saco o un blazer de hombre.
Simón Murdock es un hombre encantador, no me malinterpreten, pero es la persona más adorable por sentarse con cinco adolescentes para dar una reunión estratégica para manejar sus pequeños negocios. Vidal se había sentado a un lado en la sala de reuniones mientras sus hijas daban cátedra de negocios y planificación. Antes de llevarlas de vuelta, pasó por sus hijas en busca de un regalo para su madre. Las cinco tenían opiniones: que si algo cómodo para andar por casa, que si le daban algo carísimo, algo de comer... en fin, demasiadas opciones, así que decidió llevar un poco de todo.
Consuelo estaba recién bañada y peinada; anticonceptivamente eligió a su hijo vigilando a los bebés para tomar una ducha porque el Vidal más pequeño la había bañado con pipí, y su hermana parecía tener un pequeño cuadro de diarrea. En fin, cuando bajó se encontró a su hijo y a su novia jugando a la casita.
—No es fácil ser papás adolescentes.
—Yo soy niñera, mi papá cree que es un castigo, entonces me conectó con Eduardo, un tipo que trabaja en su empresa y sus hijos son horribles con todo el mundo menos conmigo. Su mamá es una extremista de la comida saludable, tiene un salón de pilates, en fin... les doy confites saludables a escondidas.
—Entonces el chocolate era para mí.
—Lo estoy probando en ti porque Johan quiere comer chocolate relleno para su cumpleaños.
—El de matcha no está tan bueno como crees —Nadine entrecierra los ojos y continúa acariciando la espalda de su minicuñado.
—Soy un poco dulce para los bebés, pero entiendo que no estoy lista y Xavier mucho menos.
—Yo podría estar listo.
—No tienes que ganar siempre, eres pobre y peleas con tus hermanas de 8 y 9 años, no estás listo —le asegura su madrastra y les quita los bebés.
Vidal regresa con sus sorpresas y Consuelo se ríe antes de abrir cada uno de ellos. Mariana sonríe al ver que le encantó la cajeta de coco, como ella sugirió. Consuelo le preguntó a su esposo qué le había hecho pensar en semejante lista de regalos.
—No sé, fui a la clase y me picaban las manos por gastar dinero y por pasar tiempo contigo y recordarte lo especial que eres para mí.
—Aww —dijeron sus hijas.
—No hagan otro bebé —responde Xavier y todos ríen. Consuelo llena de besos a su esposo, y este le abraza mientras se ríe de sus hijos. Los golpes en la puerta suenan y Vidal le pide a su hijo ir a abrir. Xavier se pone en pie mientras Nadine sigue jugando con Índigo y está parece enamorada de tanta atención. Xavier abre y salta a la persona al otro lado. Los dos conversan un par de momentos y después ven a Alex entrar.
—Ey, hijo.
—Ey, papá.
—Hola, Alex —le saluda Anastasia—. ¿Cómo has estado?
—¿Ya vienes a vivir aquí? —pregunta Alice.
—Solo tenía un momento y quería conversar con papá y Consuelo.
—Mariana, ¿puedes vigilar a Índigo e Imán? Natalia y Tessa, quítenle las ideas y las ganas a esta pobre humana de ser mamá —dice Consuelo.
Vidal ve a su nuera y a su hijo, luego niega con la cabeza y va directo a saludar a su hijo pequeño con un beso y un abrazo. Los tres caminan hacia la oficina, y Alex toma asiento, luego se pone en pie. Consuelo le ofrece un vaso con agua, té, y Vidal saca unas galletas recubiertas de chocolate que tiene escondidas. Su mujer y su hijo se ríen, y él les enseña cómo se come ese manjar.
—Es en pedazos pequeños, el mordisco no funciona aquí, o sea, así, de una podríamos comer todos.
—Saca las galletas, Vidal —le amenaza su mujer, y le da una a su hijo. Este se la come de un mordisco y Vidal se lleva una mano al pecho. Su esposa se come una mitad y le da la otra a Vidal.
—Esto es básicamente un Snickers redondo.
—No voy a discutir con ustedes mis gustos —responde y Alex se ríe.
—Hijo, ¿quieres conversar o prefieres ir a probar mis quesadillas con tus hermanos? Compré unas papas para freír, y Marita, mi suegra, dejó un aderezo espectacular, así que haré tu ensalada favorita.
—No, papá, yo quiero... hablar con ustedes primero. Yo estoy agradecido por toda la ayuda que me has dado, y por todo el cariño que Consuelo y mis hermanos han desarrollado hacia mí. Honestamente, sin ustedes probablemente estaría más enfermo o más deprimido, y tal vez me hubiese muerto o algo. Pero creo que no saben algo de mí, y es importante... Yo... soy... yo.
Consuelo nota la angustia y le acaricia la espalda.
—Cariño, necesitas decirlo tú para que tu cerebro esté bien, pero aquí tenemos hijos malcriados, molestos, rebeldes, mandones, intensos con el tiempo, silenciosos, extraruidosos, músicos, bailarinas, adoptados, no adoptados... Seguro se me quedan cosas, pero sea lo que sea, vamos a estar ahí. No nos importa lo que seas, vamos a estar ahí.
—Soy gay, Consuelo.
—Eso es genial, pondremos una súper bandera y este año no nos brincaremos el Pride, y eso sí: cuando tengas una boda, sí o sí tienes que invitarme, y voy a ver feo a tu novio, como veo feo a todos los novios de esta familia. Básicamente, lo único que no puedes ser en esta familia es un drogadicto activo y un asesino, porque...
—Bueno, yo soy una excelente abogada y tu papá es médico, seguro sabrá cómo esconder un c*****r.
—Nosotros también.
—Tenemos que aprender a poner límites, Consuelo.
—Vale, estoy hablando de algo serio.
—Siempre hacen bromas despectivas.
Consuelo y Vidal se quedan en silencio y asienten, escuchan todos los puntos de su hijo y comprenden que no sería el primer lugar o las primeras personas en las que querrían refugiarse si estuviesen en su lugar.
—Hijo, hemos sido tal vez necios y maleducados, pero nunca haríamos o diríamos algo para molestarte o herirte. Eres familia, y si esas bromas o comentarios inadecuados deben desaparecerse para que tú vengas a casa, es un mensaje para reeducarnos y aprender. Y creo que tu papá no miente cuando dice que quiere verte en tu boda con alguien que te ame y te adore. Yo prefiero tener un hijo súper gay y súper feliz a un hijo falsamente hetero, sin amor y sin felicidad.
Vidal le da un abrazo a su hijo y le abraza.
—Te amo muchísimo para querer perderme un segundo de tu vida